Monday, August 30, 2010

DE NUEVA YORK A BOGOTÁ

En NYC el frío es muy fuerte, unos 15 grados, una ventisca lo hace aún más insoportable. Charcos invisibles cerca a los bordillos, cualquier pedazo de piso seco podría dejar mi pie dentro de 6 pulgadas de agua helada. El M60 es una buena opción para atravesar desde Queens hasta la parte alta de Manhattan. Mi tarjeta con “unlimited rides” me permitirá transferirme a la línea azul del Subway. En Bogotá dicen que hace frío, pero la temperatura supera los 50 grados. La gente usa chaquetas y paraguas. Conatos de llovizna van y vienen. La buseta de “Boitá” me ayuda a atravesar de la Carrera 13 a la Carrera 30. Llego a la línea de Transmilenio, pero tengo que volver a pagar mi pasaje, la buseta no me entrega “transfer” alguno. Utilizo mi tarjeta de TransMilenio y me descuentan $1.600. Al intentar bajarme una avalancha de pasajeros procuran ingresar al articulado sin permitirme la salida.

Camino un par de cuadras hacia el Port Authority. Todos corren, hacia un lado ó hacia el otro. Se acerca a mí una mujer rubia y me dice – Will you laugh at me? – No respondo nada, al tiempo que la miro fijamente al rostro. Entonces me cuenta que le hacen falta unos dólares para completar el pasaje del Greyhound. – The last time you came up with the same thing I told you to go to the Salvation Army – Le dije. Entonces, enrojecida, da media vuelta y se va. Es la tercera vez que se acerca a mí con la misma historia, espero que ésa haya sido la última. Me bajo en el Carrefour de la 30, empiezo a atravesar el puente peatonal. Me cruzo con una persona en muletas que procura la hazaña de llegar al otro lado a paso muy lento; una indígena descalza, con dos niñas indígenas también descalzas, esperando alguna limosna de quien pase por allí; un tipo con un brazo deforme, que lo enseña en alto mientras pide una “ayudita”. Llego al final del puente, hay alguien ofreciéndome fotos para mi pasado judicial; un vendedor de cada operador celular ofreciéndome el mejor chip. Sigo mi camino, me cruzo con una mujer que vende un maní dulce que ella misma produce en medio de la acera. Pasa alguien muy rápido cabalgando su “cicla” a través de la ciclo-ruta, siento que me roza el codo. Intento atravesar una calle, pero tres carros con desvergüenza se me vienen encima sin haber indicado el cruce con los direccionales; pasan y cruzo.

De tantas veces que me he visto obligado a ir a McDonald’s creo que me ha poseído un ser maligno, mefistofélico y luciferino con el perfil de un payaso. Bajo a la estación del Subway y tomo la línea 7. Un tipo joven, desarreglado, oloroso y despelucado saca una guitarra y se coloca una dulzaina en el cuello sujetada con un particular soporte de hombre orquesta; empieza a tocar con maestría y canta con voz clara y afinada. Todo un artista, perdido en las calles, seguramente arruinado por la droga. En las pausas aprovecha para soplar a través de la dulzaina sin suspender el show que a través de cuerdas llevan sus dedos. Llego a mi lugar de trabajo. Ese hollín que habita el aire bogotano con aparentes cualidades sobrenaturales ha penetrado en todo lugar. Tengo que limpiar el lugar y escurrir a ese “ser maligno”. Me siento y enciendo el computador. El tiempo se pasa muy rápido hasta el final del día. Tomo el bus de regreso. A las pocas cuadras se sube una persona que asegura ser desplazado por la violencia y que solicita ayuda. No muchos le comen el cuento. Más adelante se sube un vendedor de minutos y de candelillas de incienso; con singular simpatía y sin vender lástima logra que todos le compremos la candelilla.

