Tuesday, July 31, 2012

MEDIA MARATÓN DE BOGOTÁ 2012

En 1986, empezó mi historia un día en el que Diego Maradona empalmó con el borde interno de su botín zurdo, sobre el límite de las 6 yardas, un balón que terminó al fondo de la red del pórtico italiano. Desde entonces amo el fútbol, y no me cabe duda de que lo amaré por siempre. No soy hábil para correr, como lo era el Diego, de hecho soy lento, muy lento. Sin embargo, he corrido por cuatro años consecutivos la versión recreativa de la Media Maratón de Bogotá: los 10km.

La razón por la que corro en Bogotá cada año es porque considero que el evento de la Media Maratón -dicen aquí que la competencia más importante de Latinoamérica- es lo más parecido a la Batalla de Flores barranquillera. Es un evento que moviliza miles de personas entre corredores, patrocinadores y espectadores, y en el que se ve una euforia generalizada que no he visto superada en algún otro momento del año en esta tibia capital.

En esta competencia 2012, llegué a la esquina de la Avenida 68 con Calle 53; no sabía en ese momento lo lejos que estaba del punto de partida. Llegué más tarde que nunca, pasadas las 11:00am, cuando ya la categoría de los viejitos, en la que siempre corro, había partido. Me confundí por las instrucciones de un papel publicitario, ya que es común que año tras año se modifiquen los puntos de encuentro y recorridos. Corrí a fondo hasta que 2km adelante, por fin llegué al punto de partida. Completamente exhausto sin haber aún empezado el recorrido inicié con un hombre de cerca de 60 años y una mujer de cerca de 45. Les seguí el paso a los dos hasta completar el primer kilómetro, que increíblemente no hacía parte de los 10.

Ahora por fin empieza la carrera, el hombre de 60 años galopa ante mi mirada ya borrosa y su figura se desvanece en el horizonte. Aún le sigo el paso a la mujer de cerca de 45 años. Es difícil no abstraerse cuando ya los ánimos flaquean, las rodillas pesan y el recorrido apenas empieza.

Faltan 7km: pese a que lucía como un barril, por lo romo, y a que mi cabello parecía un casco, con ese aspecto caricaturesco ingresé a la escuela de taekwondo. Me destaqué. Desarrollé la capacidad de levantar cualquiera de mis piernas por encima del nivel de mi cabeza. Aprendí a vencer el miedo cuando tuviera que enfrentarlo. Llegué hasta cinturón verde. Lamento mucho no haber continuado.

Me le adelanto a la mujer con la que partí de la meta. No la veo. No recuerdo que me haya superado. Hay un hombre en muletas procurando vencer el recorrido.

Faltan 6km: la conocí exactamente el 26 de junio de 1993. Estaba vestida de blanco y naranja. Yo tenía unos jeans y una camiseta roja, blanca y negra. Ella tenía el cabello negro y los ojos muy oscuros. Desde entonces me seducen los ojos oscuros. Después de aquel día nunca me atreví a buscarla. Todavía soy un poco así.

Alcanzo a unas viejitas que llevan una camiseta de Carrefour color azul. Con esfuerzo logro superarlas y seguir corriendo con una diferencia cercana a los 7 minutos entre kilómetro y kilómetro, según señala mi cronómetro. Seguramente más del doble del tiempo del más flojo de los kenianos.

Faltan 5km: por accidente terminé en el grupo que practicaría hockey durante todo el año. Nunca había jugado hockey. Tenía unos patines Roller Derby que sin embargo dominaba. Conocí a varios de un grado inferior con quienes compartíamos el horario de deportes. Hice un par de amigos. Jugábamos fútbol en un costado de la cancha del colegio casi todas las semanas y sólo a veces practicábamos el hockey. Me quedé en aquella disciplina por varios años, sin practicarla o aprenderla.

Me duelen las rodillas. Trato de correr a mayor zancada y elevando los muslos. Alivia las rodillas, pero siento que me agoto más.

