Monday, December 21, 2015

MIS FOTOS INVISIBLES

Aquella noche se convirtió en fiesta el mismo espacio donde horas antes había trabajado como auxiliar de cocina preparando las canastillas de pan tostado con mantequilla que ponían en las mesas. Estaba en algún rincón de la Gran Manzana, no tenía tarifa por hora y dependía de la misericordia de quien dividiera el botín de las propinas que entraban en efectivo. En realidad todo empezó mucho antes, desde el día en el que alguien en un corredor de la Universidad me preguntó si tenía cuenta de Facebook. No tenía idea de qué se trataba, pero ese mismo día de 2007 lo averigüé e ingresé en ese mundo social virtual que de a poco me fue dejando sin amigos de carne y hueso. Tiendo a creer que igual se habrían ido. Mi espíritu nómada me había ya arrastrado largo.

El tiempo siguió transcurriendo desde aquellos días, y luego de habitar en 5 metrópolis terminé por habitar en cualquier parte. O por no habitar en ningún lado. Para el caso es lo mismo. Empecé a andar cada vez más ligero de equipaje. Mi baño cabe en un estuche. Una barra de jabón, champú, afeitadora desechable, cepillo de dientes, crema dental, seda y peinilla. Mi clóset cabe en un morral. Un par de pantalones, unas cuantas camisas, un solo par de zapatos negros y una sola correa negra a la que a propósito he tenido que rodarle la púa de la hebilla un agujero. Aun no entiendo cómo las personas invaden sus pequeños espacios de decenas de artículos inútiles.

Tengo barba desde que me acuerdo, y a veces tengo la curiosa pesadilla de que me miro al espejo y ya no la tengo. Cada vez que me miro despacio creo descubrir una nueva línea de expresión que me señala que el tiempo ha venido transcurriendo. A veces miro mis fotos pretendiendo que si algún día súbitamente me falla la memoria mi auto imagen venga capturada del pasado. Ahora me horroriza tomarme fotos, prefiero dejar otra clase de rastros que me permitan eventualmente regresar por el mismo camino en ese escenario hipotético en el que haya perdido la memoria. Son como fotos invisibles, que sólo yo, aún sin memoria, podría ver.

Duré muchos meses sin escribir. Ahora que lo hago de nuevo sé que debo así mismo reiniciar algunos ciclos. Quiero un nuevo lugar, pequeño, no sé dónde, en el quepamos yo y las pocas cosas que aún me poseen. Mientras tanto seguiré viviendo, agradeciéndole a mi suerte por cada experiencia vivida, por cada persona con quien tuve la oportunidad de compartir minutos, horas, días, semanas, meses, o años, así las haya dejado ir, o hayan querido irse, porque en algún momento fueron mi presente, y desde allí le dieron valor a mi historia, que durará mientras dure.

Juan Díaz
Atlanta, 2015

Sunday, February 9, 2014

PERSPECTIVA DEL AMOR DE QUIEN EN ÉL FRACASÓ

Escribí alguna que otra vez sobre el amor, pero siempre lo archivé en la carpeta de "inéditos por siempre". Algunos me dicen que aún soy joven, otros que soy viejo. Cada uno tiene su dimensión del tiempo, sus ideas y sus sentires. Yo sé que al menos tres escaladas y un poco más le han dejado algunas líneas a mi historia. En apariencia acumulo demasiados fracasos: nunca fui estudiante destacado, en los negocios cometí errores garrafales que me llevaron a la ruina, varios de mis mejores amigos se fueron desprendiendo de mi historia, y nunca pude, hasta hoy, triunfar gloriosamente en algún intento de relación amorosa.

Sin embargo, y ahora que vivo en un lugar de tenue invierno, aunque en ocasiones muy frío, con el cielo a veces gris, en escandalosa soledad, puedo encontrar la inspiración para atreverme a hablar de lo que hasta hoy aprendí de amor. Me dirán que siendo quien nunca lo encontró no tengo argumentos para hablar del tema. Se equivocan. Hubo una vez, sólo una, en la que estoy seguro de haberlo encontrado, y gracias a esa sola vez aprendí casi todo lo que creo saber. El único problema es que esta mujer que siempre me amó, y a la que siempre amé, me saca una temible ventaja de medio siglo en edad y en experiencia, que hoy me hace temer que cualquier día me abandone para siempre.

Aprendí algunas cosas que quizá a alguien le puedan servir de algo. Quizá alguien que tuvo un par de éxitos, inclusive. Esto que comparto deberá pasar por el juicio crítico de cada quien, y por medio de él alcanzar un punto cercano a la verdad individual. Las enumero sin orden de cronología o importancia. Cabe resaltar que el "es" no necesariamente corresponde con el "debería ser":

1. El amor es embustero: creo que en el amor de verdad existen mentiras. Me resulta triste, pero la vida me enseñó que son un rasgo del amor. Y me parece triste porque me creo un raro engendro que dice pocas mentiras, y quizá por ello me hace tanto daño descubrirlas. Cuento con una malsana capacidad de hacerlo. Algunas se caen por su propio peso. Supe que las mentiras hacían parte del amor cada vez que cuando con "ella" compartí comida me decía que estaba llena, yo bien sabía que la aguja de su tanque sólo marcaba la mitad. Creo que la mentira destruye, sobre todo cuando su visita es recurrente, y la media de su calibre amplia. Ocultar eventos o situaciones, sobre todo cuando el entendido se opone a su realidad, es exactamente igual a mentir, e igualmente nocivo.

2. El amor es miedoso: el amor le tiene pavor a la pérdida del otro. Cualquier otro miedo no es de amor auténtico. El miedo que siempre debe existir es el de perder al otro. Ese miedo le da vigor al amor, lo hace esforzarse, lo hace renunciar, lo hace hacer. Quien no tema perder al otro y sus acciones conduzcan el cauce en esa dirección no ama de verdad. O no tiene idea de amar.

3. El amor es impaciente: cada vez que me despedí de "ella" me puso sus manos, suaves y arrugadas, sobre mis hombros y me dijo: "no te demores en volver". Cada vez que desde la distancia la escuché no faltó nunca la pregunta: "¿cuándo vas a venir?". Ni siquiera cuando ya sabía que no sería en un tiempo cercano se abstuvo de preguntar de nuevo. El amor paciente no existe. El amor capaz de posponer una y mil veces no es auténtico. El amor de verdad mantiene siempre al ser amado en un muy alto orden de prioridad. El amor auténtico es ansioso, a veces torpe, anhela, desea, espera. Quien no valora el amor que recibe, así, ansioso y torpe, no es recíproco. Quien al ser esperado no acelera el paso no ama con la misma intensidad. O, de nuevo, no tiene idea de amar.

4. El amor es potencialmente destructivo: dejarse sentir amor es exponerse a los más duros golpes. Es arriesgarse a perder muchas cosas. La paz interior, por ejemplo. Amar es estar en una cuerda floja bajo el riesgo inminente de caer y recibir un golpe casi mortal. Pero no mortal. Por lo anterior vale la pena sentir amor, porque de cualquier manera no vamos a morir, y si se vive la vida con prevenciones, si alguien nos hizo daño y nos blindamos para no sufrir de nuevo, entonces perderemos la oportunidad de vivir la experiencia, que por mala que pueda resultar, nos hará sentir vivos.

Lo que les dejo de mi experiencia, y para las suyas, se resume en comprender que en el amor existe la mentira, es decir, mentir es una conducta típica y no implica no amar, mas sí resulta reprobable y potencialmente destructora. La infidelidad tampoco implica no amar, como suele pensarse, pero sí implica una violación al pacto sagrado de guardarse para el otro (a menos que dicho pacto no exista entre una pareja), y por lo mismo es una conducta, como la mentira, potencialmente destructora.

Se resume también en comprender que si no existe el miedo de perder al otro, no existe tampoco la necesidad de satisfacer sus necesidades, y en definitiva no hay amor.

Comprender que el amor espera, pero con ansias, con impaciencia, quien no lo sienta así no ama, quien no se esfuerce por recortar la espera es cruel, no es recíproco, no siente amor.

La última lección que me enseñó el amor, y que comparto, es que hay que permitirse sentirlo, no importa cuántos golpes éste antes haya propinado, no importa cuántas decepciones, cuántos malos ratos. Alguien, alguna vez, quizá lo pueda entregar de vuelta en similar medida, y si no, no importa, al menos sabrás que estás vivo, y seguirás vivo.


Juan Pablo Díaz (Atlanta, GA, enero 20 de 2014)
@juanpdiazr

Thursday, June 20, 2013

EL ORGULLO COLOMBIANO

Nací en Colombia, país donde el orgullo patrio es parte del paradigma del deber ser, aunque sean muy pocos los colombianos que auténticamente defiendan con sus actos la premisa de que su amor por este país es incondicional. Un colombiano promedio defenderá ferozmente a su país de aquél, nacional o extranjero, que le ose lanzar alguna diatriba o dudosa indirecta. Un colombiano promedio tendrá siempre bajo la manga un par de frases punzantes para aquel extranjero que le juegue una broma con el tema del tráfico de drogas, o para aquel compatriota que se atreva a dudar de que es éste el país más feliz del mundo.

El colombiano promedio es de una profunda devoción religiosa. El atractivo de ir a muchos pueblos, o incluso a algunas ciudades, como Popayán, es ir a ver iglesias. El colombiano señala y condena con vehemencia a cualquiera que atente de alguna forma contra algún precepto religioso, lo percibe como un ser equivocado, y le ofrece una compasión hipócrita, con una exhalación sostenida y el ceño bien fruncido. El colombiano sabe cómo hacer del popular “que Dios te bendiga” una ofensa.

El colombiano que dice estar orgullosísimo de serlo es el mismo que arroja basuras a las calles, el que evade impuestos, el que se cuela en las filas, el que irrespeta las señales de tránsito, el que arroja su vehículo a los peatones, el que hace trampas, el que está más preocupado por lo que suceda debajo de la mesa que por encima de ella. La parte más fuerte de comprender y de aceptar, al menos para mí, es saber que el colombiano promedio se excita con la sangre de algún ‘enemigo’ de la patria. Ejemplo: cuando en alguna acción de la policía cae algún pillo y, vivo o muerto, empieza a correr su sangre sobre el pavimento, la horda enardecida en cualquier estrato disfrutará el acto con éxtasis. Se escucharán frases como “¡que viva Colombia!”. Somos una raza de naturaleza agresiva, violenta, en Colombia cualquier diferencia correrá el riesgo de dirimirse con insultos, patadas o hasta balas. No sé qué tanta distancia exista entre el guerrillero que siembra una mina anti-persona y el ciudadano que al ver caído a un ladrón se le acerca y le propina un punta pie. Ambos son igual de cobardes y salvajes.

