Thursday, February 14, 2013

ALGUNA VEZ FUI… (Segunda Parte)

Alguna vez fui conductor de bus intermunicipal. El hecho ocurrió en Venezuela en la vía que de San Cristóbal conduce a Barquisimeto. Yo estaba en Venezuela en épocas en las que los colombianos debíamos pedir visa para entrar por tierra al vecino país. Había hecho ingentes esfuerzos por conseguir mi visa en la ciudad fronteriza de Cúcuta, pero resultaron infructuosos. Decidí entrar a Venezuela de todas formas. Sólo un conductor de bus intermunicipal aceptó sacarme de San Cristóbal, pero no hacia Caracas, que era mi destino, sino hacia Barquisimeto. Su condición fue que condujera durante un tramo en el que una alcabala nos detendría y registraría a todos los pasajeros, pero ignorarían al chofer del bus. Así fue. No me pidieron licencia ni nada. Ni siquiera me saludaron. Buscaban colombianos sin visa y no sospecharían del chofer. Ya había hecho mis prácticas de chofer de bus en un parqueadero de Urba-Playa en el que con frecuencia sacaba y metía buses que obstruían la salida de mi VolksWagen, pero esta vez en las rápidas vías venezolanas y con adrenalina de por medio fue más emocionante.

Alguna vez fui jugador de la Selección Colombia de mayores. Ocurrió en un partido amistoso en el Metropolitano a puerta cerrada previo a la Copa América del 2001. Yo había sido contratado para arreglar las porterías y ponerles mallas con tejido de panal. Mi trabajo era muy importante porque sería el centro de atención de las cámaras en una transmisión televisiva que llegaría en directo a más de 80 países. Me puse los cortos, me colé a la zona de trabajos de campo, y bajo las órdenes de Francisco Maturana hice parte de unos ejercicios previos al duelo amistoso. Hice fila para cobrarle tiro penal a Óscar Córdoba. Hice estiramiento de gemelos con Roberto Carlos Cortés. Fueron mis únicos minutos haciendo algo de lo que más me gusta con los que mejor lo sabían hacer. Nunca tuve la oportunidad de participar de los múltiples trabajos de campo en los entrenamientos de Junior a los que asistí. Aquella fue mi fugaz revancha. Aquellos muchachos resultarían campeones de la Copa América con el récord de no recibir un solo gol en contra.

Alguna vez fui ponente involuntario frente al Alcalde de Barranquilla. Fue en el coliseo del Colegio Eucarístico de Barranquilla. Mi profesor de filosofía tenía la responsabilidad de enviar unos estudiantes en representación del colegio para presentar una propuesta de impacto social, él lo había olvidado por completo, nunca seleccionó a nadie para que la desarrollara, y decidió a última hora confiar en mí para que fuera el encargado de diseñar una improvisación y presentarla con micrófono en mano frente al Alcalde y 800 personas más dos horas después de haber sido notificado. Recuerdo que fue un 8 de noviembre. El profesor me dio oportunidad de llevarme a dos compañeros que me pudieran respaldar. Yo no me llevé a quienes me pudieran respaldar, me llevé a los dos compañeros que más quería, a mis mejores amigos, simplemente para que vivieran conmigo aquel descabellado episodio. Al final no me salió tan mal, aunque no conservo en mi memoria cuál fue mi propuesta.

Alguna vez fui predicador. No fue un evento efímero. Ocurrió durante mi adolescencia cuando creí encontrar en los relatos bíblicos parte del sentido del ser. Fue una experiencia simultánea con mi aprendizaje de la filosofía, ciencia cuyo estudio me resultaba fascinante. Desde Grecia, pasando por la escolástica, el renacentismo y llegando hasta la filosofía contemporánea la historia me mostró muchas teorías sustentadas con explicaciones etéreas o argumentaciones teológicas. Me interesé entonces paralelamente por el tema de la religión, hice parte de un grupo pastoral, participé de múltiples reuniones de predicación y hasta gané un concurso mariano con premio incluido. Fue una etapa que me ayudó a descubrirme y a discernir sobre los preceptos establecidos por la moral cristiana. Hoy en día rechazo muchas de las cosas relacionadas con las religiones y las iglesias, no creo en los sacramentos, y soy un acérrimo enemigo de muchas de las normativas impuestas por el moralismo cristiano.

Alguna vez fui profesor universitario. Había sido tutor en idiomas, monitor en varias asignaturas de ingeniería y docente asistente en una especialización, luego tenía alguna experiencia en el ámbito académico desde el lado de la pizarra. La ocasión se dio porque la herramienta computacional sobre la cual se basaba una asignatura de la que era monitor incluyó un nuevo módulo en su nueva versión y el profesor del curso no alcanzó a familiarizarse con dicho módulo cuando correspondió dictarlo. Yo había aprendido por mi cuenta a manejar el nuevo módulo con suficiencia. El profesor confió en mí para que fuera yo quien lo dictara en lugar de él. Fue un voto de confianza por el que nunca dejaré de agradecer a aquel profesor porque fue algo que anhelé poder hacer y se me dio. No pierdo la esperanza de algún día como catedrático poder dictar un curso de educación superior.