Llego hasta Queens. Recojo una maleta y llevo la ropa sucia al “Coin Laundry” más cercano. $1.25 ponen a andar la máquina, y por cada ‘quarter’ insertado la secadora me entrega 10 minutos de secado; con 30 será suficiente. Con dificultad logro hacer que el chino entienda que quiero que drene la salsa de mi “sesame chicken”, pero con claridad entiendo que son $4,99. Por la carga máxima de 14 libras de ropa que dejo en la lavandería más barata de Chapinero pago $18.200. Me la entregan seca pero sin doblar, ello me habría significado $1.500 adicionales. Una arepa rellena con chorizo, carne desmechada y queso mozarella mitigará mi volcánica actividad gástrica a estas horas. El billete de $10.000 no me alcanza, guardo algún menudo adicional; tocó aplazar por hoy el jugo de guanábana.

Regreso a Manhattan. A través del túnel alguien me asegura que “Dios es mi Salvador”, si le doy dinero, si no, supongo que me tendré que salvar a mí mismo. Observo una mujer tocando con un instrumento extraño una melodía parecida, ó tal vez la misma de la canción “Maldita Primavera” de Yuri. Abro la galleta de la fortuna que he guardado en mi bolsillo, dice: “you will go as far as you want as long as you know where you are heading to”. El conductor de la única buseta cuya ruta me lleva hacia el norte desde la 30, cruzando al oriente hasta la Séptima, se detiene a recogerme al tiempo que el exagerado cúmulo humano que transporta me abre espacio para permitirme la entrada. La puerta se cierra y quedamos como arroz chino en caja. Me bajo y camino hasta el Éxito de la 53, todos los que llegan a la banda transportadora se detienen y esperan ser arrastrados hasta el otro lado, como si la vida les hiciera pausa en ese corto recorrido.


Juan Pablo Díaz R.

Nota: este ensayo se construyó a partir de dos anteriores, "Un Día En Nueva York" y "Un Día En Bogotá".

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Monday, July 5, 2010

LAS TRES PUÑALADAS DE SANTOS

Los títulos morales de Juan Manuel Santos son cuestionables desde todas las aristas, toda vez que en cada oportunidad que tuvo de saltar en su carrera política hizo lo que tuvo importándole poco vulnerar los principios que de forma implícita defendía, o de ‘llevarse en banda’ a quienes antes le hubieran servido de apoyo y respaldo.

Así lo hizo durante el gobierno de Ernesto Samper, que renuente a entregarle ministerio tuvo que ser víctima de mala prensa y de reuniones no avaladas ni por él ni por el Partido Liberal (al que ambos pertenecían) con guerrilleros y paramilitares, dentro y fuera del país. El mismo Samper ha dicho que las intenciones de Santos se inclinaban hacia la eventual ejecución de un golpe de Estado con el apoyo de criminales -a los que años después también traicionaría (o al menos se ufanaría de haber abatido o encarcelado)-. Declaración consistente hizo Salvatore Mancuso no sólo después de haber sido extraditado –momento en el que Santos dijo que no se le podía dar crédito a la palabra de un criminal-, sino cuando iba a ser juzgado por la justicia ordinaria dentro de Justicia y Paz. Ésta sería sólo la primera de tres groseras puñaladas que Santos le propinaría a su propio partido, el Liberal.

Durante el gobierno Conservador (aunque bajo la insignia de un Movimiento que se llamó “La Gran Alianza Por El Cambio”) de Andrés Pastrana Arango, desde la oposición que ejercía su partido, poco le importó volver a canjear buena prensa por un Ministerio, jugada tras la cual tuvo que saltar lejos de las aguas liberales, propinándole a su partido, de nuevo, una chocarrera puñalada. Antes de recibir la cartera de Hacienda había precedido una comisión asesora de la negociación del conflicto con los insurgentes, la que sugirió en su propia voz la creación de una zona de despeje, pero no tardaría en lavarse las manos y dejarle toda el agua sucia del fallido proceso a Pastrana (de la mano de quien tuvo quizá el mayor logro de su vida pública: la tasa de inflación más baja y las tasas de interés más bajas en años, variables que conjugadas empujaron un último año de economía en curva ascendente después de varios años de decaimiento económico).