Este país es un verdadero desastre, y no temo mencionarlo a pesar de que sé que este ensayo le costará lectores a mi blog. Me declararán apátrida o me adjudicarán algún otro epíteto. La verdad es que en lugar de orgullo siento algo de vergüenza por mi país. Por ejemplo, cuando advierto que en un vuelo nacional viajan ciudadanos extranjeros el momento del aterrizaje y carreteo lo vivo con angustia, me llevo las manos al rostro y veo de reojo al foráneo incauto, esperando a que, con el avión incluso sin detenerse algunas veces y con las señales de ‘cinturón abrochado’ encendidas, todos se levanten de sus puestos a retirar sus equipajes de los compartimientos superiores, con total desparpajo y desvergüenza, atropellándose unos a otros, tratando de ganarle espacio al de al lado. Al final se quedan de pie cinco minutos esperando a que abran las puertas. A quien no haya logrado salir de su asiento al pasillo le costará trabajo encontrar a quien le permita el paso. En alguna oportunidad tuve en el asiento de al lado a un europeo, a quien me sentí en la obligación de ofrecerle disculpas por el inocultable comportamiento primitivo de la gente.

El ejemplo anterior se queda corto para ilustrar la falta de maneras e incapacidad de interpretar los códigos universales de conducta en sociedad de la gente en Colombia. Siguiendo con los ejemplos, un colombiano promedio no sólo se quedará paralizado en una banda transportadora esperando a que ésta lo conduzca hasta el final de la misma, sino que se enojará con quien pretenda adelantársele. De aquí saltamos a un rasgo muy marcado del carácter del colombiano, la doble moral, o el moralismo inmoral, como yo lo llamo. Ese moralismo inmoral del que hablo encierra dentro de sí y nuestra cultura una conducta generalizada: la hipocresía.

La hipocresía en Colombia es una obligación, una forma de supervivencia, aquí no se le puede decir nada a nadie que sugiera una revisión de su conducta sin esperar una mala reacción, podría decirse que en Colombia un axioma es “si lo que me vas a decir no me va a sonar bonito mejor no me lo digas”. Ese rasgo de nuestra cultura nos impide utilizar las ópticas exteriores de los unos y los otros para auto revisarnos y eventualmente progresar como personas. El colombiano raramente aceptará con criterio una crítica y su tendencia será a rechazarla. Ejemplo: alguien me decía enojado que no soportaba que le hicieran correcciones a los errores gramaticales de sus redacciones. Le dije “puedes enojarte o aprovechar la corrección para aprender de ella y no seguir cometiendo el mismo error”.

Haga en Colombia dos o tres de los siguientes ejercicios: 1. Invite a un ciudadano que vea arrojar un papel a la calle a recogerlo y buscar una caneca; 2. Sugiérale a su amigo que no utilice su dedo pulgar para empujar el arroz al tenedor; 3. Pídale al chofer del bus que no se detenga a recoger al pasajero en zona prohibida; 4. Solicítele amablemente a un conductor que se detuvo sobre la cebra que retroceda su vehículo; 5. Dígale a su compañero de trabajo que cuando hable no le ponga una ‘s’ al final a los verbos en el pretérito indefinido de la segunda persona; 6. Recomiéndele a su amigo que lave sus manos antes de salir del baño y después de miccionar; 7. Hágale saber a una amiga que su china o su pelo pintado con mechones amarillos no le luce; 8. Cuéntele a su compañero uribista que ud. votó por Petro a la Alcaldía de Bogotá o que está de acuerdo con el Proceso de Paz de Santos; 9. Reclámele a quien al estacionarse esté tomando dos sitios de parqueo; 10. Explíquele al que le “cuidó el carro” que usted no le solicitó dicho servicio y que por ende no le debe nada.

El orgullo colombiano o el amor patrio es una falacia, una charada, una mentira que nos inculcaron desde niños y que nos dijeron tantas veces y de tantas formas que terminamos por creerla. El colombiano promedio es indolente, indiferente a la injusticia, la presencia y la deja pasar por alto, en absoluta complicidad con ella. En realidad sólo aman este país los que hacen algo por dejar mejor las cosas de lo que las encontraron, los que guardan el sentido de la justicia, los que aceptan las diferencias como parte del proceso y ven en ellas una oportunidad de aprendizaje. Se es mejor colombiano cediendo el puesto en el bus a una persona mayor que rezando el rosario todos los días.

No sé si viviré en Colombia mucho tiempo más, o si pronto aburrido me iré a cualquier parte. Lo único de lo que estoy seguro es que mientras viva aquí no aceptaré las imposiciones sociales mal orientadas. Actuaré bajo mi criterio legítimo. Y si algún día me voy a buscar un nuevo horizonte en otro lugar del mundo, mi mejor forma de defender a la patria que me vio nacer será simplemente hacer cada cosa con pasión.


Juan Pablo Díaz R.
Bogotá, junio de 2013.
@juanpdiazr

Thursday, May 9, 2013

ELLAS Y SUS HISTORIAS

Ella, de ojos miel, de sonrisa perfecta. Ella, de impecable ortografía, de pulidas maneras. Lo encontró a él, en exploración tardía. Él, diferente, serio, parco. Siempre presente la falsa creencia de que palabras y adagios populares encierran el secreto de la felicidad. O al menos la verdad. Se casaron. Escenario repetido, pero siempre auténtico, cuando es otra la pareja y cuando, sin hurgar en el destino próximo, parecen felices los dos. Algunas veces la suegra vive la boda con el semblante que debería guardarse para un velorio. Pero no fue el caso. Ésta historia, de mi parte, y al menos por ahora, permanece exenta de pronóstico.

Ella, rebelde e impulsiva. Encontró uno tan inestable como ella, tan inseguro de sus propios quereres como ella. Era la crónica de una muerte anunciada. Pero los emotivos poco caso le hacen a la razón y se lanzan al vacío sin precaución alguna. Alguna vez lo compartió, y aquella particular situación pareció crearle la obsesión de ser la única. Sus impulsos y locura pos adolescencia la condujeron por caminos por los que era fácil terminar arrepentida, pero le valieron para encontrarlo de nuevo. La irracionalidad de ella era sólo superada por la irracionalidad de él. Se casaron en una pequeña pero bonita ceremonia. La unión no fue prolija y el final no fue afable. Tomaron caminos separados. Apuesto a que continúan insatisfechos con sus nuevas vidas.

Ella, de curvas perfectas, osada, intelectual. Encontró a un hombre mayor de su misma profesión. Creyó haber encontrado lo que necesitaba, serenidad, estabilidad, lo que antes le resultó esquivo. No fue tan así, pero tampoco fue tan malo. Se demostró algunas cosas así misma, y también lo ayudó a ser mejor de lo que era. Construyeron cosas juntos. Le costó manejar el deseo de entregarse a un hombre más joven, de mejor aroma, de mejor textura, y sucumbió. Ellos siguieron, quizá porque la infidelidad sólo destruye la relación en la que el otro la descubre. El hombre joven desapareció. Quizá ella sucumbió alguna vez más. Quizá él también.

Ella, soñadora y persistente. Nunca encontró lo que quería, quizá porque siempre avanzó a pesar de haber fallado el primer paso. La valoraron poco, pero fue su culpa. Perseverante y emocional, dedicada e inestable. Astuta y torpe a la vez. Luego de muchos desencuentros, de varios desamores, encontró uno que aceptó aceptarla. Ello le bastó, pero él estaba muy lejos de lo que ella soñó para sí misma. Un tercero motivó la unión nupcial. El deber ser aprendido dibujó un camino que ella no trazó utilizando su conciencia crítica. Espero equivocarme al suponer que vivirá frustrada por mucho tiempo, luchando contra la gansada de creer importante demostrarle a los demás que estaban equivocados.

Ella, sutil y encantadora, básica, pero sublime. Fue de ésas que encontró un amor adolescente de ésos que perduran. Pero que también un día se acaban, como todo. Después de tantas historias, de tanto tiempo transcurrido, la mente se engaña al suponer que un paso más, aún por fuera de los límites de la sensatez, se hace necesario para darle sentido a lo vivido. Qué grave error creerlo así. Él, indeciso y abnegado. Estaban hechos para lanzarse juntos al abismo. Y así fue. Casamiento, Iglesia, familia, amigos. Terminó más temprano que tarde. Ellos encontraron nuevos compañeros antes de la definitiva sentencia de muerte, y aún así se preguntaban si después de tantas líneas escritas donde aparecían los dos, lo correcto para el uno continuaba siendo el otro.

Juan Pablo Díaz R.
Bogotá, mayo de 2013
Twitter: @juanpdiazr

Thursday, February 14, 2013

ALGUNA VEZ FUI… (Segunda Parte)

Alguna vez fui conductor de bus intermunicipal. El hecho ocurrió en Venezuela en la vía que de San Cristóbal conduce a Barquisimeto. Yo estaba en Venezuela en épocas en las que los colombianos debíamos pedir visa para entrar por tierra al vecino país. Había hecho ingentes esfuerzos por conseguir mi visa en la ciudad fronteriza de Cúcuta, pero resultaron infructuosos. Decidí entrar a Venezuela de todas formas. Sólo un conductor de bus intermunicipal aceptó sacarme de San Cristóbal, pero no hacia Caracas, que era mi destino, sino hacia Barquisimeto. Su condición fue que condujera durante un tramo en el que una alcabala nos detendría y registraría a todos los pasajeros, pero ignorarían al chofer del bus. Así fue. No me pidieron licencia ni nada. Ni siquiera me saludaron. Buscaban colombianos sin visa y no sospecharían del chofer. Ya había hecho mis prácticas de chofer de bus en un parqueadero de Urba-Playa en el que con frecuencia sacaba y metía buses que obstruían la salida de mi VolksWagen, pero esta vez en las rápidas vías venezolanas y con adrenalina de por medio fue más emocionante.