Alguna vez fui albañil. Vivía en Minnetonka, suburbio de Minneapolis. La casa en que vivía se incendió. La clase media en los EEUU suele hacer todo aquello para lo que sea físicamente capaz y disponga de manuales en Google o YouTube. No es común llamar al plomero o al pintor a menos que el trabajo requiera realmente de una mano de obra calificada. La familia Hiltsley, con la que vivía, decidió reconstruir la casa sin ayuda de nadie, pese a que la propiedad tenía un seguro que cubría los daños del incendio. Fueron varias semanas de ardua labor. Mi trabajo consistía en derrumbar paredes y remover escombros. Lo hacía por tres horas diarias de lunes a viernes al llegar de la escuela, y a doble jornada sábados y domingos. Tuve graves problemas de espalda por casi 4 años, al parecer derivados de aquellas semanas de carga excesiva sobre los músculos dorsales. Desde entonces valoro mucho los trabajos que exigen esfuerzo físico y hago lo posible por pagar bien a los obreros que he tenido a cargo.

Juan Pablo Díaz
Barranquilla, 2013
@juanpdiazr

Wednesday, January 30, 2013

ALGUNA VEZ FUI…

Alguna vez fui invitado a un programa de entrevistas. Ocurrió en la ciudad de Minneapolis. Algún grupo periodístico investigador conoció mi historia de estudiante extranjero y creyó que valía la pena contarla en televisión. La emisión fue en horario de máxima audiencia. El programa se llamaba Dimensional y el formato era parecido a “Yo José Gabriel”. Fue una experiencia bastante curiosa haber sido invitado a aquel programa porque por alguna extraña razón para los americanos el hecho de aparecer en televisión por sí mismo resulta una proeza. Por algunos días la gente me reconoció en la calle y recibí solicitudes de fotos y hasta autógrafos. No me imagino cómo hace en ese país un actor famoso para caminar por cualquier calle. Lo mejor que resultó de aquella entrevista fue que gracias a que conté que me gustaba pescar, uno de los camarógrafos me invitó el fin de semana siguiente a hacer ‘ice-fishing’ en un lago congelado perforando la gruesa capa de hielo con un taladro gigante y desde de una especie de casita con calefacción, que llegaba halada por un tráiler, y que tenía compuertas en el suelo para enviar los anzuelos por los agujeros que atravesaban más de un metro de hielo. Jamás habría imaginado que existía esa forma de pescar durante el invierno.

Alguna vez fui periodista deportivo. Lo hice para el canal local Telebarranquilla. Hacía notas, en su mayoría futboleras, pero también relacionadas a otros deportes, como el boxeo. El programa central se emitía en directo, y se interrumpía para pasar videos y, en algunos espacios, mis notas deportivas, las cuales hacía en pareja con uno de mis grandes amigos, quien algunos años después estaría en los mundiales de Alemania y Sudáfrica haciendo cubrimientos periodísticos. Tenía mi propio club de fans, quienes me enviaban regalos al canal. Mis fans más destacadas eran Yumerleidys y Usnavi. Cuando abandoné mi rol de reportero mis fans empezaron a llamar al canal preguntando al aire qué había pasado conmigo. Entonces el canal empezó a re emitir viejos videos para complacerlas. En mi experiencia como periodista deportivo pude conocer personalmente a jugadores y técnicos del rentado nacional. Además mi carnet de periodista me permitió durante un par de años entrar por el acceso a prensa al estadio Metropolitano. Tres años más tarde presentaría un programa futbolero llamado "La Redonda" que era transmitido a través del canal interno de la Universidad del Norte.

Alguna vez fui estudiante de medicina. Ocurrió tras haber culminado mi ciclo como estudiante de ingeniería. El interés por esta ciencia no era casual, tres de mis familiares la escogieron por profesión, así que podríamos inferir que me venía en la vena. Aparte de haber aprendido que una vida entera dedicada a comprender la célula sería insuficiente para lograrlo, aprendí algunas otras cosas más practicas, como a auto inyectarme intramuscular y a auto sacarme la sangre, lo cual no era tan simple. La primera vez que me intenté sacar la sangre no aflojé el elástico antes de retirar la aguja y dejé un charco de sangre en el laboratorio. Por suerte traía bata y mi uniforme se salvó de quedar manchado de mi propia sangre. Fue un año fascinante dedicado desde las aulas a algo completamente nuevo y diferente, ejercitando de una nueva forma mi cerebro, encantado con todo lo que aprendía en cada clase. Sucumbí por los horarios, el escaso tiempo libre para poder trabajar y el alto costo de la matrícula. No me arrepiento ni un segundo de haberme permitido esta experiencia.