Faltan 4km: inicié la pretemporada con el equipo de los Softmores, desde el cual esperaba ascender al de los Juniors, o quizá al Varsity. La posición que me dieron fue la de volante ‘8’, la cual no conocía bien. Marqué un gol de tiro libre en el segundo partido. Antes del tercer partido volvió la peor enemiga que he tenido en vida, mi rotura fibrilar de cuádriceps. Me negué a decirle al entrenador lo que pasaba, intenté jugar sólo con mi otra pierna pero la lesión se agudizó. Estuve 6 semanas incapacitado y sólo pude volver a jugar los últimos diez minutos del partido final de la temporada.

Siento que se me ampollan los meñiques. La rodilla derecha me duele demasiado. En el último año no he corrido más que para huir despavorido de los carros que me aceleran cuando cruzo una calle en Bogotá.

Faltan 3km: llegó el último de mis días en la escuela de South-West al sur de Minneapolis. Logré hacer más de 12 ‘dips’, Mr. Flandrick me dijo que lo lograría cuando aún no lograba la primera. Emilio y Ericel me organizaron un partido de despedida. La pelota rodó sobre la más densa nieve, a una temperatura inferior a los -15ºC. Le dejé al ‘Diablo’ el retrato que dibujé a lápiz para la clase de arte, en el que obtuve la más alta calificación. Mrs. Smith me despidió con algo de nostalgia en su expresión.

Alcanzo a un viejito de no menos de 75 años a quien todos en las aceras le aplauden al paso. No entiendo por qué no me aplauden a mí, si es claro que hago un mayor esfuerzo.

Faltan 2km: el día que decidí partir del hogar de mis padres me mudé a una casa que en el patio tenía una mezcla de médano, piedras y maleza. Compré una podadora. Las calles no tenían pavimento, y tras las lluvias se volvían un lodazal. No había alcantarillado, sólo pozos sépticos. Comía lisa todos los días, sin excepción; la docena costaba $2000. El día que me fui dejé en aquel patio el más bello jardín.

La pierna derecha me falla y tengo que detenerme. Levanto la pierna sobre un bolardo en la acera e intento recuperarla para seguir. Pierdo cerca de 3 minutos. Logro continuar.

Falta 1km: un día tomé un autobús del Greyhound desde Chicago hasta Nueva York. Estuve decidido a abandonar aquella metrópoli mágica en la que me sentí caer derrotado. Esa ruta, por esa vía, duraba 24 horas. Ya antes la había recorrido dos veces, pero esta vez me subí sin un solo dólar. Una señora que se bajó en Toledo dejó un billete de $20 en mi chaqueta. Tuvo que ser ella, no pudo ser más nadie. No sé por qué lo hizo, nunca le dije que no llevara dinero.

Vuelvo a encontrarme con el admirable viejito, y en un acto de gallardía extrema acelero el paso. Creo que logro sacarle 5 metros antes de la meta.

Juan Pablo Díaz
(Bogotá, 2012)
Twitter: @juanpdiazr

Saturday, June 30, 2012

CRECIENDO EN BOGOTÁ

Mi infancia me dio más de una herramienta para mi supervivencia años más tarde como adulto, y es que crecer en la tórrida Barranquilla es conocer, entre otras cosas, lo que es cerrar una cuadra con cuatro piedras y un balón de trapo, correr al escuchar la bocina del carrito del raspao, o hacer guerra de bolsitas de agua y maicena. Mi infancia, en principio solitario porque fui el mayor de tres varones, estuvo llena de momentos amenos fuera de las paredes del recinto que mis padres me dieron por hogar. Una tirada en picada sobre una patineta, trepadas en árboles de mamón, caimito, níspero y hasta los más complicados, el de hicaco y el de ciruela. Fracturé mi muñeca izquierda, mi clavícula derecha, alguna vez me quedó expuesta la tibia, me tomaron puntos de sutura cinco veces sólo en el rostro, y raspé tantas veces mis rodillas que aún hoy tengo una especie de callosidad en cada una.