Alguna vez fui jugador de la Selección Colombia de mayores. Ocurrió en un partido amistoso en el Metropolitano a puerta cerrada previo a la Copa América del 2001. Yo había sido contratado para arreglar las porterías y ponerles mallas con tejido de panal. Mi trabajo era muy importante porque sería el centro de atención de las cámaras en una transmisión televisiva que llegaría en directo a más de 80 países. Me puse los cortos, me colé a la zona de trabajos de campo, y bajo las órdenes de Francisco Maturana hice parte de unos ejercicios previos al duelo amistoso. Hice fila para cobrarle tiro penal a Óscar Córdoba. Hice estiramiento de gemelos con Roberto Carlos Cortés. Fueron mis únicos minutos haciendo algo de lo que más me gusta con los que mejor lo sabían hacer. Nunca tuve la oportunidad de participar de los múltiples trabajos de campo en los entrenamientos de Junior a los que asistí. Aquella fue mi fugaz revancha. Aquellos muchachos resultarían campeones de la Copa América con el récord de no recibir un solo gol en contra.

Alguna vez fui ponente involuntario frente al Alcalde de Barranquilla. Fue en el coliseo del Colegio Eucarístico de Barranquilla. Mi profesor de filosofía tenía la responsabilidad de enviar unos estudiantes en representación del colegio para presentar una propuesta de impacto social, él lo había olvidado por completo, nunca seleccionó a nadie para que la desarrollara, y decidió a última hora confiar en mí para que fuera el encargado de diseñar una improvisación y presentarla con micrófono en mano frente al Alcalde y 800 personas más dos horas después de haber sido notificado. Recuerdo que fue un 8 de noviembre. El profesor me dio oportunidad de llevarme a dos compañeros que me pudieran respaldar. Yo no me llevé a quienes me pudieran respaldar, me llevé a los dos compañeros que más quería, a mis mejores amigos, simplemente para que vivieran conmigo aquel descabellado episodio. Al final no me salió tan mal, aunque no conservo en mi memoria cuál fue mi propuesta.

Alguna vez fui predicador. No fue un evento efímero. Ocurrió durante mi adolescencia cuando creí encontrar en los relatos bíblicos parte del sentido del ser. Fue una experiencia simultánea con mi aprendizaje de la filosofía, ciencia cuyo estudio me resultaba fascinante. Desde Grecia, pasando por la escolástica, el renacentismo y llegando hasta la filosofía contemporánea la historia me mostró muchas teorías sustentadas con explicaciones etéreas o argumentaciones teológicas. Me interesé entonces paralelamente por el tema de la religión, hice parte de un grupo pastoral, participé de múltiples reuniones de predicación y hasta gané un concurso mariano con premio incluido. Fue una etapa que me ayudó a descubrirme y a discernir sobre los preceptos establecidos por la moral cristiana. Hoy en día rechazo muchas de las cosas relacionadas con las religiones y las iglesias, no creo en los sacramentos, y soy un acérrimo enemigo de muchas de las normativas impuestas por el moralismo cristiano.

Alguna vez fui profesor universitario. Había sido tutor en idiomas, monitor en varias asignaturas de ingeniería y docente asistente en una especialización, luego tenía alguna experiencia en el ámbito académico desde el lado de la pizarra. La ocasión se dio porque la herramienta computacional sobre la cual se basaba una asignatura de la que era monitor incluyó un nuevo módulo en su nueva versión y el profesor del curso no alcanzó a familiarizarse con dicho módulo cuando correspondió dictarlo. Yo había aprendido por mi cuenta a manejar el nuevo módulo con suficiencia. El profesor confió en mí para que fuera yo quien lo dictara en lugar de él. Fue un voto de confianza por el que nunca dejaré de agradecer a aquel profesor porque fue algo que anhelé poder hacer y se me dio. No pierdo la esperanza de algún día como catedrático poder dictar un curso de educación superior.

Alguna vez fui albañil. Vivía en Minnetonka, suburbio de Minneapolis. La casa en que vivía se incendió. La clase media en los EEUU suele hacer todo aquello para lo que sea físicamente capaz y disponga de manuales en Google o YouTube. No es común llamar al plomero o al pintor a menos que el trabajo requiera realmente de una mano de obra calificada. La familia Hiltsley, con la que vivía, decidió reconstruir la casa sin ayuda de nadie, pese a que la propiedad tenía un seguro que cubría los daños del incendio. Fueron varias semanas de ardua labor. Mi trabajo consistía en derrumbar paredes y remover escombros. Lo hacía por tres horas diarias de lunes a viernes al llegar de la escuela, y a doble jornada sábados y domingos. Tuve graves problemas de espalda por casi 4 años, al parecer derivados de aquellas semanas de carga excesiva sobre los músculos dorsales. Desde entonces valoro mucho los trabajos que exigen esfuerzo físico y hago lo posible por pagar bien a los obreros que he tenido a cargo.

Juan Pablo Díaz
Barranquilla, 2013
@juanpdiazr

Wednesday, January 30, 2013

ALGUNA VEZ FUI…

Alguna vez fui invitado a un programa de entrevistas. Ocurrió en la ciudad de Minneapolis. Algún grupo periodístico investigador conoció mi historia de estudiante extranjero y creyó que valía la pena contarla en televisión. La emisión fue en horario de máxima audiencia. El programa se llamaba Dimensional y el formato era parecido a “Yo José Gabriel”. Fue una experiencia bastante curiosa haber sido invitado a aquel programa porque por alguna extraña razón para los americanos el hecho de aparecer en televisión por sí mismo resulta una proeza. Por algunos días la gente me reconoció en la calle y recibí solicitudes de fotos y hasta autógrafos. No me imagino cómo hace en ese país un actor famoso para caminar por cualquier calle. Lo mejor que resultó de aquella entrevista fue que gracias a que conté que me gustaba pescar, uno de los camarógrafos me invitó el fin de semana siguiente a hacer ‘ice-fishing’ en un lago congelado perforando la gruesa capa de hielo con un taladro gigante y desde de una especie de casita con calefacción, que llegaba halada por un tráiler, y que tenía compuertas en el suelo para enviar los anzuelos por los agujeros que atravesaban más de un metro de hielo. Jamás habría imaginado que existía esa forma de pescar durante el invierno.

Alguna vez fui periodista deportivo. Lo hice para el canal local Telebarranquilla. Hacía notas, en su mayoría futboleras, pero también relacionadas a otros deportes, como el boxeo. El programa central se emitía en directo, y se interrumpía para pasar videos y, en algunos espacios, mis notas deportivas, las cuales hacía en pareja con uno de mis grandes amigos, quien algunos años después estaría en los mundiales de Alemania y Sudáfrica haciendo cubrimientos periodísticos. Tenía mi propio club de fans, quienes me enviaban regalos al canal. Mis fans más destacadas eran Yumerleidys y Usnavi. Cuando abandoné mi rol de reportero mis fans empezaron a llamar al canal preguntando al aire qué había pasado conmigo. Entonces el canal empezó a re emitir viejos videos para complacerlas. En mi experiencia como periodista deportivo pude conocer personalmente a jugadores y técnicos del rentado nacional. Además mi carnet de periodista me permitió durante un par de años entrar por el acceso a prensa al estadio Metropolitano. Tres años más tarde presentaría un programa futbolero llamado "La Redonda" que era transmitido a través del canal interno de la Universidad del Norte.

Alguna vez fui estudiante de medicina. Ocurrió tras haber culminado mi ciclo como estudiante de ingeniería. El interés por esta ciencia no era casual, tres de mis familiares la escogieron por profesión, así que podríamos inferir que me venía en la vena. Aparte de haber aprendido que una vida entera dedicada a comprender la célula sería insuficiente para lograrlo, aprendí algunas otras cosas más practicas, como a auto inyectarme intramuscular y a auto sacarme la sangre, lo cual no era tan simple. La primera vez que me intenté sacar la sangre no aflojé el elástico antes de retirar la aguja y dejé un charco de sangre en el laboratorio. Por suerte traía bata y mi uniforme se salvó de quedar manchado de mi propia sangre. Fue un año fascinante dedicado desde las aulas a algo completamente nuevo y diferente, ejercitando de una nueva forma mi cerebro, encantado con todo lo que aprendía en cada clase. Sucumbí por los horarios, el escaso tiempo libre para poder trabajar y el alto costo de la matrícula. No me arrepiento ni un segundo de haberme permitido esta experiencia.

Alguna vez fui operario en una fábrica de reciclaje de polietileno. Tuvo lugar a unos 80km al oriente de la ciudad canadiense de Montreal. Lo hacía en turnos de 11 de la noche a 7 de la mañana. Era una jornada matadora y muy mal paga. Sólo teníamos un receso de 30 minutos desde las 3:30am hasta las 4:00am. La comunicación era únicamente en francés, idioma que me resultaba muy complicado de manejar. La única palabra que me decían en inglés era “tomorrow”. Tenía que destrozar láminas de polietileno con una sierra que me recordaba el paramilitarismo en Colombia. Debía dejarlas en trozos pequeños y depositarlas en una trituradora. Luego el triturado se fundía al igual que se hacía con los pellets de material original. También había que remover piezas hirvientes recién salidas de los moldes y manipularlas hasta almacenaje sin estropearlas. Los de mejor pulso removían rebabas de piezas frías, pero ésos eran de un mayor escalafón, al que por suerte no alcancé a llegar.

Alguna vez fui mesero. Fue en un restaurante llamado Las Tablas sobre la avenida Irving Park de Chicago. Curiosamente había ya visto al dueño del restaurante en un reportaje que le hicieron en RCN en el que lo señalaban de ser el clon de Charly García. Yo me sorprendía de ver a mi compañero transportar con gran agilidad 3 platos de sopa rebosantes sin que se derramara una gota. Yo sólo lograba transportar un plato y siempre derramaba algo de la sopa. Me contrataron inicialmente como ‘buzz boy’, pero tuve un súbito ascenso a mesero debido a que fui el reemplazo obligado de mi compañero, quien rebanó uno de sus dedos mientras cortaba limones, y él, siendo un inmigrante despapelado y sin seguro médico tuvo que someterse a una cirugía improvisada que yo le practiqué anestesiándolo con xilocaína inyectada localmente y suturándolo con los elementos que contenía un botiquín que trajeron de alguna farmacia cercana. Creo que ésta fue una de las actividades en las que peor me fue ─la de mesero, la cirugía me quedó genial─, ya que el equilibrio, esencial en el arte de manejar platos en ambas manos y uno de los antebrazos, nunca ha sido una de mis aptitudes.