Retornaría de manera incomprensible a las huestes liberales, que al parecer se conformaban con el respaldo provisional del “cuarto poder” representado en un Santos Calderón. Vendría entonces una tercera rastrera puñalada al Partido Liberal. Perteneciendo a la oposición y siendo contradictor de la reelección presidencial, aceptó sin asco una nueva cartera ministerial. Entonces no sólo abandonó de nuevo al alicaído Partido Liberal, sino que fue uno de los gestores de un nuevo partido que llevaría por “nombre comercial” la letra inicial del apellido de su nuevo emperador, de quién sería fiel vasallo hasta que lograra arrebatarle el trono.

Ahora, el fragmentado, perdido y sediento Partido Liberal, luego de tres gobiernos de resistencia y respiración artificial se proclama afín al proyecto santista de Unidad Nacional. Veremos cuanto tiempo transcurrirá antes de que Santos les propine a los rojos una cuarta puñalada. Pero hacen la fila todos los “partidos unidos”, desde los liberales hasta el Pin; ya veremos cómo continúa el historial de traiciones de este histrionzuelo multicolor.

JPDR (Cali, julio 5 de 2010)

Monday, June 28, 2010

REFUNDEMOS NUESTRA CULTURA

Tras lo que algunos consideran una fatal derrota se esconde en mí erguida la satisfacción de haber luchado vehementemente y hasta el final por la defensa de una causa en la que creí y sigo creyendo, así como el escrutinio de más de 3 millones y medio de votos que colombianos depositaron libremente. Me quedaron muchas lecciones en estos tres meses de campaña voluntaria, en la que mi única motivación fue defender al que he considerado desde hace varios años como el personaje idóneo para dirigir los hilos de esta nación, y mi única recompensa sería la esperanza de al final encontrarme con un mejor país sabiendo que “yo también ayudé”.

Mi primera lección fue que el principal problema de los colombianos eran los colombianos mismos, que tenemos desenfocada la diana y por ende apuntamos hacia el lugar equivocado, haciendo imposible el acierto. Nuestros problemas no radican en la necesidad de erradicar a los insurgentes, ni de establecer tratados internacionales, ni de incentivar la inversión extranjera, ni de reducir el desempleo. Nuestros problemas tienen raíces que son las que en principio hay que combatir. Primero hay que entender lo que es realmente importante para luego poder encontrar la ruta verdadera hacia el progreso, y en el camino la solución de nuestros problemas sociales, jurídicos o económicos.

Aquí están nuestros verdaderos problemas, los cuatro más graves en mi escalafón:

1. La ley del menor esfuerzo: esta ley social tiene un escudo moral ficticio que supone que lo que aparentemente no hace mal a nadie no puede ser tan malo. El colombiano busca el atajo sin pudor ni pena moral. Es más fácil pasarse en la fila que hacer la fila completa, es más fácil hacer la ‘U’ prohibida que dar la vuelta a la manzana, es más fácil pagar o recibir una comisión por debajo de la mesa que tener que ser el mejor proponente o hacer una serie de validaciones. También fue más fácil difamar y al mismo crear un muro de la infamia que demostrar talentos y competencias. Esta ley social justificó y sigue justificando flagelos tan graves de nuestra sociedad como el narcotráfico o el sicariato.

2. El tradicionalismo: este mal es el más antiprogresista que tenemos los colombianos en nuestro genoma. Mientras los colombianos creamos cierto el dicho que reza que “es mejor malo conocido que bueno por conocer” no tendremos oportunidad alguna de dar pasos largos, porque partimos de una fatal equivocación. El colombiano le teme a lo nuevo, no se atreve a dar el salto que sabe que tiene que dar. No es infrecuente ver parejas que llevan 5 ó 10 años seguros de que estarían mejor el uno sin el otro, pero le temen al cambio. En campaña me sorprendían con inmensa tristeza juicios de gente del común como “Mockus es el presidente ideal, pero no en este momento de nuestra historia”, o “Mockus es el presidente ideal, pero para Francia o Suiza”.