Alguna vez fui operario en una fábrica de reciclaje de polietileno. Tuvo lugar a unos 80km al oriente de la ciudad canadiense de Montreal. Lo hacía en turnos de 11 de la noche a 7 de la mañana. Era una jornada matadora y muy mal paga. Sólo teníamos un receso de 30 minutos desde las 3:30am hasta las 4:00am. La comunicación era únicamente en francés, idioma que me resultaba muy complicado de manejar. La única palabra que me decían en inglés era “tomorrow”. Tenía que destrozar láminas de polietileno con una sierra que me recordaba el paramilitarismo en Colombia. Debía dejarlas en trozos pequeños y depositarlas en una trituradora. Luego el triturado se fundía al igual que se hacía con los pellets de material original. También había que remover piezas hirvientes recién salidas de los moldes y manipularlas hasta almacenaje sin estropearlas. Los de mejor pulso removían rebabas de piezas frías, pero ésos eran de un mayor escalafón, al que por suerte no alcancé a llegar.

Alguna vez fui mesero. Fue en un restaurante llamado Las Tablas sobre la avenida Irving Park de Chicago. Curiosamente había ya visto al dueño del restaurante en un reportaje que le hicieron en RCN en el que lo señalaban de ser el clon de Charly García. Yo me sorprendía de ver a mi compañero transportar con gran agilidad 3 platos de sopa rebosantes sin que se derramara una gota. Yo sólo lograba transportar un plato y siempre derramaba algo de la sopa. Me contrataron inicialmente como ‘buzz boy’, pero tuve un súbito ascenso a mesero debido a que fui el reemplazo obligado de mi compañero, quien rebanó uno de sus dedos mientras cortaba limones, y él, siendo un inmigrante despapelado y sin seguro médico tuvo que someterse a una cirugía improvisada que yo le practiqué anestesiándolo con xilocaína inyectada localmente y suturándolo con los elementos que contenía un botiquín que trajeron de alguna farmacia cercana. Creo que ésta fue una de las actividades en las que peor me fue ─la de mesero, la cirugía me quedó genial─, ya que el equilibrio, esencial en el arte de manejar platos en ambas manos y uno de los antebrazos, nunca ha sido una de mis aptitudes.

Alguna vez fui actor de telenovela. Al menos ello se suponía, ya que hice parte de un equipo de fútbol de actores colombianos en un partido de exhibición en la ciudad de Villavicencio. No fue fácil integrarme al grupo, ya que varios de los actores ─a quienes jamás había visto porque no veo telenovelas─ se mostraban altivos. Quizá el hecho de saberse o suponerse reconocido inflama un poco el ego. Puede que sea normal en ese mundo, pero para mí un actor es simplemente una persona que se gana la vida apareciendo en telenovelas, así como yo me la gano de una forma más anónima. Mi oportunidad llegó cuando un actor llamado Álex Gil rompió sus ligamentos en un mal movimiento. La banda izquierda en una defensa de cuatro quedó deshabitada y yo al menos tenía el perfil para jugar por allí. No lo hice tan mal. Al final del partido, que ganamos 2-0, y en el que hubo tres lesionados graves, frente a la pregunta que me hacían los niños de en qué novela salía mi respuesta era que yo había interpretado al sobrino de Epifanio Del Cristo en San Tropel. Estaba seguro de que ninguno de esos niños había nacido para el tiempo en el que transmitieron aquella telenovela protagonizada por Carlos Muñoz. Además no tenía ningún sobrino. Se tomaron muchas fotos conmigo creyendo que se retrataban con algún famoso.

Juan Pablo Díaz
Barranquilla, 2013
Twitter: @juanpdiazr

Tuesday, December 18, 2012

EL ÚLTIMO TIRO PENAL

Habían pasado tres años desde aquella tarde en la que el ‘profe’ Luna me mandó a la cancha en un partido en el que jugaban los mayores. Fue un evento fortuito. Yo pasaba horas merodeando por la cancha de abajo y cuando todos los de mi categoría se habían ido ahí quedaba yo. Hubo un lesionado y no había cambios. Entré sin dudarlo. En una me vino el centro de derecha y entraba yo libre de marca, pero no me atreví a saltar y conectar. El cabezazo no era una de mis virtudes, pero en realidad había tenido miedo. Sin embargo, en la misma jugada, el fútbol conspiró para que en un rechazo defectuoso el balón volviera al costado derecho y cayera sobre el mismo centrador, quien mandó de nuevo el centro. Habían pasado tan solo segundos y tuve de nuevo la misma idéntica oportunidad que había dejado pasar. Me levanté de un salto y conecté. El balón infló la red, y yo que corrí ferozmente a la raya para abrazar a Luna. Ganaron el partido con el gol de un refuerzo improvisado que mandó el azar desde una categoría menor.