Alguna vez fui actor de telenovela. Al menos ello se suponía, ya que hice parte de un equipo de fútbol de actores colombianos en un partido de exhibición en la ciudad de Villavicencio. No fue fácil integrarme al grupo, ya que varios de los actores ─a quienes jamás había visto porque no veo telenovelas─ se mostraban altivos. Quizá el hecho de saberse o suponerse reconocido inflama un poco el ego. Puede que sea normal en ese mundo, pero para mí un actor es simplemente una persona que se gana la vida apareciendo en telenovelas, así como yo me la gano de una forma más anónima. Mi oportunidad llegó cuando un actor llamado Álex Gil rompió sus ligamentos en un mal movimiento. La banda izquierda en una defensa de cuatro quedó deshabitada y yo al menos tenía el perfil para jugar por allí. No lo hice tan mal. Al final del partido, que ganamos 2-0, y en el que hubo tres lesionados graves, frente a la pregunta que me hacían los niños de en qué novela salía mi respuesta era que yo había interpretado al sobrino de Epifanio Del Cristo en San Tropel. Estaba seguro de que ninguno de esos niños había nacido para el tiempo en el que transmitieron aquella telenovela protagonizada por Carlos Muñoz. Además no tenía ningún sobrino. Se tomaron muchas fotos conmigo creyendo que se retrataban con algún famoso.

Juan Pablo Díaz
Barranquilla, 2013
Twitter: @juanpdiazr

Tuesday, December 18, 2012

EL ÚLTIMO TIRO PENAL

Habían pasado tres años desde aquella tarde en la que el ‘profe’ Luna me mandó a la cancha en un partido en el que jugaban los mayores. Fue un evento fortuito. Yo pasaba horas merodeando por la cancha de abajo y cuando todos los de mi categoría se habían ido ahí quedaba yo. Hubo un lesionado y no había cambios. Entré sin dudarlo. En una me vino el centro de derecha y entraba yo libre de marca, pero no me atreví a saltar y conectar. El cabezazo no era una de mis virtudes, pero en realidad había tenido miedo. Sin embargo, en la misma jugada, el fútbol conspiró para que en un rechazo defectuoso el balón volviera al costado derecho y cayera sobre el mismo centrador, quien mandó de nuevo el centro. Habían pasado tan solo segundos y tuve de nuevo la misma idéntica oportunidad que había dejado pasar. Me levanté de un salto y conecté. El balón infló la red, y yo que corrí ferozmente a la raya para abrazar a Luna. Ganaron el partido con el gol de un refuerzo improvisado que mandó el azar desde una categoría menor.

Sería el primer torneo interno del que participaría desde que me formaba en la escuela del club. Cuando repartieron las camisetas en lugar de entregarme la ‘7’, la que siempre usé, me dieron la ‘3’. Jugaba de ‘11’, pero siempre me calcé la ‘7’. Pregunté si se trataba de un error. ─ No, no es un error, en este equipo jugarás como marcador izquierdo ─ Me dijo el entrenador. Fue como si una daga me atravesara de lado a lado. Qué iba a hacer con las incontables horas que pasé yo solo practicando los remates al arco, soñando con ser el goleador de mi equipo, con desquitarme de tantas cosas utilizando el fútbol, jugando de ‘11’ en aquel mágico torneo que coincidía con el Mundial de Italia.

En el colegio había jugado de defensor central por una curiosa situación. El entrenador que nos asignaron, de apellido Prieto y estudiante de 11 grado, había decidido que las posiciones serían en orden alfabético, así, el primero en la lista sería el arquero, más o menos hasta la F seríamos defensas, hasta la M serían volantes, y los últimos de la lista serían los atacantes. Mi buen amigo Zuluaga, por supuesto, resultó de atacante, y yo de defensa, aunque jugaba con la ‘7’. Salvo por aquella insólita situación del fútbol, exceptuando aquel arrebato caprichoso de ese tal Prieto, nunca había jugado en una posición distinta a la de delantero.

Llegaba el momento esperado y me tocaría saltar a la cancha con la número ‘3’ a desempeñar una misión desconocida, marcar la franja izquierda en una línea de 3. Pero el Dios del fútbol se hizo presente en mi vida de la forma más evidente posible. Sobre el último par de días previos al inicio del campeonato tuve un sorpresivo cambio de entrenador. El nuevo entrenador decidió que, aún con la casaca número ‘3’, jugaría de ‘11’.

Parecíamos ser el equipo más débil, pero con el correr de los partidos fuimos demostrando que éramos un equipo sólido. Nos parábamos bien atrás, y Abelardo y yo, la dupla atacante, estábamos finos a la hora de marcar. El torneo era por puntos, y antes de jugar la última fecha ya éramos inalcanzables. Éramos campeones sin haber jugado el último juego. Pero aquel partido era muy importante para Abelardo y para mí. Habíamos sido un dúo excepcional, pero cualquiera de los dos se podía quedar con el botín de oro. Él había marcado los mismos goles que yo, y ambos uno menos que Alvarito, un delantero de otro equipo. Ya Alvarito había jugado su último partido. Si cualquiera de los dos marcaba igualaba el récord de Alvarito, y si alguno se iba con dos dianas sería el botín de oro solitario.

Antes de que concluyera el primer tiempo cayó una pelota sobre mi sector y la crucé al otro palo del arquero para lograr el primer gol, poner en ventaja a mi equipo, igualar el récord de Alvarito y superar a Abelardo. Nos fuimos a las duchas con sólo una cosa por definirse en aquel torneo: el botín de oro. Por ahora había un doble empate en la tabla de artilleros y uno con un gol de desventaja y todavía con un tiempo por jugar.

Abelardo lucía nervioso. Él había estado por encima de mí en la tabla durante todo el torneo, y yo había resultado marcando 5 goles en los últimos cuatro partidos y lo había superado. Arrancó el segundo tiempo. Apenas empezaba y tuve una oportunidad de marcar. Otro balón cruzado que infló la red y puso el partido 2-0. Ya estaba yo solo en la parte más alta de la tabla de artilleros. El partido terminó de transcurrir con Abelardo bien abierto sobre la derecha y yo bien abierto sobre la izquierda. El ritmo bajó a un mínimo. No hubo más incidencias y el partido terminó.

Había ganado el botín de oro, o al menos eso creía yo. Los delegados y conjueces se reunieron terminado el partido y luego terminaron asegurando que había existido un triple empate en la tabla de goleadores entre Abelardo, Alvarito y yo. Yo no lo podía entender. La explicación fue que en un partido que habíamos ganado 2-0, en el que Mario y yo marcamos, se había pitado un W.O. antes de empezarlo porque el adversario se presentó después de la hora, y aunque el partido se terminó jugando con arbitraje y todo los goles marcados allí no contaban para ninguno de los anotadores de ese día, pero como el W.O. equivalía a un 2-0, y esos dos goles había que dárselos a alguien, se los habían dado uno a Abelardo y uno a Raúl. No podía existir una situación más injusta. ¿No era lógico haberle dado los dos goles a quienes los marcaron en lugar de dárselos a quienes no lo hicieron? Al parecer no.

Luego de varios debates decidieron que cobraríamos tres tiros desde el punto penal cada uno frente a un arquero neutral y quien ganara se quedaría con el botín de oro. Alvarito falló dos y salió de la contienda. Abelardo y yo fallamos uno y tuvimos que continuar lanzando. Alcanzamos a cobrar 7 tiros desde el punto penal y se mantenía el empate. En el octavo tiro Abelardo lo tiró afuera.

Si lo marcaba sería el último penal. Sería mi gloria personal. Si lo erraba la serie continuaba, y sería la tranquilidad para todos, para todos los que querían que el trofeo lo ganara cualquiera. Cualquiera menos yo. Y lo querían porque en aquel club los que no estábamos en ninguno de los colegios bilingües éramos vistos como menos, éramos objeto frecuente de burlas, jamás hacíamos parte de las ‘roscas’, no nos invitaban a las fiestas, ni siquiera era fácil que nos pasaran la pelota en los partidos.

Tomé impulso, mandé el zapatazo con lo que me quedaba, el arquero que no llegó, la pelota que pasó la línea, yo que levanté los brazos y que los vi a todos en silencio. A todos los que me decían que mi pelo parecía una choza, a todos los que se reían de mí porque me quedaba practicando terminada la práctica, a todos los que también se burlaban de la vieja Trooper en la que me llevaban a las clases porque ellos tenían carros mucho más lujosos, a esos mismos a quienes nunca les respondí pero que tuvieron que verme ese día levantando el trofeo y al de El Heraldo sacándome la foto, dejando indeleble la imagen que inmortalizaría ese momento sublime de la historia, de mi historia, para siempre.

Juan Pablo Díaz R.
Barranquilla (escrito originalmente en 1998, re escrito en 2012, transcurrido en 1990)
@juanpdiazr

Tuesday, December 4, 2012

MI RECUERDO DE MIGUEL CALERO

Mi más claro recuerdo de Miguel Calero tuvo lugar en la ciudad de Medellín. Yo estaba de visita. Eran los días de Semana Santa del año 1998. Junior de Barranquilla visitaba a Atlético Nacional en el Atanasio Girardot. Fui al estadio con la ilusión de ver a Junior sacar un buen resultado en su visita a un elenco paisa en el que varias de sus figuras eran jugadores atlanticenses, todos ellos en algún momento roji-blancos: ‘Ferry’ Zambrano, Álex Comas y el espectacular Oswaldo Mackenzie. Pero eso no era todo, el local contaba con el mejor lateral que he visto en Colombia, Diego León Osorio, y con un arquero al que creía conocer bien, Miguel Calero. Y creía conocerlo bien porque Calero en sus inicios había jugado en el Sporting, y yo había visto casi todos aquellos clásicos barranquilleros al calor de las tardes domingueras en el Metro.