3. La picardía: este mortífero virus es más contagioso que el ébola o la gripa porcina. Mientras los colombianos creamos cierto el dicho que reza que “el vivo vive del bobo, y el bobo de su trabajo”, tendremos una tranca invulnerable que nos imposibilitará crecer como sociedad. Contratar asesores fuera de ley, utilizar voces uribescas en propagandas, o desinformar de forma calculada a beneficiarios de subsidios, demostró que Santos fue “más vivo” que Mockus, lo que al final fue por muchos aplaudido. A partir de aquí encontramos tal vez el peor de todos nuestros males.

4. La indiferencia: lo suscrito, el peor de todos. Mientras los colombianos no castiguemos somos complacientes, mientras no rechacemos estamos aceptando, aunque no así queramos entenderlo. Lo lógico habría sido ‘castigar’ no votando por quien le dio tres puñaladas groseras a su propio partido –el Liberal- en tres gobiernos consecutivos. Lo lógico había sido ‘rechazar’ no votando por quien se ufanó de los logros del ejército, pero que se hizo a un lado cuando se conocieron los falsos positivos. Pero fuimos indiferentes a eso, y a mucho más. Era más grave que Mockus le hubiera echado un vaso de agua en la cara a Serpa, o que se hubiese bajado los pantalones en un auditorio 17 años atrás. Ése es el colombiano, indiferente a lo malsano e hiperbólico a lo trivial.

Nuestros problemas tienen en común que son netamente culturales. Pero tienen ‘cura’, podemos refundar nuestra cultura primero entendiendo lo que de ella debemos combatir. Tuvimos la oportunidad de elegir un candidato que no sólo comprendía las raíces de nuestros problemas, sino que sabía perfectamente cómo dinamitarlas, sabía probadamente como modificar aspectos culturales que limitaran el progreso. Por supuesto jamás hubo evidencia de esto en debate alguno, porque los periodistas seguramente no entendían nada de lo aquí expuesto. Pesó más que Antanas Mockus tuviera un manejo limitado en terminología jurídica o en teorías macroeconómicas, para que gran parte de la opinión le negara su voto.

Que Dios nos perdone, o que nos reprenda. La historia dirá.


JPDR (Pasto, junio 27 de 2010)

Saturday, June 19, 2010

A LA ARENA: PERSIGUIENDO LA UTOPÍA

A pocas horas de ingresar al cubículo de cartón, próximo a tener entre mis manos un tarjetón con tres opciones, obligado a elegir sólo una, para con ella cambiar por fin el curso de la historia. El colombiano promedio le resta importancia al valor incalculable de su voto, y con frecuencia se une al club de portadores de ‘slogans populares’, conformados por cantidades ingentes de incautos ciudadanos: “un voto más o un voto menos no hace diferencia”, “para qué votar si va a ganar el otro”, “mejor voto por el que va a ganar”, “para ‘perder’ mi voto mejor me quedo en mi casa”, entre otros muchos de la misma línea.

Cuando un proselitista voluntario como yo, impulsado sólo por el ansia de un país distinto -que se sube a los buses a hablar de la propuesta Verde, que visita lugares recónditos con el único propósito de contarle a la gente acerca de la opción que representa el Partido Verde, que se dirige a conocidos y desconocidos todos los días para invitarles a votar por la propuesta de la Legalidad Democrática-, resulta una punzada fatal en medio del alma cada uno de estos ‘slogans populares’, sucumbiendo por segundos eternos que hacen presa a la impotencia y a veces la indignación. Luego la esperanza me hace recobrar la fuerza y continúo.

Un súbito exsantista luego de convencerse me dice “Si Mockus lo conociera mínimo le daría un ministerio” –a lo que respondo- “me conformo con un país mejor”. Y es que este recorrido estuvo lleno de sentimientos muy distintos entre sí: recompensa moral, decepción, auto-motivación, impotencia, resurrección emocional, fenecimiento. Un día en la sede del Partido Verde en la Calle 66, a alguien –en medio de mucha gente- se le extravió un teléfono celular, y alguien más le dijo “si fue aquí que se perdió aparece, estamos entre simpatizantes del Partido Verde, aquí nadie roba”. Efectivamente el aparato apareció a los pocos minutos. Vino entonces a mi mente el recuerdo de un concepto aprendido como miembro del ‘PEP Barranquilla’, donde cada uno de los 80 miembros de aquella edición –y de cada una- nos reconocíamos entre sí como “ciudadanos confiables”, y por ende confiábamos unos en otros. ¿Qué tal un país donde pudiéramos confiar en cada ciudadano sin siquiera conocerle?