Sería el primer torneo interno del que participaría desde que me formaba en la escuela del club. Cuando repartieron las camisetas en lugar de entregarme la ‘7’, la que siempre usé, me dieron la ‘3’. Jugaba de ‘11’, pero siempre me calcé la ‘7’. Pregunté si se trataba de un error. ─ No, no es un error, en este equipo jugarás como marcador izquierdo ─ Me dijo el entrenador. Fue como si una daga me atravesara de lado a lado. Qué iba a hacer con las incontables horas que pasé yo solo practicando los remates al arco, soñando con ser el goleador de mi equipo, con desquitarme de tantas cosas utilizando el fútbol, jugando de ‘11’ en aquel mágico torneo que coincidía con el Mundial de Italia.

En el colegio había jugado de defensor central por una curiosa situación. El entrenador que nos asignaron, de apellido Prieto y estudiante de 11 grado, había decidido que las posiciones serían en orden alfabético, así, el primero en la lista sería el arquero, más o menos hasta la F seríamos defensas, hasta la M serían volantes, y los últimos de la lista serían los atacantes. Mi buen amigo Zuluaga, por supuesto, resultó de atacante, y yo de defensa, aunque jugaba con la ‘7’. Salvo por aquella insólita situación del fútbol, exceptuando aquel arrebato caprichoso de ese tal Prieto, nunca había jugado en una posición distinta a la de delantero.

Llegaba el momento esperado y me tocaría saltar a la cancha con la número ‘3’ a desempeñar una misión desconocida, marcar la franja izquierda en una línea de 3. Pero el Dios del fútbol se hizo presente en mi vida de la forma más evidente posible. Sobre el último par de días previos al inicio del campeonato tuve un sorpresivo cambio de entrenador. El nuevo entrenador decidió que, aún con la casaca número ‘3’, jugaría de ‘11’.

Parecíamos ser el equipo más débil, pero con el correr de los partidos fuimos demostrando que éramos un equipo sólido. Nos parábamos bien atrás, y Abelardo y yo, la dupla atacante, estábamos finos a la hora de marcar. El torneo era por puntos, y antes de jugar la última fecha ya éramos inalcanzables. Éramos campeones sin haber jugado el último juego. Pero aquel partido era muy importante para Abelardo y para mí. Habíamos sido un dúo excepcional, pero cualquiera de los dos se podía quedar con el botín de oro. Él había marcado los mismos goles que yo, y ambos uno menos que Alvarito, un delantero de otro equipo. Ya Alvarito había jugado su último partido. Si cualquiera de los dos marcaba igualaba el récord de Alvarito, y si alguno se iba con dos dianas sería el botín de oro solitario.

Antes de que concluyera el primer tiempo cayó una pelota sobre mi sector y la crucé al otro palo del arquero para lograr el primer gol, poner en ventaja a mi equipo, igualar el récord de Alvarito y superar a Abelardo. Nos fuimos a las duchas con sólo una cosa por definirse en aquel torneo: el botín de oro. Por ahora había un doble empate en la tabla de artilleros y uno con un gol de desventaja y todavía con un tiempo por jugar.

Abelardo lucía nervioso. Él había estado por encima de mí en la tabla durante todo el torneo, y yo había resultado marcando 5 goles en los últimos cuatro partidos y lo había superado. Arrancó el segundo tiempo. Apenas empezaba y tuve una oportunidad de marcar. Otro balón cruzado que infló la red y puso el partido 2-0. Ya estaba yo solo en la parte más alta de la tabla de artilleros. El partido terminó de transcurrir con Abelardo bien abierto sobre la derecha y yo bien abierto sobre la izquierda. El ritmo bajó a un mínimo. No hubo más incidencias y el partido terminó.

Había ganado el botín de oro, o al menos eso creía yo. Los delegados y conjueces se reunieron terminado el partido y luego terminaron asegurando que había existido un triple empate en la tabla de goleadores entre Abelardo, Alvarito y yo. Yo no lo podía entender. La explicación fue que en un partido que habíamos ganado 2-0, en el que Mario y yo marcamos, se había pitado un W.O. antes de empezarlo porque el adversario se presentó después de la hora, y aunque el partido se terminó jugando con arbitraje y todo los goles marcados allí no contaban para ninguno de los anotadores de ese día, pero como el W.O. equivalía a un 2-0, y esos dos goles había que dárselos a alguien, se los habían dado uno a Abelardo y uno a Raúl. No podía existir una situación más injusta. ¿No era lógico haberle dado los dos goles a quienes los marcaron en lugar de dárselos a quienes no lo hicieron? Al parecer no.

Luego de varios debates decidieron que cobraríamos tres tiros desde el punto penal cada uno frente a un arquero neutral y quien ganara se quedaría con el botín de oro. Alvarito falló dos y salió de la contienda. Abelardo y yo fallamos uno y tuvimos que continuar lanzando. Alcanzamos a cobrar 7 tiros desde el punto penal y se mantenía el empate. En el octavo tiro Abelardo lo tiró afuera.