El Atanasio Girardot estaba a reventar. Yo estaba en la tribuna de occidental baja. La tarde se empezó a oscurecer ─para mí─ cuando en una jugada entre los atlanticenses Mackenzie y Zambrano, el soledeño remató desde fuera del área y la puso en un ángulo imposible para Calixto Chiquillo. Minutos después, Oswaldo Mackenzie intenta entrar al área en medio de 8 piernas, la pelota rebota en un jugador de Junior y le cae a un jugador verdolaga aparentemente adelantado. El línea levantó la bandera, la defensa de Junior se quedó petrificada y el juez Óscar Julián Ruiz, quien sería célebre por sus desafueros hacia Junior, dio continuidad a la jugada en cuyo epílogo Giovannis Cassiani en reacción tardía y en el intento desesperado por despejar la pelota termina embocándola en su propia puerta. Para terminar de cerrar un funesto primer tiempo, fue el propio ‘Nené’ Mackenzie, ídolo en Barranquilla, quien convertiría el lapidario tercer gol.

Miguel Calero, capaz de manejar los ánimos de sus adversarios, le mostró un balón al atacante roji-blanco Daniel Alberto Tílger dominándolo con los pies. El ‘9’ gaucho, ex compañero suyo en el Sporting, cedió a la tentación de intentar arrebatarle esa pelota al guardameta vallecaucano y le cometió una falta que le significó la roja directa. Junior dependía de alguna genialidad de Víctor Danilo Pacheco, que tuvo una actuación descollante. El ‘crack’ atlanticense en varias oportunidades liquidó a sus rivales en velocidad con la pelota atada al pie, pero cada vez que se enfrentó a Miguel Calero fue el golero quien ganó el duelo.

En los últimos minutos, en una jugada maradoniana Oswaldo Mackenzie se deshizo de sus adversarios y puso de frente al arco con la pelota servida al barranquillero Álex Comas, quien sepultó a Junior con el quinto e irrevocable gol de la noche.

Pero el partido aún no terminada. Faltaba una más de Víctor Danilo Pacheco. La tomó desde su campo y avanzó como un lince tras su presa. Sólo veía el arco rival mientras los iba liquidando uno a uno. Sus compañeros se habían quedado en Barranquilla, aunque estuvieran dentro del campo de juego, así que por su propia cuenta y eludiendo a quien se cruzara en un su corrida estuvo dispuesto a dejar lo último que le quedaba para marcar el tanto de la honra, un tanto que amainara mi estado de humillación en aquella tribuna, un gol que aunque no me liberaría de terminar cundido en la derrota al menos me iba a permitir levantar los brazos por un segundo… Pero ni siquiera eso. Porque cuando incluso pasó la línea de la defensa y estuvo frente a Miguel Calero, cuando tuvo la oportunidad de silenciar brevemente aquel atiborrado estadio convirtiendo un gol de antología, cuando él solo los había ya vencido a todos, remató al arco y el balón se fue desviado. La tomó Miguel Calero para sacar de meta. Calero le había ganado todas, pero en aquella le bastó con asustarlo.

Terminó el partido y la hinchada paisa aplaudió a su equipo y también a Víctor Danilo Pacheco. Yo me negué a aplaudir a Mackenzie, pero aplaudí a Miguel Calero.

Juan Pablo Díaz R.
Diciembre de 2012, confirmada la muerte de Miguel Calero.
Twitter: @juanpdiazr

Sunday, November 25, 2012

EL CIRCO ROMANO EN EL FÚTBOL (LUIS CARLOS RUIZ)

─Si el ‘Polilla’ Da Silva te cobra penal tírate al palo derecho que casi siempre la manda allí─ Le dije a José María Pazo al interior del camerino una tarde de 1991 en la que Junior recibía al América de Cali ─Yo sabré a qué lado tirarme si me cobran penal.─ Me respondió en tono prepotente, en clara reprobación al consejo futbolero que un niño se atrevía a darle a quien ya era un profesional del fútbol. Por un momento pensé que habían sido en vano mis múltiples y anónimas intervenciones frente a cualquier oprobio que desde las sillas de madera de Occidental Numerada hubiere tenido por destinatario al cuida vallas cesarense. “Se ve que no has visto las que saca”, “como que hace rato que no vienes al estadio” o “si no vas a venir a apoyar mejor quédate en tu casa”, eran algunas de mis airadas respuestas frente a los comentarios vejatorios de alguno de mis improvisados contertulios. De todas formas, al final, el tiempo me daría la razón, porque ‘Che María’ sería dos veces campeón con Junior y llegaría incluso a ser parte de la Selección Colombia.

Son varios los casos históricos en los que la tribuna barranquillera ha encontrado una causa para solidarizarse en bandada con más efervescencia que el propio amor por el Junior: el odio desmedido, irracional y enfermizo por un jugador que viste la propia casaca del equipo al que presuntamente aman. El caso de José María Pazo se suma al de otro de su generación, Luis Grau. Grau cargaba con la cruz de un prólogo de generaciones de jugadores nacionales y extranjeros de gran riqueza técnica, y lo suyo no era la sutileza, sumado a una nueva generación de atlanticenses que prometía alegrías para el pueblo currambero, y establecía una vara alta desde la capacidad técnica que se supone debe poseer un futbolista profesional. ‘Lucho’ Grau podía ser dirigido por Comesaña o por Bilardo, por el ‘Papi’ Peña o por Beckenbauer, y de alguna forma encontraba su cupo en la titular. Al final muchos sucumbieron a las rechiflas y reconocieron el espíritu combativo del volante roji-blanco.

El caso quizá más emblemático en Barranquilla de la turba enardecida enfilando todos sus dardos hacia la misma diana, fue el de Carlos Araújo, un volante-8 cesarense que jugaba con la número ‘12’. De nada le valió a Araújo haber hecho parte de arrolladoras nóminas, ni un golazo que le marcó al Atlético Bucaramanga en el propio Alfonso López en un tiro parabólico sensacional, y menos aún una tripleta que doblegó al Deportivo Cali en su propio feudo. Ni siquiera su firme manera de cabecear ni la mística ovalada que mostraba en cada partido resultaron suficientes para que el público barranquillero cesara sus ansias de despedazar con diatribas de todo calibre la figura, un poco enclenque, de Carlos Araújo. En la mejor representación del circo romano y la masiva solidaridad en la causa de lacerar el ánimo y la honra de un simple ser humano que desde sus modestos alcances dejaba hasta la última gota de sudor en la cancha, Carlos Araújo soportaba con heroísmo la horda inquisidora domingo tras domingo.

El caso más lamentable fue sin duda el de Javier Flórez, volante-6 barranquillero de excelente manejo de pelota, claridad y despliegue físico. Al joven volante le valían poco su imponente talla y condición técnica, su manera de avanzar con la pelota en los pies y su incansable lucha en la zona medular. El público, por razones incomprensibles, encontraba el éxtasis en el ejercicio colectivo y casi unánime de calcinar con improperios el nombre y la honra de este deportista. El desenlace de este caso de animadversión fue trágico. Tras la pérdida del campeonato en 2009 algún aficionado alejado de la complicidad ponzoñosa de la multitud y del mimetismo de la grada se atrevió a increparlo en la calle, y el futbolista, seguramente cansado de la sarta interminable de humillaciones y psicológicamente afectado, tomó la peor decisión, terminar con la vida de uno de sus inclementes verdugos.

En la actualidad se presenta uno de los casos más increíbles, el de un jugador que ha sido titular con casi todos los técnicos, que ha alcanzado tres finales, ha sido campeón en dos de ellas y lo ha logrado siendo inamovible titular en el tránsito a dichas finales. Para disipar más las dudas en cada uno de los tres casos ha tenido un técnico distinto. Quienes lo han dirigido, quizá con la única excepción de Óscar Quintabani, han elogiado su capacidad, su entrega y su larguísimo recorrido, su juego aéreo, entre otras de sus cualidades como futbolista. Hablo, por supuesto, del samario Luis Carlos Ruiz. Ruiz resulta no sólo el destinatario de cada pelota que lanza larga Viera desde su área, sino de la más alucinante colecta de descalificaciones que llegan desde todas las direcciones pero a un solo blanco, que lleva el ‘27’ a sus espaldas. Ruiz, a diferencia de Araújo, no tiene apariencia de desvalido, todo lo contrario, cuenta con un envidiable porte de atleta, que contrasta con su carácter tímido, con un miedo a las cámaras y a los micrófonos cuando a él se acercan. Ruiz, como Araújo, es la personificación de la indulgencia, de la paz de quien sabe que lo ha dejado todo en la cancha y que no le han regalado nada de lo que ha conseguido.

Luis Carlos Ruiz nació en Santa Marta, lugar en el que Junior, equipo al que defiende, es profundamente odiado. Quizá ese contraste entre su origen y la institución a la que pertenece le ha trastocado el ánimo, o quizá simplemente es la víctima involuntaria y aleatoria de una causa histórica que ha defendido con vehemencia el público barranquillero (y quizá la misma raza humana a través de su historia): el ejercicio del escarnio público.

En la cancha Luis Carlos Ruiz es casi imposible de detener cuando se decide a avanzar con la pelota en velocidad. Los rivales sólo atinan a derribarlo. Provoca una cantidad incalculable de faltas, tiros libres, cartones amarillos, y a veces rojos, que amainan la pierna fuerte del rival, y que en muchos casos los deja en desventaja numérica. Casi siempre aparece en la foto de la jugada en ataque, y también en la del despeje oportuno desde la propia área. Es sumamente solidario cuando su equipo no tiene la pelota, y preciso en el despeje aéreo defensivo. Cuando Luis Páez no encontraba el gol fue él quien se disfrazó de ‘9’ y convirtió cuatro, rememorando aquella época no tan lejana en la que marcó muchos goles con la camiseta del Barranquilla en la primera B. Por esos días algunos abandonaron el bando de los inquisidores y se sumaron al de quienes lo elogiaban.

No sé los muchachos que apenas empiezan a entender el fútbol, no sé los viejos que no logran quitarse el hábito de ir al estadio a vociferar insultos, no sé los generadores de opinión que utilizan portales virtuales, micrófonos o sus @’s en Twitter para condenarlo, pero sé que yo, que tengo una parte importante de mi vida atada al fútbol y al Junior, siempre apoyaré a quien considero un jugador virtuoso. Nunca me temblará la voz o el pulso para decir: ¡GRANDE RUIZ!