Y hay sociedades en las que aplica este concepto que para un colombiano podría resultar imposible. Hace doce años, cuando vivía en Minneapolis, conseguí por referencia a un comercializador de tarjetas telefónicas llamado Gene Decker. No sólo le convencí de que trajera de Nueva York unas tarjetas para llamar a Colombia a bajas tarifas, sino que sin jamás haberme visto o tenido de mí referencia alguna me entregó al menos US$100 en pines para llamar de larga distancia, con la fe de que en algún momento le pagaría. Hubo un día que se me ocurrió preguntarle “Gene, ¿por qué confía en mí si ni siquiera me conoce? –a lo que él me respondió- “Juan, ¿Por qué habría de desconfiar de usted?”.

Mi primera invitación es a votar libremente (quienes participan del andamiaje político, familiares de soldados y policías, beneficiarios de subsidios y contratistas del Estado, NO votan libremente). Mi segunda invitación es a votar responsablemente, esto implica haber estudiado muy bien a los candidatos en contienda, esto implica no sólo revisar los Planes de Gobierno (que es para mí lo menos importante), sino sus Principios de Gobierno, la validación en el curso de su experiencia pública de dichos principios, su capacidad de conformar equipos de trabajo eficientes, y los títulos morales demostrados del candidato y de quienes le rodean. Mi tercera y última invitación es a votar por el candidato que respaldo, a votar por Antanas Mockus, quien defiende la propuesta de un país en el que la sociedad castigue la ilegalidad en todas sus formas (presión social), lo que supone un fuerte cambio cultural; ya demostró que cambiar la manera de pensar, de percibir y de actuar de las personas es posible y que da resultados increíbles.

Por una Colombia en la que los medios no manipulen la información a favor de los de arriba, que luche contra los “negocios ilícitos” que el Estado perpetúa, que no sea cómplice ni testigo silencioso de actividades delictivas en todos los niveles, y unida bajo argumentos sólidos e incontrovertibles -como la defensa por la vida, el buen manejo de los recursos públicos y por la educación como mecanismo para derrotar la pobreza-: ¡ANTANAS MOCKUS PRESIDENTE!


JPDR (Barranquilla, junio 19 de 2010)

Monday, June 14, 2010

LOS “INOCENTES ÚTILES” DEL SISTEMA

En tres reuniones que sostuve en las últimas semanas, en tres ciudades distintas (que nada tenían que ver con política), apareció el nombre del candidato oficialista, sugerido como el medio más seguro para alcanzar ciertos “fines particulares”, fines de los que yo al final me vería supuestamente favorecido. Ello sólo me sirvió para tener una mayor conciencia del “tamaño del pudín” y para afianzar mi convicción de que lo que le conviene al país es elegir presidente a Antanas Mockus.

La figura de Álvaro Uribe ha logrado permanecer lejos del alcance de incontables violaciones a la ley, a la moral, y a los DDHH de las que su gobierno ha sido protagonista, y al mismo tiempo ha sido el símbolo de la recuperación del territorio, de la soberanía del Establecimiento y de una política social de la que millones de colombianos de los estratos más bajos se han visto favorecidos. En conjunto, estas dos percepciones, por contradictorias que sean, le han convertido en una especie de ‘mesías’ que maneja casi a su antojo los destinos de la patria. Y digo ‘casi’ porque no logró en 8 años amarrar al poder judicial, al que ahora intenta desacreditar como organismo legítimo, autónomo y responsable, buscando con ello que la sociedad rechace sus actuaciones. Sociedad acostumbrada a destruir sin saber por qué.