Si lo marcaba sería el último penal. Sería mi gloria personal. Si lo erraba la serie continuaba, y sería la tranquilidad para todos, para todos los que querían que el trofeo lo ganara cualquiera. Cualquiera menos yo. Y lo querían porque en aquel club los que no estábamos en ninguno de los colegios bilingües éramos vistos como menos, éramos objeto frecuente de burlas, jamás hacíamos parte de las ‘roscas’, no nos invitaban a las fiestas, ni siquiera era fácil que nos pasaran la pelota en los partidos.

Tomé impulso, mandé el zapatazo con lo que me quedaba, el arquero que no llegó, la pelota que pasó la línea, yo que levanté los brazos y que los vi a todos en silencio. A todos los que me decían que mi pelo parecía una choza, a todos los que se reían de mí porque me quedaba practicando terminada la práctica, a todos los que también se burlaban de la vieja Trooper en la que me llevaban a las clases porque ellos tenían carros mucho más lujosos, a esos mismos a quienes nunca les respondí pero que tuvieron que verme ese día levantando el trofeo y al de El Heraldo sacándome la foto, dejando indeleble la imagen que inmortalizaría ese momento sublime de la historia, de mi historia, para siempre.

Juan Pablo Díaz R.
Barranquilla (escrito originalmente en 1998, re escrito en 2012, transcurrido en 1990)
@juanpdiazr

Tuesday, December 4, 2012

MI RECUERDO DE MIGUEL CALERO

Mi más claro recuerdo de Miguel Calero tuvo lugar en la ciudad de Medellín. Yo estaba de visita. Eran los días de Semana Santa del año 1998. Junior de Barranquilla visitaba a Atlético Nacional en el Atanasio Girardot. Fui al estadio con la ilusión de ver a Junior sacar un buen resultado en su visita a un elenco paisa en el que varias de sus figuras eran jugadores atlanticenses, todos ellos en algún momento roji-blancos: ‘Ferry’ Zambrano, Álex Comas y el espectacular Oswaldo Mackenzie. Pero eso no era todo, el local contaba con el mejor lateral que he visto en Colombia, Diego León Osorio, y con un arquero al que creía conocer bien, Miguel Calero. Y creía conocerlo bien porque Calero en sus inicios había jugado en el Sporting, y yo había visto casi todos aquellos clásicos barranquilleros al calor de las tardes domingueras en el Metro.

El Atanasio Girardot estaba a reventar. Yo estaba en la tribuna de occidental baja. La tarde se empezó a oscurecer ─para mí─ cuando en una jugada entre los atlanticenses Mackenzie y Zambrano, el soledeño remató desde fuera del área y la puso en un ángulo imposible para Calixto Chiquillo. Minutos después, Oswaldo Mackenzie intenta entrar al área en medio de 8 piernas, la pelota rebota en un jugador de Junior y le cae a un jugador verdolaga aparentemente adelantado. El línea levantó la bandera, la defensa de Junior se quedó petrificada y el juez Óscar Julián Ruiz, quien sería célebre por sus desafueros hacia Junior, dio continuidad a la jugada en cuyo epílogo Giovannis Cassiani en reacción tardía y en el intento desesperado por despejar la pelota termina embocándola en su propia puerta. Para terminar de cerrar un funesto primer tiempo, fue el propio ‘Nené’ Mackenzie, ídolo en Barranquilla, quien convertiría el lapidario tercer gol.

Miguel Calero, capaz de manejar los ánimos de sus adversarios, le mostró un balón al atacante roji-blanco Daniel Alberto Tílger dominándolo con los pies. El ‘9’ gaucho, ex compañero suyo en el Sporting, cedió a la tentación de intentar arrebatarle esa pelota al guardameta vallecaucano y le cometió una falta que le significó la roja directa. Junior dependía de alguna genialidad de Víctor Danilo Pacheco, que tuvo una actuación descollante. El ‘crack’ atlanticense en varias oportunidades liquidó a sus rivales en velocidad con la pelota atada al pie, pero cada vez que se enfrentó a Miguel Calero fue el golero quien ganó el duelo.

En los últimos minutos, en una jugada maradoniana Oswaldo Mackenzie se deshizo de sus adversarios y puso de frente al arco con la pelota servida al barranquillero Álex Comas, quien sepultó a Junior con el quinto e irrevocable gol de la noche.

Pero el partido aún no terminada. Faltaba una más de Víctor Danilo Pacheco. La tomó desde su campo y avanzó como un lince tras su presa. Sólo veía el arco rival mientras los iba liquidando uno a uno. Sus compañeros se habían quedado en Barranquilla, aunque estuvieran dentro del campo de juego, así que por su propia cuenta y eludiendo a quien se cruzara en un su corrida estuvo dispuesto a dejar lo último que le quedaba para marcar el tanto de la honra, un tanto que amainara mi estado de humillación en aquella tribuna, un gol que aunque no me liberaría de terminar cundido en la derrota al menos me iba a permitir levantar los brazos por un segundo… Pero ni siquiera eso. Porque cuando incluso pasó la línea de la defensa y estuvo frente a Miguel Calero, cuando tuvo la oportunidad de silenciar brevemente aquel atiborrado estadio convirtiendo un gol de antología, cuando él solo los había ya vencido a todos, remató al arco y el balón se fue desviado. La tomó Miguel Calero para sacar de meta. Calero le había ganado todas, pero en aquella le bastó con asustarlo.