Juan Pablo Díaz R.
Barranquilla, nov 2012
@juanpdiazr

Friday, November 23, 2012

BARRANQUILLA VS BOGOTÁ

En Barranquilla nací, en Barranquilla crecí; a Bogotá llegué por una conspiración del destino que decidió sin consultarme que aquí tuviera que transcurrir alguna parte de mi fugaz historia...

* * * *

Barranquilla es una ciudad de clima tórrido, Bogotá una ciudad de clima templado; el clima templado es, al menos para mí, más agradable que el tórrido: punto para Bogotá.

La humedad relativa de Barranquilla es del 95%, la de Bogotá del 75%, la humedad absoluta a 35 Celsius para una relativa de 0.95 es mucho más intolerable que la de 0.75 a 15 Celsius: de nuevo, punto para Bogotá.

Barranquilla está a una hora de Santa Marta y a una hora de Cartagena, que son los dos principales balnearios del país, unidos por vías rápidas; Bogotá está a tres horas de Girardot y de Melgar, qué son, bueno, dos poblaciones a cada lado de la frontera entre el Tolima y Cundinamarca: punto claro y contundente para Barranquilla.

Barranquilla es una ciudad con contaminación moderada, Bogotá una de las más contaminadas del mundo (en Bogotá de noche se ha adquirido una ‘mascarilla de hollín’ y se tiene el pelo tieso de puro hollín): punto para Barranquilla.

Bogotá hace un aporte al PIB de la nación al menos diez veces más grande que el que hace Barranquilla (en Bogotá se consigue incluso lo que todavía no se ha inventado): sin duda, punto para Bogotá.

Barranquilla es puerto fluvial y marítimo y tiene la zona franca más grande del país, Bogotá es considerada una de las ocho mejores plazas comerciales del mundo: aunque discutible, para mí, punto para Bogotá.

En Barranquilla la proporción de mujeres bellas es de una por cada diez, en Bogotá es de una por cada cuatrocientas; nunca he podido comprender este extraño fenómeno cuya explicación parece estar orientada hacia algún tipo de mutación genética: sin atenuantes, punto para Barranquilla.

Barranquilla tiene de estadio de fútbol al Metropolitano Roberto Meléndez, Bogotá tiene al Nemesio Camacho El Campín: hummm… No seré mezquino, El Campín tiene su no sé qué… Empate técnico.

Barranquilla tiene el Carnaval, ‘Patrimonio Histórico, Oral e Intangible de la Humanidad’, Bogotá la Feria del Libro: me tendrán que disculpar los amantes de las letras y los enemigos de lo profano, pero punto para Barranquilla.

En cuanto a centros comerciales Barranquilla tiene el Buenavista, el Villacountry y el Portal del Prado; Bogotá el Unicentro, el Andino y el Atlantis, entre otros: punto para Bogotá.

En Bogotá no hay donde parquear y la hora de parqueo cuesta entre $4000 y $6000, en Barranquilla todo el mundo parquea gratis donde sea [=D]: punto para Barranquilla.

♦Bogotá tiene el sistema de transporte masivo Transmilenio, Barranquilla tiene… ¿TransMetro?: punto para Bogotá.

Barranquilla tiene al Júnior, Bogotá a Santa fe, Millonarios y La Equidad… Hummm… Me hace dudar La Equidad: mejor aquí sacrifico el punto por mi auto entendida incapacidad de garantizar imparcialidad frente a mis pasiones más profundas.

Barranquilla dio a luz a Macnelly Torres, Bogotá a Fabián Vargas: punto para Barranquilla.

Barranquilla dio a luz a Shakira, Bogotá a… (ni sé): fuera quien fuera, punto para Barranquilla.

Bogotá tiene un sistema de canalización de aguas, Barranquilla arroyos de caudales inhóspitos que arrastran cualquier cosa: punto para Bogotá.

¿Barranquilla ó Bogotá? Juzguen ustedes.

JPDR (Bogotá, 2009)
♦En 2009 el Transmetro estaba apenas arrancando, sin embargo el Transmilenio aún hoy (nov 2012) le saca en cobertura proporcional una ventaja considerable.
@juanpdiazr

Thursday, November 8, 2012

UN DÍA EN BUFFALO

Llego procedente de Syracuse en la mañana temprano. Arrastro mi equipaje unas cuantas cuadras hasta el consulado canadiense, según me indica un empleado de la terminal de transportes. Me encuentro en la fila con orientales y latinos. Cuando llega mi turno me dice una mujer rubia, con el entrecejo fruncido, que me hace falta el I-94, retiro mis papeles y averiguo dónde encontrar una oficina de inmigración de los Estados Unidos. Encuentro que hay una a 12 cuadras del lugar. Mi equipaje lo dejo al cuidado de un africano que acabo de conocer.

Corro desafiando un poco la estabilidad de mi pierna derecha, que ya parece estar apta para la tarea. Llego a la oficina. Me detienen porque traigo una navaja suiza. Me regreso y la dejo al cuidado de un albañil que acabo de conocer en una construcción vecina. Entro y logro hablar con uno de los agentes. Le explico mi situación y le convenzo de que me estampe un sello oficial y de que me entregue una notificación de mi legalidad como inmigrante. Regreso a gran velocidad al consulado. Presento los papeles. La mujer del ceño fruncido no parece satisfecha, me pregunta dónde está el original ─En New York─ Le respondo.

Noto que a muchos les niegan las visas, tal cual como ocurrió hace nueve años en Seattle, cuando fui el único del grupo que la obtuvo, y entonces pude llegar hasta Vancouver. Decido retirar mis papeles y declinar a mi petición de visa. Entiendo entonces que mi única opción es convencerlos de que existe algo que me impide quedarme en su país vencido el permiso, entonces empiezo a fabricar una historia. Mi padre, desde Colombia convertido de forma insospechada en mi gran aliado, me ayuda en la misión enviándome logotipos para fabricar una carta de salvación.

Aún no aparece mi I-94, y la cosa se me complica, ya tendré que esperar hasta mañana, pero así sea atravesando el Niágara en bicicleta llegaré a Canadá. No conozco a nadie en esta ciudad, no traigo dinero para hospedarme ni en el más derruido de los hostales. Empiezo a hacer llamadas, los minutos en mi celular son mi único activo.

Me entero de que varias personas conocidas se han venido a estudiar a la Universidad de Buffalo a través de un reciente convenio. Se aclara un poco el panorama. Consigo un número de teléfono. Mi interlocutor sabe quién soy. Resumo en 60 segundos mi historia.

Me acerco en el 'Buffalo Rail' a la estación 'Séneca', nombre del autor de aquella frase que reza que “la modestia es la madre de la hipocresía”. Llego a la estación “University”. Camino unas cuantas cuadras hasta un edificio de universitarios. Espero un rato. Aparece mi nuevo amigo.

Esta vez me vuelvo a salvar.

JPDR (Buffalo, julio de 2008)

UN DÍA EN MONTREAL

Hace unos días estando aquí cumplí años, aunque creo que no valió la pena haber gastado aquí ese día. El lavaplatos está completamente tapado, resulta un sainete el ir y venir sacándole el agua. Salgo por la vía que me señala la ciclo-ruta.

Llego a la estación del bus que me llevará hasta el tren, o Metro, como aquí se llama, igual al de Washington, o al de París. El conductor prefiere dejarme pasar que intentar responderme en inglés. Otro viaje gratis. Al llegar me conecto con la línea naranja y me bajo en Square-Victoria.

Llego a la escuela de chef’s de la que me hablaron los venezolanos. Llego un poco tarde y han cerrado el buffet, pero al menos ya sé dónde queda. Camino hacia la Plaza de Armas. Empiezo a recorrer una especie de mercado chino, esto parece un “San Andresito”, he saltado de un mundo a otro.

Oriento a unos anglófonos que por aquí se perdieron, ¡increíble! Ya me ubico bien en este lugar, que se me parece a Barranquilla, con tren subterráneo y con arquitectura europea. Bueno, eso imagino, nunca he ido a Europa.

He visto tanto “loco” que he terminado por convencerme que el loco soy yo, porque no tengo tatuajes, ni uso esa ropa esperpéntica, ni tengo perforaciones en las cejas o nariz, ni camino de la mano con alguien de mi mismo sexo. Bueno, así son las cosas aquí, el extraño soy yo.

Cae la noche, y va a empezar una dura jornada desde las 11 de la noche hasta las 7 de la mañana. Nos vamos a la estación Viau de la línea verde, alguien allí nos recogerá.

JPDR (Montreal, ago 2008)

Thursday, October 25, 2012

EL ETRUSCO LÍBERO

Pocas cosas pueden resultar más curiosas que ver a un niño de 4 años en un lugar de clima tórrido y ambiente húmedo ir por la calle con saco, corbata y gafas sin cristales. Pues ése fue mi caso. Tenía una colección de sacos, camisas, corbatas y hasta corbatines. Fui el primero de tres hermanos, y por cuatro años único hijo. Tenía que arreglármelas para divertirme solo en mi habitación, en mi espacio, en mi mundo donde sólo yo habitaba. Desde muy niño aprendí a hacer el nudo de la corbata, y más difícil aún, a modificar manualmente ─con hilo y aguja─ mis disfraces y máscaras, que me ponía cualquier día; no tenía que ser Halloween.

Usaba disfraces de Supermán y de El Hombre Araña. Cualquier día era propicio para salir a la calle disfrazado. O con traje de gala. Mi máscara de El Hombre Araña tenía la cara y el cuello completamente cubiertos porque yo la re confeccioné utilizando recortes de telas de varios disfraces. También tenía espejuelos plateados que extraía de gafas de sol de vendedor playero y que de alguna forma le incorporaba. No existía ningún niño con una máscara como la mía.

Desde el principio de mi vida aprendí a estar solo. Aprendí a disfrutar de mi propia compañía. Aprendí a burlarme de mí mismo, a reírme de mis propios chistes y hasta a necesitar de mi inseparable soledad. Ha de ser muy distinto ser el segundo, o el tercero en la línea descendiente; supongo. Recuerdo que a mi primer hermano le ayudaba en cosas como amarrarle los cordones, sujetarle el pantalón o hacerle el lazo de su capa de Robin. Éramos Supermán y Robin. Batman no tenía súper poderes, por eso prefería al de Kryptón.