Bogotá ha sido parte de mi vida de adulto, ciudad que aprendí a conocer al derecho y al revés, desde el Tunal hasta Toberín, desde Chapinero hasta Bosa, desde Carvajal hasta Álamos; inclusive toda provincia circundante, Sibaté, Madrid, Mosquera, Cota, Chía, Sopó. Entre más conozco esta ciudad menos me explico cómo puede hacer un niño para crecer en las entrañas de esta mole de concreto: tibia, oscura, saturada de personas y vehículos, y plagada de hollín.

Uno de cada 5 colombianos habita en esta urbe, que mueve un tercio de la economía nacional, en un mercado en el que vence, a veces, el mejor, y otras, el más barato, pero donde todos sobreviven. La capital no produce grandes personajes, ni deportistas, ni artistas, ni intelectuales, aducen algunos que debido al poco oxígeno disuelto en el aire a esta baja presión atmosférica. Pero, de nuevo, ¿Cómo hace un niño para tener infancia en esta colosal metrópoli?

Dejar a un niño creciendo en esta densa atmósfera es condenarlo a perderse de todo, a que su mundo sea lo que le muestre Nickelodeon, a que nunca se entere de lo que es recorrer el barrio en vacaciones con los demás niños, jugando a la ‘yeva’ congelada o al ‘escondite americano’, hasta la media noche. Impensable en una ciudad donde el único lugar medio seguro es el interior de la casa. Es que el Maloka y el Salitre Mágico reemplacen el agua del mar, la arena de la cancha, o el paseo en carreta por el parque. Un niño que crece en la capital será muy joven a los 8 para ingresar al estadio El Campín, mientras que su análogo en otra latitud podría ser ya un veterano de la grada con la casaca de su equipo.

Un niño que crece en la capital no comerá ‘piñitas’, comerá ‘mojicones’, y no sabrá lo que es un ‘boli’ de corozo o un raspao de tamarindo con leche condensada, sino quizá, frutica picada y algodón de azúcar. Un niño que crece en la capital cuando llegue a adulto tratará de ‘usted’ incluso a sus más cercanos amigos, con lo que se verán extrañados el resto de hispanos del planeta si alguna vez se va al exterior. El pobre niño capitalino, de adulto, dirá que llegó de “primeras” (de primero), que escribe con un “esfero”, que “le toca que suba”, que fue “qué día” (el otro día), y una cantidad insólita de incorrecciones que en el resto del mundo hispano nadie comprenderá. El pobre niño que crece en el capital hallará una dificultad tremenda para aprender un segundo idioma.

Bogotá es una experiencia para adultos, que conocimos el afuera mientras crecíamos, y nos ofrece un espacio fabuloso para volver a descargar adrenalina cada vez que un carro nos acelere para vernos correr despavoridos a la acera, para recordar el ‘que se arme la pila’ en cada estación de TransMilenio, o para recibir lecciones de urbanidad que tan gentilmente nos ofrecen con elegantes frases como “yo le hago el favor”, “yo no dormí con usted anoche”, “no me lo está preguntando pero”, y otras perlillas más.