Terminó el partido y la hinchada paisa aplaudió a su equipo y también a Víctor Danilo Pacheco. Yo me negué a aplaudir a Mackenzie, pero aplaudí a Miguel Calero.

Juan Pablo Díaz R.
Diciembre de 2012, confirmada la muerte de Miguel Calero.
Twitter: @juanpdiazr

Sunday, November 25, 2012

EL CIRCO ROMANO EN EL FÚTBOL (LUIS CARLOS RUIZ)

─Si el ‘Polilla’ Da Silva te cobra penal tírate al palo derecho que casi siempre la manda allí─ Le dije a José María Pazo al interior del camerino una tarde de 1991 en la que Junior recibía al América de Cali ─Yo sabré a qué lado tirarme si me cobran penal.─ Me respondió en tono prepotente, en clara reprobación al consejo futbolero que un niño se atrevía a darle a quien ya era un profesional del fútbol. Por un momento pensé que habían sido en vano mis múltiples y anónimas intervenciones frente a cualquier oprobio que desde las sillas de madera de Occidental Numerada hubiere tenido por destinatario al cuida vallas cesarense. “Se ve que no has visto las que saca”, “como que hace rato que no vienes al estadio” o “si no vas a venir a apoyar mejor quédate en tu casa”, eran algunas de mis airadas respuestas frente a los comentarios vejatorios de alguno de mis improvisados contertulios. De todas formas, al final, el tiempo me daría la razón, porque ‘Che María’ sería dos veces campeón con Junior y llegaría incluso a ser parte de la Selección Colombia.

Son varios los casos históricos en los que la tribuna barranquillera ha encontrado una causa para solidarizarse en bandada con más efervescencia que el propio amor por el Junior: el odio desmedido, irracional y enfermizo por un jugador que viste la propia casaca del equipo al que presuntamente aman. El caso de José María Pazo se suma al de otro de su generación, Luis Grau. Grau cargaba con la cruz de un prólogo de generaciones de jugadores nacionales y extranjeros de gran riqueza técnica, y lo suyo no era la sutileza, sumado a una nueva generación de atlanticenses que prometía alegrías para el pueblo currambero, y establecía una vara alta desde la capacidad técnica que se supone debe poseer un futbolista profesional. ‘Lucho’ Grau podía ser dirigido por Comesaña o por Bilardo, por el ‘Papi’ Peña o por Beckenbauer, y de alguna forma encontraba su cupo en la titular. Al final muchos sucumbieron a las rechiflas y reconocieron el espíritu combativo del volante roji-blanco.

El caso quizá más emblemático en Barranquilla de la turba enardecida enfilando todos sus dardos hacia la misma diana, fue el de Carlos Araújo, un volante-8 cesarense que jugaba con la número ‘12’. De nada le valió a Araújo haber hecho parte de arrolladoras nóminas, ni un golazo que le marcó al Atlético Bucaramanga en el propio Alfonso López en un tiro parabólico sensacional, y menos aún una tripleta que doblegó al Deportivo Cali en su propio feudo. Ni siquiera su firme manera de cabecear ni la mística ovalada que mostraba en cada partido resultaron suficientes para que el público barranquillero cesara sus ansias de despedazar con diatribas de todo calibre la figura, un poco enclenque, de Carlos Araújo. En la mejor representación del circo romano y la masiva solidaridad en la causa de lacerar el ánimo y la honra de un simple ser humano que desde sus modestos alcances dejaba hasta la última gota de sudor en la cancha, Carlos Araújo soportaba con heroísmo la horda inquisidora domingo tras domingo.

El caso más lamentable fue sin duda el de Javier Flórez, volante-6 barranquillero de excelente manejo de pelota, claridad y despliegue físico. Al joven volante le valían poco su imponente talla y condición técnica, su manera de avanzar con la pelota en los pies y su incansable lucha en la zona medular. El público, por razones incomprensibles, encontraba el éxtasis en el ejercicio colectivo y casi unánime de calcinar con improperios el nombre y la honra de este deportista. El desenlace de este caso de animadversión fue trágico. Tras la pérdida del campeonato en 2009 algún aficionado alejado de la complicidad ponzoñosa de la multitud y del mimetismo de la grada se atrevió a increparlo en la calle, y el futbolista, seguramente cansado de la sarta interminable de humillaciones y psicológicamente afectado, tomó la peor decisión, terminar con la vida de uno de sus inclementes verdugos.