Ejemplifiquemos la realidad de lo que ocurre. Resulta que en el despacho del Senador ‘X’ del Partido de la U, trabajan 3 personas aptas para votar, que tienen familiares también aptos para votar, un grupo que lo eligió, otros que recomendó desde su cargo, y otros a quienes les promete lo que no sabe si les podrá cumplir. Ese Senador ‘X’ arrastra una cantidad de votos. A ese fenómeno es al que me refiero cuando hablo del “arrastre de las maquinarias”. Todas estas personas votan por un beneficio particular, su voto está muy lejos de ser libre, y muchas veces hacen proselitismo defendiendo ideas o posiciones en las que no creen o que no comprenden. Si montamos la ecuación encontraríamos que el arrastre de las maquinarias representa no menos de 6 millones de votos potenciales.

Resulta también que el gobierno de Álvaro Uribe creó o expandió programas de subsidios, algunos que volvió permanentes, como Familias en Acción. De 320 mil madres cabezas de hogar a las que Pastrana hizo beneficiarias de este programa que creó su gobierno, el de Uribe hizo beneficiarias a casi 3 millones; mal contados 7 millones de votos potenciales (he intentando conminar a muchas familias beneficiarias de este programa a no votar por el candidato oficialista y les puedo garantizar que es una tarea prácticamente imposible, aun convenciéndolos de que no perderían el subsidio). En cuanto al programa Agro Ingreso Seguro, mucho se dijo del casi 30% del presupuesto que se otorgó a grandes productores (algunos ‘amigos’ del gobierno Uribe), pero al parecer nadie advirtió que las casi 400 mil familias beneficiarias del otro poco más del 70% de los recursos representaba a futuro más de 1 millón de votos potenciales. Esto es el “arte” de extraerle al Estado el dinero necesario para perpetuar una línea de poder escondiéndolo detrás de la inversión social.

Si metemos todas las variables dentro de la ecuación, le restamos de forma directa el porcentaje representado por el abstencionismo, y estimamos que un tercio de ese potencial electoral se saldría de la tendencia tendríamos que la contienda arranca con una ventaja de 4 millones de votos para el candidato oficialista. Pero la cosa no termina allí. Los más de 300 mil miembros de la fuerza pública –con una marcada tendencia a respaldar el “continuismo”- que no pueden votar hacen efectivos los votos de sus familiares, que sí pueden hacerlo, con lo que tendríamos que sumar otro millón de votos potenciales. Y si sumamos los gremios que están “comiendo del pudín” estaríamos hablando de otra cantidad inestimable dentro del potencial electoral que favorecería al oficialismo. Haciendo sumas y restas podríamos decir con alto margen de confiabilidad que el candidato oficialista arranca con una no despreciable ventaja de 5 millones de votos.

¿Dónde están los demás votos? Claramente son los que aportan los libre-votantes, aquellos que siguen convencidos de que Uribe es un ser inmaculado o un héroe de la patria (y que apoyan a su candidato), los que sienten antipatía por Mockus, los que creen inocentemente que respaldan la mejor opción, y en resumen todos aquellos que “sin comer del pudín” aportan su voto al oficialismo, al continuismo, o en el más aberrante de los casos al mismo Santos.

Ahí está la clave! En convencer a un “inocente útil” de al menos estudiar su voto. Cada voto restado a Santos y sumado a Mockus es un +2 en la ecuación. El hacer parte voluntariamente de una “maquinaria ciudadana” en la que no hay nada para repartir, sino principios para compartir (como reza el aforismo), requiere de gran esfuerzo y desgaste, y pudiéramos al final ser derrotados en la lucha donde nosotros simbolizaríamos a David y el Establecimiento a Goliat, pero jamás podrán decir que no luchamos hasta el último día.

LUCHA mockusista, LUCHA! Al final -en el peor de los casos- recibirás la recompensa de hacer parte de un grupo de colombianos que respaldaron la legalidad, el respeto por la vida, el buen manejo de los recursos públicos, y la educación como mecanismo para derrotar la pobreza, lo que obligará al gobernante de turno a moderar o reorientar los métodos tradicionales, frente al rechazo de un músculo ciudadano que por primera vez alza la voz con convicción y consistencia.