Juan Pablo Díaz R.
Bogotá, 2012
@juanpdiazr

Friday, June 15, 2012

EN EL CIELO

-Un café, sin azúcar ni Instacrem por favor – le digo a la azafata -. Hace 15 minutos despegó el avión, será una hora de vuelo, otra vez. Sólo logro dormir los primeros minutos , luego del café procuro conocer al personaje aleatorio que el destino me puso al lado. La última vez fue un ex técnico de fútbol y logramos una interesante tertulia; esta vez un sujeto de calva brillante, inmerso en un sueño profundo, no advirtió la llegada del servicio de “agua, jugo, o café” que ofrecen las aerolíneas en los vuelos nacionales. Aunque jamás apago los celulares no puedo usarlos, en el cielo ninguno sirve, así que no tengo minutos ni internet para distraerme durante los 45 minutos que faltan. De mi copa de icopor sólo queda el olor a café, con el cual me conformo mientras pasa la azafata con una bolsa recogiendo desperdicios. Tengo 40 minutos sin BlackBerry, celular, compañero de viaje, o café. Retiro la bolsa de papel en el bolsillo del espaldar del asiento de adelante. Con cuidado la desarmo hasta obtener una escueta hoja. Llevo un plumero en el maletín de mano. Llevo también algunos meses sin escribir. Mi maletín revela algunos detalles de su dueño. Ropa comprada con dólares que convertidos a pesos se desvanecerían en media prenda en un almacén del Andino. Camisas enrolladas, en ningún caso dobladas. No hay cepillo de dientes ni desodorante. No hay perfume. No hay chancletas. Sólo hay de más unas cuantas pastillas, de las cuales soy esclavo. Pasa la auxiliar de vuelo con la bolsa y se lleva mi baso de icopor y con él mi fuente de olor a café. Aún el calvete no se inmuta, parece que la lustrada prolongación de su frente presionara la pausa de sus movimientos. Vuelvo a la pieza de papel que me fabriqué. A pesar de que desde hace tiempo cambié la tinta por un teclado aún conservo trazos estilizados en mi caligrafía. Las tildes se me arrastran un poco hacia la siguiente letra. En un juicio me hallarían culpable si el análisis grafológico fuera determinante. O me hallarían inocente. Ahora mandan a enderezar los espaldares y a levantar las mesas. El tiempo se me pasó más rápido de lo que pensé. No me salió mucho, pero no tenía nada que escribir. Juan Pablo Díaz R. Cielo colombiano (mayo de 2012) Twitter: @juanpdiazr

Thursday, December 29, 2011

RUMBO A MANIZALES

Son las 5 de la mañana en Bogotá. Suena el despertador. Aún está oscuro. Mi camiseta de Junior yace tendida sobre la mesa de planchar. Le paso la plancha y la introduzco en el morral. Hace más de 20 años, con esta misma camisa puesta, a alguien se le ocurrió endosarme el apodo de Armando Díaz, que para la época conformaba la nómina de la escuadra roji-blanca. No tenía su fina ejecución con pelota quieta, pero sí llevaba su apellido, y jugaba de delantero. Todavía quedan algunos que así me llaman cuando me ven en algún lugar de Barranquilla.

Llego a la terminal de transporte y, como ayer, no hay cupo para abordar con destino a Manizales. Me embarco con destino a Fresno, Tolima, en una cáscara destartalada, procurando al menos acercarme a Manizales. Ya en Fresno la tarea parece imposible, ningún vehículo de transporte público con destino a Manizales, decenas de personas a los costados de la vía que atraviesa el pueblo estiran sus brazos a cualquier vehículo que pase con cupo.

Almuerzo en un restaurantico llamado El Refugio. No pasa transporte alguno. De repente un hombre de acento paisa pregunta que a cuánto está Manizales. Casi sin preguntarle me embarco en su camión, entendiendo que el Dios del Fútbol, una vez más, hacía que un evento conspirara a mi favor.

El hombre no para de hablar con acento paisa, cabeza rapada a los lados, un moño rizado adelante y unas colitas detrás, un par de tatuajes y seis escapularios. Dice con orgullo que él nació en la tierra de Pablo Escobar, Itagüí, donde gracias al extinto personaje ahora existía –en sus palabras- “un gran pueblo” (Pablo Escobar en realidad nació en Rionegro, Antioquia).

Luego de atravesar múltiples derrumbes que dejaban paso por un solo carril, llegamos al Alto de Letras, y finalmente a la ‘y’ que separa las rutas hacia Manizales y Pereira. El hombre sigue hacia Pereira y yo me quedo en aquel punto. Sólo me despoja de $10.000 por el favor de arrastrarme cuatro horas por las montañas de Colombia.