En la actualidad se presenta uno de los casos más increíbles, el de un jugador que ha sido titular con casi todos los técnicos, que ha alcanzado tres finales, ha sido campeón en dos de ellas y lo ha logrado siendo inamovible titular en el tránsito a dichas finales. Para disipar más las dudas en cada uno de los tres casos ha tenido un técnico distinto. Quienes lo han dirigido, quizá con la única excepción de Óscar Quintabani, han elogiado su capacidad, su entrega y su larguísimo recorrido, su juego aéreo, entre otras de sus cualidades como futbolista. Hablo, por supuesto, del samario Luis Carlos Ruiz. Ruiz resulta no sólo el destinatario de cada pelota que lanza larga Viera desde su área, sino de la más alucinante colecta de descalificaciones que llegan desde todas las direcciones pero a un solo blanco, que lleva el ‘27’ a sus espaldas. Ruiz, a diferencia de Araújo, no tiene apariencia de desvalido, todo lo contrario, cuenta con un envidiable porte de atleta, que contrasta con su carácter tímido, con un miedo a las cámaras y a los micrófonos cuando a él se acercan. Ruiz, como Araújo, es la personificación de la indulgencia, de la paz de quien sabe que lo ha dejado todo en la cancha y que no le han regalado nada de lo que ha conseguido.

Luis Carlos Ruiz nació en Santa Marta, lugar en el que Junior, equipo al que defiende, es profundamente odiado. Quizá ese contraste entre su origen y la institución a la que pertenece le ha trastocado el ánimo, o quizá simplemente es la víctima involuntaria y aleatoria de una causa histórica que ha defendido con vehemencia el público barranquillero (y quizá la misma raza humana a través de su historia): el ejercicio del escarnio público.

En la cancha Luis Carlos Ruiz es casi imposible de detener cuando se decide a avanzar con la pelota en velocidad. Los rivales sólo atinan a derribarlo. Provoca una cantidad incalculable de faltas, tiros libres, cartones amarillos, y a veces rojos, que amainan la pierna fuerte del rival, y que en muchos casos los deja en desventaja numérica. Casi siempre aparece en la foto de la jugada en ataque, y también en la del despeje oportuno desde la propia área. Es sumamente solidario cuando su equipo no tiene la pelota, y preciso en el despeje aéreo defensivo. Cuando Luis Páez no encontraba el gol fue él quien se disfrazó de ‘9’ y convirtió cuatro, rememorando aquella época no tan lejana en la que marcó muchos goles con la camiseta del Barranquilla en la primera B. Por esos días algunos abandonaron el bando de los inquisidores y se sumaron al de quienes lo elogiaban.

No sé los muchachos que apenas empiezan a entender el fútbol, no sé los viejos que no logran quitarse el hábito de ir al estadio a vociferar insultos, no sé los generadores de opinión que utilizan portales virtuales, micrófonos o sus @’s en Twitter para condenarlo, pero sé que yo, que tengo una parte importante de mi vida atada al fútbol y al Junior, siempre apoyaré a quien considero un jugador virtuoso. Nunca me temblará la voz o el pulso para decir: ¡GRANDE RUIZ!

Juan Pablo Díaz R.
Barranquilla, nov 2012
@juanpdiazr

Friday, November 23, 2012

BARRANQUILLA VS BOGOTÁ

En Barranquilla nací, en Barranquilla crecí; a Bogotá llegué por una conspiración del destino que decidió sin consultarme que aquí tuviera que transcurrir alguna parte de mi fugaz historia...

* * * *

Barranquilla es una ciudad de clima tórrido, Bogotá una ciudad de clima templado; el clima templado es, al menos para mí, más agradable que el tórrido: punto para Bogotá.

La humedad relativa de Barranquilla es del 95%, la de Bogotá del 75%, la humedad absoluta a 35 Celsius para una relativa de 0.95 es mucho más intolerable que la de 0.75 a 15 Celsius: de nuevo, punto para Bogotá.

Barranquilla está a una hora de Santa Marta y a una hora de Cartagena, que son los dos principales balnearios del país, unidos por vías rápidas; Bogotá está a tres horas de Girardot y de Melgar, qué son, bueno, dos poblaciones a cada lado de la frontera entre el Tolima y Cundinamarca: punto claro y contundente para Barranquilla.

Barranquilla es una ciudad con contaminación moderada, Bogotá una de las más contaminadas del mundo (en Bogotá de noche se ha adquirido una ‘mascarilla de hollín’ y se tiene el pelo tieso de puro hollín): punto para Barranquilla.

Bogotá hace un aporte al PIB de la nación al menos diez veces más grande que el que hace Barranquilla (en Bogotá se consigue incluso lo que todavía no se ha inventado): sin duda, punto para Bogotá.

Barranquilla es puerto fluvial y marítimo y tiene la zona franca más grande del país, Bogotá es considerada una de las ocho mejores plazas comerciales del mundo: aunque discutible, para mí, punto para Bogotá.

En Barranquilla la proporción de mujeres bellas es de una por cada diez, en Bogotá es de una por cada cuatrocientas; nunca he podido comprender este extraño fenómeno cuya explicación parece estar orientada hacia algún tipo de mutación genética: sin atenuantes, punto para Barranquilla.