JPDR (Bogotá, junio 14 de 2010)

Saturday, June 12, 2010

LOS AUTO-GOLES DE MOCKUS

Antanas Mockus empezó a perder prosélitos durante las dos últimas semanas de campaña, éstos migraron principalmente hacia las canteras de Petro y Vargas Lleras. Aún bajo tal evidencia los resultados no dejaron de ser sorpresivos, al menos para la opinión, que confiaba en una proximidad con lo que mostraban las encuestas. La explicación de la diferencia –asumiendo que las hipótesis de que hubo fraude electoral estén equivocadas- radica en que sectores muy específicos del electorado desteñirían la muestra en cualquier caso, haciendo que el error real fuera tan grande que la prueba no tuviera un margen de confianza suficiente para validar su resultado. Me sorprendí, principalmente durante el último mes, de la cantidad de gente que “come de esa torta”, de la torta del uribismo, de la torta de lo que pretende Santos continuar. No son sólo los empleados públicos, ni los beneficiarios de Familias en Acción, ni los contratistas a favor de quienes el Estado fabrica las licitaciones más jugosas, sino un sector significativo de la empresa privada que mueve sus fichas buscando mantener ciertos beneficios o inmunidades que una ley amañada les otorga.

Todo lo anterior al final conduce a que, por ejemplo, mientras flotas de buses transportaban en todo el país a cantidades ingentes de prosélitos –o borregos- de Santos, sólo una flotilla de voluntarios pusiera en servicio sus vehículos particulares para el transporte de seguidores Verdes. Sin embargo, en un escenario hipotético en el que se lograra captar a un porcentaje importante de los libre-votantes que depositaron su voto a favor de Santos, y mantener comprometidos a quienes en principio se identificaron con los principios de gobierno de Mockus, la guerra estaría mucho más reñida (aún con ventaja para Santos). Un factor que sin duda desestabilizó la ecuación fueron los “auto-goles” de Mockus. Aquí está mi top 5:

1. La no vinculación de asesores: la campaña del Partido Verde desestimó el aporte que pudieron haber entregado estrategas especialistas en ganar elecciones, lo que sí hizo sabiamente la campaña de Santos. J.J. Rendón en realidad estaba en la cola de la lista.

2. La ausencia de prevención: en varias ocasiones Mockus fue llamado por periodistas claramente afines a la candidatura de Santos (como ocurrió en Astros de la Z, donde lo entrevistó un amigo político de Rodrigo Rivera, o en el programa de José Gabriel Ortiz, quien se declara santista), sin embargo no fue prevenido. Debió sospechar que de alguna manera intentarían perjudicarlo en el curso de estas entrevistas. Si bien denotaba valentía ir a meterse en la boca del lobo debía hacerse con prudencia extrema. Ya antes le habían hecho montajes utilizando informaciones incompletas, otra razón para haber estado muy prevenido.

3. La utilización de un lenguaje confuso: muchos colombianos no entienden con claridad a lo que se hace referencia con el término ‘tendencia’, o ‘escepticismo’, lo que ayudó a confundirlos en torno a que Mockus fuera ateo o que extraditaría a Uribe. Tampoco entienden la ejemplificación de una regla de tres. A adversarios tan mañosos no se les podía dar semejante ‘papaya’.

4. Salario de los médicos: en diez segundos no se podía explicar que en la actualidad un tercio del presupuesto nacional está siendo conducido a la salud pública, y que la expansión del cubrimiento condujo al colapso del sistema. Haberse atrevido a cuantificar el salario que el sistema colapsado podría pagar a médicos generales (confundiéndolo con el galimatías del ‘debería’) fue un grave error de cálculos. Aunque Mockus cree en las competencias y las condiciones de mercado como factores determinantes confundió a la opinión; y los médicos –sin formación en matemáticas- tienden a adolecer de pensamiento crítico y a tragar sin masticar (esto último lo digo por la lección aprendida que me dejó la oportunidad de durante un año haber estudiado esta bella ciencia). Por otro lado otros sintieron que si a los médicos les correspondía un salario bajo a ellos –sin tanto pergamino- les iría mucho peor.