Me subo en el primer bus que parece dirigirse a Manizales. Por suerte acierto. 20 minutos más tarde estoy en un barrio llamado Palermo, muy cerca del estadio Palogrande. En un hostal que tenía en su letrero la palabra “Mountain” descargo mi equipaje, me doy un baño rápido y me calzo la casaca roji-blanca, con todo y ‘Muñeca’ en el pecho.

Llego al estadio e ingreso a la gradería occidental con mi amigo Leo, un barranquillero que se ha desplazado desde Cali. Algún tiempo atrás ingresé las graderías de un estadio en el que celebraría un título de Junior, entonces mi edad se escribía con los mismos guarismos, pero en orden invertido. La pasión por el equipo ‘tiburón’-símbolo y orgullo de mi natal Barranquilla- se mantiene intacta.

Los 90 minutos resultan de sufrimiento, algunos de los protagonistas no venían jugando con regularidad y la actuación de los árbitros perjudica en varias ocasiones al visitante. Un 2-1 a favor del Once Caldas empata la serie 4-4 y obliga a la definición desde el punto penal. Finalmente el Junior de Barranquilla se impone 2-4 y sólo un puñado de hinchas brincan de emoción al interior del Palogrande. Dos de ellos éramos Leo y yo. La multitud abandona en estampida el escenario deportivo y quedamos sólo unos cuantos aplaudiendo a los héroes que hoy le entregan la alegría de un título al pueblo barranquillero.

Sólo aquél a quien la geografía colocó en un rincón futbolero y cultivó el amor por unos colores que lo representan puede comprender lo que se siente ser Campeón. Algunos subvalorarán la hazaña con argumentos vanos como que nuestro fútbol es pobre, o que nos acompañó la suerte. Otros nos calificarán de insensatos. Y mientras tanto… Barranquilla está de fiesta.

http://www.youtube.com/watch?v=aUlxEPeLuEs

JPDR
Bogotá, diciembre de 2011
En Twitter: @JuanPDíazR

Sunday, December 11, 2011

¡GRANDE 'CHECHÉ'!

No sería justo esperar el desenlace de esta llave para admitir que 'Cheché' es la gran sorpresa y figura de este Junior versión 2011-2. Llegó bajo la resistencia de diversos sectores que lo catalogaban de fracasado, de técnico 'quemado', y no sé qué otras cosas. Desde el comienzo impuso su estilo, hizo variantes tácticas sobre lo que venía trabajando su colega Jorge Luis Pinto, y se inclinó más por un estilo 'comesañista'. Rápidamente comprendió no sólo las virtudes y carencias de su equipo, sino que supo manejar los ánimos del grupo. Terminó blanqueando a jugadores poco rendidores que recibían oportunidades en demasía, como Braynner García, Sergio Otálvaro y Luis Páez, mientras que creyó en otros que venían relegados a la fría banca, como Jáider Romero, Luis Carlos Ruiz y Vladimir Hernández.

'Cheché', un 'cachaco barranquillerizado', pues comprendió con inmejorable amplitud la idiosincrasia no sólo del jugador barranquillero, sino de la afición barranquillera. Aplicó una estrategia de rotación de nómina que no se veía desde la segunda temporada del 2004, donde Junior resultaría campeón, pero con el mérito de haber logrado el primer lugar en la fase regular del torneo, un hecho que podría no tener precedentes en nuestra historia futbolera; pero eso se lo dejo mejor a los estadígrafos, ya que no tengo certeza.

¡Gracias 'Cheché'! ¡Qué grande has sido y qué grande has hecho a este Junior!