Barranquilla tiene de estadio de fútbol al Metropolitano Roberto Meléndez, Bogotá tiene al Nemesio Camacho El Campín: hummm… No seré mezquino, El Campín tiene su no sé qué… Empate técnico.

Barranquilla tiene el Carnaval, ‘Patrimonio Histórico, Oral e Intangible de la Humanidad’, Bogotá la Feria del Libro: me tendrán que disculpar los amantes de las letras y los enemigos de lo profano, pero punto para Barranquilla.

En cuanto a centros comerciales Barranquilla tiene el Buenavista, el Villacountry y el Portal del Prado; Bogotá el Unicentro, el Andino y el Atlantis, entre otros: punto para Bogotá.

En Bogotá no hay donde parquear y la hora de parqueo cuesta entre $4000 y $6000, en Barranquilla todo el mundo parquea gratis donde sea [=D]: punto para Barranquilla.

♦Bogotá tiene el sistema de transporte masivo Transmilenio, Barranquilla tiene… ¿TransMetro?: punto para Bogotá.

Barranquilla tiene al Júnior, Bogotá a Santa fe, Millonarios y La Equidad… Hummm… Me hace dudar La Equidad: mejor aquí sacrifico el punto por mi auto entendida incapacidad de garantizar imparcialidad frente a mis pasiones más profundas.

Barranquilla dio a luz a Macnelly Torres, Bogotá a Fabián Vargas: punto para Barranquilla.

Barranquilla dio a luz a Shakira, Bogotá a… (ni sé): fuera quien fuera, punto para Barranquilla.

Bogotá tiene un sistema de canalización de aguas, Barranquilla arroyos de caudales inhóspitos que arrastran cualquier cosa: punto para Bogotá.

¿Barranquilla ó Bogotá? Juzguen ustedes.

JPDR (Bogotá, 2009)
♦En 2009 el Transmetro estaba apenas arrancando, sin embargo el Transmilenio aún hoy (nov 2012) le saca en cobertura proporcional una ventaja considerable.
@juanpdiazr

Thursday, November 8, 2012

UN DÍA EN BUFFALO

Llego procedente de Syracuse en la mañana temprano. Arrastro mi equipaje unas cuantas cuadras hasta el consulado canadiense, según me indica un empleado de la terminal de transportes. Me encuentro en la fila con orientales y latinos. Cuando llega mi turno me dice una mujer rubia, con el entrecejo fruncido, que me hace falta el I-94, retiro mis papeles y averiguo dónde encontrar una oficina de inmigración de los Estados Unidos. Encuentro que hay una a 12 cuadras del lugar. Mi equipaje lo dejo al cuidado de un africano que acabo de conocer.

Corro desafiando un poco la estabilidad de mi pierna derecha, que ya parece estar apta para la tarea. Llego a la oficina. Me detienen porque traigo una navaja suiza. Me regreso y la dejo al cuidado de un albañil que acabo de conocer en una construcción vecina. Entro y logro hablar con uno de los agentes. Le explico mi situación y le convenzo de que me estampe un sello oficial y de que me entregue una notificación de mi legalidad como inmigrante. Regreso a gran velocidad al consulado. Presento los papeles. La mujer del ceño fruncido no parece satisfecha, me pregunta dónde está el original ─En New York─ Le respondo.

Noto que a muchos les niegan las visas, tal cual como ocurrió hace nueve años en Seattle, cuando fui el único del grupo que la obtuvo, y entonces pude llegar hasta Vancouver. Decido retirar mis papeles y declinar a mi petición de visa. Entiendo entonces que mi única opción es convencerlos de que existe algo que me impide quedarme en su país vencido el permiso, entonces empiezo a fabricar una historia. Mi padre, desde Colombia convertido de forma insospechada en mi gran aliado, me ayuda en la misión enviándome logotipos para fabricar una carta de salvación.

Aún no aparece mi I-94, y la cosa se me complica, ya tendré que esperar hasta mañana, pero así sea atravesando el Niágara en bicicleta llegaré a Canadá. No conozco a nadie en esta ciudad, no traigo dinero para hospedarme ni en el más derruido de los hostales. Empiezo a hacer llamadas, los minutos en mi celular son mi único activo.

Me entero de que varias personas conocidas se han venido a estudiar a la Universidad de Buffalo a través de un reciente convenio. Se aclara un poco el panorama. Consigo un número de teléfono. Mi interlocutor sabe quién soy. Resumo en 60 segundos mi historia.

Me acerco en el 'Buffalo Rail' a la estación 'Séneca', nombre del autor de aquella frase que reza que “la modestia es la madre de la hipocresía”. Llego a la estación “University”. Camino unas cuantas cuadras hasta un edificio de universitarios. Espero un rato. Aparece mi nuevo amigo.

Esta vez me vuelvo a salvar.

JPDR (Buffalo, julio de 2008)