Pasaron algunos años. Un día recibí de regalo un balón de fútbol Etrusco Líbero, que era una versión amateur del balón Etrusco Único, utilizado en el Mundial de Italia-90; fue un día mágico aquél. Casi sin darme cuenta, sólo un poco después, recibí un diploma que me acreditaba un título universitario que nunca utilicé. En aquel momento tomé mis pocas cosas y me fui del refugio que me habían dado mis padres. Y me encontré otra vez solo, como al principio, en una casa con porche y jardín; en estrato 1.

Aún no sé cuál sea el verdadero sentido de la vida, pero sé que al final de los días lo único que a cualquier persona le queda es su historia. Con todo lo demás se quedará alguien más. Tener una historia que contar, al final de todo, será más valioso que cualquier cosa. Las decisiones importantes que tomé hasta hoy fueron arriesgadas. Me pude equivocar en muchas. Pero tengo una historia, que aún escribo, y que contaré cuando llegue el momento justo.

Es sublime el momento de darse cuenta de que después de todo no somos la gran cosa, porque nos humaniza, y entendemos que aquello que esperamos no tiene por qué llegar necesariamente como lo esperábamos, ni tan fácil, ni tan rápido.

Estoy convencido de que la ecuación que expresa lo que deja en su vida una persona con su historia no es otra que la diferencia entre la risa que dejó en el mundo y la amargura que llevó consigo. Una variable lo involucra todo, la otra sólo al ser, pero son codependientes.

Juan Pablo Díaz
Bogotá, Oct. 2012
@juanpdiazr

Sunday, October 7, 2012

TARJETA ROJA PARA LOS ÁRBITROS

En la fecha 11 de la Liga Postobón-2, en partido jugado en Bogotá entre Millonarios y Junior, el jugador del equipo barranquillero y la Selección Colombia, Teófilo Gutiérrez, recibió una segunda amonestación y vio la tarjeta roja por supuesta agresión sin pelota al jugador de Millonarios Pedro Franco. La agresión de la que acusaron a ‘Teo’ fue “codazo”. Lo curioso es que para ejecutar un codazo la biomecánica del cuerpo humano exige inclinar el tronco hacia adelante y doblar el antebrazo hacia adentro para que el esfuerzo se logre a través del deltoides posterior, músculo encargado, entre otros esfuerzos físicos, de lanzar el codo hacia atrás. En el video es clarísimo que Teo ni se inclina, ni dobla el antebrazo, y por supuesto no da un codazo a Pedro Franco, que de paso valga decirlo, lo venía provocando ante la mirada complaciente del árbitro, según relató terminado el partido el capitán juniorista Giovanni Hernández.

La segunda hipótesis es que al abrir los brazos lo agrede con el antebrazo (nunca fue ésa la acusación). Sin embargo, el movimiento que puede lograrse de esa forma es limitado y muy difícilmente puede ser rápido o contundente como para lograr agredir a un contrario y más aún sin darle tiempo de reacción para evitarlo, eso sin decir que es casi imposible abrir los brazos por encima de la línea del hombro, y Pedro Franco es un jugador muy espigado como para que su rostro pueda estar bajo la línea del hombro de Teófilo. En conclusión, no hubo agresión, no debió existir la segunda amarilla y Teófilo nunca debió resultar expulsado. La única forma de golpear contundentemente a alguien con el antebrazo es haciendo un giro sobre el propio eje de la cintura, levantando el lado con el que se va a agredir y bajando el lado contrario. Es simple biomecánica del cuerpo.

La situación es aún más grave si tenemos en cuenta que quien lo expulsó no fue ninguno de los 3 árbitros del encuentro, sino el cuarto árbitro, que desde la lejanía desde la que se encontraba advirtió lo que nadie más, la supuesta agresión sin pelota de Teófilo a Franco. Resulta que los cuartos árbitros en el torneo colombiano son locales, y es completamente impresentable que siéndolo puedan incidir en decisiones tan trascendentales como expulsar a un jugador del cuadro visitante en el primer tiempo (¿será que el cuarto juez de la Escuela de Árbitros del Atlántico podrá mandar al referee a expulsar un jugador de Millonarios cuando el juego sea en el Metropolitano por algo que nadie más vio sino él?). Expulsión injusta, inventada, mal intencionada, y que debería ser un caso disciplinario en la Dimayor tanto para el cuarto juez como para el central que aceptó su recomendación.

En la fecha 13, en Ibagué frente al Deportes Tolima, apenas tenía Teófilo Gutiérrez 30 minutos de estar en la cancha tras el cumplimiento de una fecha de suspensión, cuando el juez central, esta vez sin apoyo de sus compañeros, decide mostrar tarjeta roja directa a Teófilo, nuevamente por presunto codazo. Esta vez ‘Teo’ sí salta armado, pero nunca da un codazo al adversario. Podría interpretarse que llevaba mala intención, pero si así hubiera sido lo máximo que podía hacer el juez era amonestarlo, ya que jamás agredió al jugador adversario, y en el fútbol las intenciones son subjetivas, de apreciación, y no pueden castigarse con una expulsión.

Para colmo de males luego le inventa una expulsión a Cortés, que no comete la menor infracción. También sin el respaldo del línea de occidente, que estaba más cerca de la jugada que el propio central.

Para mí hay una clara intención de perjudicar con arbitrajes amañados al equipo de Barranquilla, situación que tiene antecedentes importantes en la historia de nuestro fútbol, y parece ser que han escogido como su víctima favorita al jugador más talentoso de nuestro fútbol, Teófilo Gutiérrez, que con la camiseta de la Selección Colombia ostenta el mayor promedio anotador de la generación actual de jugadores, 0.46 goles por partido. (El máximo promedio goleador de la historia de la Selección pertenece a Iván René Valenciano, con 0.45 goles por partido).

El raro fenómeno colombiano de no sólo no respaldar a los talentosos que más le aportan a nuestro fútbol, sino por el contrario hacer lo necesario por perjudicarlos. Si hubiese habido alguna clase de sanción para el árbitro que injustamente expulsó a Teófilo en Bogotá, el que pitó en Ibagué no habría mostrado esa tarjeta roja de forma tan ligera. Lo más triste es que le quitan ritmo a un jugador que hace un aporte inmenso en la Selección Colombia de José Néstor Pékerman, a contados días de un duelo decisivo frente a Paraguay en Barranquilla.

Pese a todas las arbitrariedades arbitrales, y al descaro del central, que luego de un manotazo en la cara por parte de un jugador de Tolima a uno de Junior sólo mostró la tarjeta amarilla, el equipo ‘currambero’ empató un juego en el que caía por dos goles y tenía dos hombres menos. No sé a quién le dolió más ese agónico empate, si al árbitro central del encuentro o a los comentaristas de DirectTV, a quienes les faltaba poco por ponerse a cantar al ritmo de los coros de los barristas tolimenses.

Tendrá la Directiva de Junior que hacer un reclamo enérgico ante la Dimayor, o tendrá Cheché que mandar a Teo a la cancha atado de brazos.

JPDR
Barranquilla, Octubre 2012
Twitter: @juanpdiazr

Wednesday, October 3, 2012

SI TODOS FUERAN COMO YO

Un día imaginé cómo sería el mundo si todos los humanos fuesen como yo. Imaginé lo que ocurriría si mi carácter, mi temperamento, mis gustos y mis manías se multiplicaran por millones. Por ejemplo, no habría fumadores. Nadie arrojaría basuras a la calle. Nadie presionaría los cláxones cuando el semáforo estuviera a punto de cambiar a verde. No habría chicles pegados debajo de las mesas. La Coca-Cola no existiría, ni las fábricas de chocolates, ni la industria de los lácteos. Todos serían torpes para las matemáticas, tendrían mala memoria y sólo comprenderían el método polaco en las calculadoras. Sólo existirían zapatos de color negro (si se tratara de guayos valdría cualquier color). Todo el mundo llevaría el mismo perfume durante toda su vida.

No parece tan malo un mundo en el que me multiplicaran hasta poblarlo por completo. Todos serían adictos al café y amigos del insomnio. No habría religiones. En las guerras siempre existiría el diálogo. Quizá no habría diálogo si a la vez no hay guerra, ni sentido, ni propósito.

Si al menos en mi país Colombia me multiplicara por 46 por 10 a la 6, Uribe nunca habría sido presidente. Protagonistas de Novela habría salido del aire al tercer capítulo. Los seis equipos del reality de la isla serían Guajiros, Bananeros, Curramberos, Heroicos, Sabaneros y Montañeros. Nadie tendría un celular Comcel. Habría una fábrica de Raspaos más grande que Ecopetrol. El raspao de cola con leche condensada sería más importante que la arepa. Los supermercados quebrarían. Estaría prohibido el reggaetón y el vallenato (principalmente ese vallenato en portugués que dice “moza, yo sí te pego”, que creo que lo compuso ‘Bolillo’ Gómez). Todos presionarían en el ascensor la ‘flecha arriba’ para subir y la ‘flecha abajo’ para bajar. Nadie aplicaría el freno de emergencia al estacionar ni tendría la sensación de que el vehículo se desplazará y será embestido por otro.

Nadie cambiaría el pin de BlackBerry por el WhatsApp en algún otro teléfono inteligente. El mundo ahorraría millones de baterías recargables dañadas por exceso de tiempo de carga. La gente sería un poco más paciente y menos susceptible. Nadie recordaría a qué producto o marca hacía referencia un comercial original o chistoso. Todos podrían vestirse igual todos los días y nadie lo notaría. Nadie se tatuaría, se haría piercings o pintaría el pelo de amarillo. Nadie se pondría un pantalón por debajo del trasero. No existirían los anillos ni las pulseras.

Quizá el mundo sería monocromático y aburrido. No tendría nada que enseñar ni nada que aprender. No tendría cómo enfrentar lo que soy ni comprenderme. Y aunque disfruto la soledad y me divierto conmigo mismo creo que disfrutaría poco la compañía de alguien como yo. Conmigo tengo, y tendré mientras me tenga.

¿Cómo sería el mundo si te multiplicaran por millones?