5. Más impuestos: hablar de un tema tan sensible como reestructuración tributaria en campaña resultó perjudicial. Partir de la premisa de que los ricos estarían un poco más dispuestos a tributar a favor de los pobres fue una equivocación, en un país en el que impera el egoísmo y el beneficio particular, los unos pensarían en sí mismos, y los otros permanecerían inadvertidos.

Creo que estos cinco errores se llevaron un montón de votos, si los VERDES somos (y digo “somos” porque me considero uno más) capaces de revertir eso o no es algo sobre lo que tendremos certeza el 20 de junio próximo.

Por ahora seguiré aquí, porque quiero, porque me nace, porque creo en este proyecto, NO porque me pagaron. No porque esté esperando “un pedazo de la torta”.


JPDR (Bogotá, junio de 2010)

QUE GANE EL VOTO LIBRE

No puede ser producto de la casualidad ni de un súbito y radical cambio del mapa político que las distintas firmas encuestadoras hayan estado tan lejos de la realidad de lo ocurrido en la primera vuelta por la elección presidencial, pero siempre cercanas entre sí. La excusa de que el escenario cambió sobre la recta final de la contienda resulta poco creíble, dado que diez días antes se señalaba un empate técnico y el resultado del escrutinio mostró un candidato oficialista duplicando la votación de su adversario más cercano. Hay algo que me resulta aún más curioso, la campaña de Santos tenía el dato del 44% de intención de voto para su candidato y del 28% para Mockus tres semanas antes del día de la elección, provisto de ‘su propio ente encuestador’, que resultó ser mucho más preciso que el obtenido por las firmas encuestadores a menor tiempo del día de la elección.

El dato del 44% - 28% lo supe por boca de uno de los miembros élite de la campaña de Juan Manuel Santos, y sólo lo pude encontrar impreso el lunes 31 de mayo en la edición de la revista Semana. Supe por boca del mismo sujeto que entre ellos y distintos miembros de la cúpula de gobierno corrían apuestas de varios millones de pesos sobre su eventual victoria en primera vuelta. Ellos estaban muy seguros de que ganarían, la pregunta es ¿por qué? Al final perdieron, lo cual asumo que les resultó sorpresivo pese a la descomunal ventaja.

Con una abstención cercana al 50%, dentro de los límites esperados, la ventaja del candidato oficialista fue estremecedora, con un 46,6% del escrutinio válido total, frente a un 51,9% a partir de la sumatoria de los porcentajes obtenidos por los otros 8 candidatos juntos. Resulta impensable que pudiera lograrse canalizar todo ese potencial electoral en una sola fuerza, única alternativa visible para derrotar a Juan Manuel Santos. Si la Constitución lo permitiera, yo sería el primero en aceptar que no se hiciera segunda vuelta y el dinero ahorrado se invirtiera en dos escuelas en el Putumayo, sujeto a la condición innegociable de que en ella se matricularan en una cátedra de ‘moralidad’ Sabas y Fabito, en una de ‘prudencia’ Roy Barreras y Armando Benedetti, en una de ‘estructura del pensamiento’ Angelino y Rodrigo Rivera, y en todas a doble jornada Alvarito y Juan Manuel.

En defensa y respaldo de la proclamación de Colombia como estado democrático, propongo que se lance un “decreto de emergencia electoral”, donde en segunda vuelta se restrinja el derecho al voto a segmentos que por la lógica de la conveniencia particular tendrían una tendencia marcada por el candidato oficialista, para que el voto libre sea el que decida la contienda. En esa dirección, propongo que no voten los familiares en primer grado de los miembros de la fuerza pública, que no voten todos aquellos que hacen parte del andamiaje político actual ni sus familias, que no voten ni socios ni empleados de contratistas frecuentes del estado, y que no voten los beneficiarios de las distintas políticas de auxilios y subsidios ni sus familias. Si restamos esta población electoral, hacemos de forma inequívoca un proceso más justo, donde el voto libre decida quién deba ser el próximo presidente.

Por lo pronto la sigo teniendo clara, VOTO, y voto VERDE en segunda vuelta.


JPDR (Barranquilla, junio de 2010)