Juan Pablo Díaz R.
Barranquilla, 2012
Twitter: @juanpdiazr

Tuesday, August 21, 2012

EL TEMIBLE BOMBARDERO

Hoy con nostalgia recuerdo aquellas tardes de domingo entre los años 90 y 91 en las que dentro del camerino local departía con Ariel, su hermano, quien aseguraba ser mejor jugador que él.

Han pasado algunos años desde entonces, ha ganado peso, se cortó el pelo, ahora usa las medias mucho más abajo, ya nadie recuerda que alguna vez fue rápido, pero todos aún le temen a sus remates endiablados, aún tan potentes y tan precisos como en la primera mitad de esta década.

Esta vez tuve que ver a la “nueve” saltar a la cancha con una camiseta distinta a la roji-blanca, y peor aún, enfrentando a la roji-blanca. El escenario fue el Atanasio Girardot de Medellín. El duelo DIM Vs Júnior.

Júnior se fue en ventaja con rebote que cazó Gian Carlos Torres en el borde del área y que colocó con un remate seco de derecha al ángulo superior izquierdo del guardameta del DIM. Así terminó el primer tiempo.

En el segundo hubo mano dentro del área de Manuel Galarcio, que el juez decretó como penal a favor del DIM. Iván René al cobro. Un remate fulminante a media altura sobre el palo derecho de José María Pazo dejaría al cuida vallas vallenato sin opción alguna de detenerlo. Se emparejó el partido.

Luego “el Bombardero” recibe sobre el costado derecho un centro en globo de Víctor Danilo y define como crack ante la salida de Pazo con una “vaselina” que infló nuevamente la valla del equipo tiburón.

Después, una jugada entre Giovanni Hernández y Víctor Danilo dejó el balón servido cerca al punto penal. Un parpadeo entre los centrales le dio suficiente tiempo a Iván René para de derecha colocar la pelota al palo izquierdo de 'Che María' y dejar las cuentas 3 por 1.

¿Cómo hacer para no celebrar una tripleta de Iván René? ¿Cómo hacer para celebrarla cuando el damnificado resultó ser el Junior? Equipo cuya camiseta defendió tantas veces, el equipo de mi tierra, el equipo de su tierra.

Iván René, “Ivancho”, “el Fantasma”, “el Cachetón”, “El Terrible”, “El Temible”, “El Bombardero”, “El Gordito de Oro”, ¡qué grande eres!, qué falta nos haces, qué daño nos haces.

Mi sueño es celebrar un gol más, sólo uno, con eso me conformo, en el Metro, con la 'nueve' rayada de rojo y blanco.

JPDR (escrito en Barranquilla, 1999)
P.S. Y el sueño se me cumpliría siete años más tarde…
Twitter: @juanpdiazr

Saturday, August 18, 2012

AQUÉL ES EL TIPO

Cuando estudiaba en la escuela de Hopkins (Minnesota) conocí una chica californiana de singular belleza y talento. Su nombre era Kary Anderson. Ella era de mediana estatura, de cabello castaño claro mitad liso mitad ondulado y ojos miel. Era absolutamente despampanante, su hermosura era sublime, tenía ese aspecto de niña buena que no provocaba precisamente buenos pensamientos. Su rendimiento en la escuela era excelente y era reconocida por su extraordinaria voz y capacidad de motarse en tarima, para cantar ó para actuar en obras teatrales. Jamás pasaba desapercibida, todos sabían que existía. Esta chica por supuesto solitaria no estaba, tenía un novio que se llamaba Josh Black.

A partir de este momento pueden olvidarse de todo lo que escribí sobre Kary Anderson, hablemos de Josh Black. Josh era un tipo impresionantemente talentoso, no sólo era de los alumnos más destacados de la escuela por su rendimiento académico, sino que era el capitán de la selección de baloncesto, cinturón negro V dan en Taekwondo, actor de teatro y músico. Por si fuera poco era alto, rubio y de ojos azules, sin mencionar que llegaba a la escuela en un auto deportivo de última generación. Era como el tipo perfecto, todas las chicas de la escuela se morían por él. Para colmo de males era modesto, se las llevaba bien con todo el mundo, era imposible odiarlo. Un ser casi sobrenatural, tocaba todos los instrumentos musicales, menos la trompeta, como él siempre dejaba en claro.

En el baile del Prom la tradición es invitar de una forma especial a la chica con quien quieres ir. Lo más común es abrirle el carro e introducirle un regalo en la guantera, abrirle el lócker ó dejarle algo bajo la almohada con la complicidad de algún familiar. Pero por supuesto, Josh siempre iba más lejos. El año anterior había invitado a quien entonces era su novia a un restaurante chino, y cuando ésta abrió la galleta de la fortuna el mensaje decía “¿quieres ir conmigo al Prom?”. Ése era Josh. ¿Qué haría este año? Esta vez su novia era Kary, sin duda la chica más atractiva de la escuela.

Un día cualquiera cuando cambiábamos de la primera a la segunda clase la banda de la escuela dirigida por el maestro Czech empezó a tocar desde el segundo piso, todos los estudiantes se agolpaban en el balcón desde el que se veía la plataforma inferior. A empujones logré llegar allí. Estaba en el centro de todos Kary, en un cálculo matemático inexplicable y, alrededor de ella estaban Josh y cuatro de sus amigos disfrazados con capa, sombrero y antifaz. Los amigos de Josh abrieron el círculo para que él, que era experto en artes marciales y un atleta de alta competencia hiciera malabares para el entretenimiento del público que atónito lo observaba. Luego, en una extraña pirueta cayo de rodillas frente a Kary con una rosa en la boca, rosa que nadie vio de dónde sacó. Entonces, enfrente de dos mil alumnos le dijo: “Kary, ¿quieres ir conmigo al Prom?”.

Ése era Josh, un personaje único, que no dejaba de sorprender, y su novia era Kary Anderson.

JPDR

(Ensayo original escrito en inglés en Minnetonka en 1999 bajo el título de “She’s the girl, he’s the man”. Adaptación en español para la conferencia “El duelo en la crisis”, escrita en Barranquilla en 2005).
Twitter: @juanpdiazr

BECAUSE OF YOU

Because of you I had the chance to have a sister, which otherwise would have never happened. Because of you I realized how great Mexicans, Israelis, Argentineans and Spanish, among others were, being able to open my mind to all different cultures around the globe. Because of you I developed “surviving techniques”, that I’ve been now able to use for years. Because of you I can fluently speak two languages, having the chance to multiply the chances of getting to know people from all over the world, or just sharing experiences in random places with random people. Because of you I learned how to cross borders, acquiring creativeness that I have used many times in my life.

Because of you I’m no longer afraid of anything, but loosing the ones I love, and therefore I have been able to bear tough situations. Because of you I learned how to cook and I have spent the last ten years of my life eaten over the sink. Because of you I learned how to work out, being able to overcome two hard illnesses I once had. Because of you I learned how to give speeches, which has been very useful, I’ve done many. Because of you I learned how two work with clay, which I’ve never ever done again but loved it back since. Because of you I learned how a guitar can be played, I was just too stupid and lazy to become proficient.

Because of you I met outstanding people, many of who I still keep in touch with. Because of you I fell in love, and my life changed forever. Because of you I was able to write several hundreds of pages, realizing writing is something I should keep doing till the end of my days. Because of you I always keep my seat belt on, which might save me sometime. Because of you I feel I have a second home in this planet.

Thanks America, for all what you mean to me.

JPDR (Chicago, 2008)
Twitter: @juanpdiazr

HE AND ME

He’s short hair, me sort of long, they say we are similar to each other, though the more I dig finding the supposed likeness the farther I feel we are from it. He drives a sports car, I ride the bus number 49 and jump from the orange to the blue line of the train. He’s got several checking accounts, I’ve got a piggy bank full of pennies. He lives in a nice furnished place, I have no place, and wonder how long I’ll remain in the same room for. He reads the main papers, I only write down my most displaced ideas. He knows math, me philosophy. He is more Rock and Roll, I’m more Soul. He understands how a power steam cycle operates, I understand how the public transportation cycles in Chicago operate. He wears shirt and pants, me jersey and jeans. He gets up early in the morning, the sun rise announces me a day with no deadline has begun. He drinks whiskey, me creatine and dextrose. He is in the third world, I’m in the first world, he is someone there, I’m no one here. He speeds up on regular two lane roads, I see the high ways from below and travel through the side walks of Western, Ashland and Milwaukee.

Finding so many differences I don’t understand why they say we are similar to each other, though I guess there’s got to be a reason, if they keep saying that. I hope we can get together sometime, he’s my buddy, my peep, my fellow, even though I blame him for everything, I know we’ll talk, not any time soon, but we’ll talk.

JPDR (Chicago, 2008)
Twitter: @juanpdiazr

ÉL Y YO

Él tiene el pelo corto, yo un poco largo, dicen que nos parecemos, pero cada vez noto mayor distancia en el supuesto parecido. Él conduce un auto deportivo, yo salto del bus 49 a la línea naranja, y de ahí a la azul del tren. Él tiene varias cuentas bancarias, yo tengo una alcancía sólo de ‘pennies’. Él vive en un apartamento estrato 6, yo no sé si el próximo mes seguiré en la misma habitación en la que dormí anoche. Él lee los principales diarios, yo sólo escribo mis más idas ideas. Él sabe matemáticas, yo filosofía. Él escucha a Fito Páez, yo a Ricardo Arjona. Él comprende ciclos de potencia de vapor, yo los ciclos del transporte público en Chicago. Él viste de camisa y pantalón, yo de camiseta y jeans. Él madruga, a mí Dios me ayuda. Él toma whiskey, yo creatina con dextrosa. El vive en el tercer mundo, yo en el primero, sin embargo él es alguien allá, y yo nadie aquí. El conduce por la Vía 40, la 46 y la 84, yo camino por la Western, la Ashland y la Milwaukee.

Encontrando tantas diferencias no entiendo en qué nos parecemos, sin embargo creo que en algo debe ser, si lo dice tanta gente. Espero volverlo a ver algún día, es un buen tipo, aunque lo culpe un poco de todo, sé que volveremos hablar, no por ahora, pero volveremos a hablar.

JPDR (Chicago, 2008)

* Ensayo Original: "HE AND ME"
Twitter: @juanpdiazr