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Yo antes de empezar este torneo dije lo siquiente: "nadie sacará adelante a este Junior que cuenta con apenas tres talentosos: Sebastián Viera, Luis Carlos Ruiz y Carlos Bacca". Ni siquiera me atrevía a sumar a Giovanni, porque lo veía lejos de aquel fantástico nivel que mostró en la era Comesaña. Sin embargo Cheché nos mostró otros talentosos Jáider Romero -olvidado por algunos-, Luis Nárvaez y Vladimir Hernández, acompañados por un Giovanni 'recargado', un Ringo en alza, un Jossimar volviendo a su nivel, y un Juan David Valencia cobrando tiros libres y abriendo la cancha por su banda. Con lo anterior se consolidó un equipo que alcanzó merecidamente el primer lugar en la fase del todos contra todos, y que podría llegar a ser campeón.

En el partido pasado frente a Chicó hubo una variante obligada que me causó terror, el ingreso de Braynner 'Galleta Griega' García en la posición de back central. No era para menos, es de lejos el jugador más limitado entre los más limitados -los centrales- de la nómina; incluido en el banco por el galimatías de su polifuncionalidad.

Su actuación fue tenebrosa, en la que mostró un absoluto desconocimiento de la posición, desapareciendo de su zona permanentemente en los retrocesos y en los agrandes, llegando al espacio a riesgo -como lo haría un '6'-, jugando mal por arriba y siendo errático en el pase largo. Por fortuna Chicó atacó muy poco, y en las jugadas de 'tándem' logró la puntillada que despejó la esférica. Sin embargo cometió errores impresionantes, como colocar un centro al punto penal de su propia área que le llegó al jugador Chicas, que por fortuna no lograron capitalizar los boyacenses. En otra jugada regaló el balón, y en la jugada inmediatamente siguiente provocó un tiro de esquina sin la menor necesidad, en un intento fallido por entregarle el balón con la cabeza a 'Peto'. En un tiro de esquina pudo enmascarar su paupérrimo nivel futbolístico marcando un gol en un centro de tiro de esquina que le llegó perfecto, pero la martilló mal y se perdió la ocasión.

Hoy 'Cheché' ha determinado que irá Jhon Valencia en lugar de la débil 'Galleta Griega'. Buena energía al paisa que ha sido titular en las dos últimas finales que alcanzó el equipo tiburón.

No sé si Junior gane, empate o pierda, pero no me retractaré de haberlo dicho: ¡'GRANDE CHECHÉ'!

Juan Pablo Díaz R.
En Twitter: @JuanPDíazR

Monday, June 6, 2011

DE CÚCUTA A CARACAS

Todo empieza en la Terminal de Transporte Terrestre de la ciudad de Cúcuta, donde al entrar los encargados de las casas de cambio se disputan a quien pase frente a ellos ofreciéndole la mejor tasa de pesos a bolívares, o viceversa.

Luego del frustrante intento de un ciudadano colombiano por obtener la visa venezolana, enfrentando las barreras de interminables filas, zonificaciones nacionales, atención según terminación del número de cédula, presentación de extractos bancarios refrendados con el sello del banco emisor, certificación de las vacunas de fiebre amarilla y AH1N1, y cualquier cantidad de certificados y documentos que no requiere el ciudadano colombiano que cruce por aire la frontera, la única alternativa para llegar a la tierra de Bolívar será cruzar con algún ‘pirata’ con doble nacionalidad experto en concluir con éxito la primera etapa de la travesía.

Al llegar al control multi-carril de ingreso al vecino país, poco después del municipio venezolano de San Antonio, un guardia solicita la presentación de la cédula o en su defecto el pasaporte, con visa incluida para el caso del ciudadano colombiano. Cámaras vigilan el proceso. El ‘pirata’ invita al oficial a abrir el baúl, este toma un objeto punzante y lo introduce a través de las paredes de cada pieza de equipaje. Luego de terminar el proceso el guardia se retira sin solicitar documento alguno. Ha encontrado su premio al abrir el baúl, un billete verde de 50 bolívares (Unos 11.000 pesos colombianos).

Empieza el camino hacia San Cristóbal, surcando la montaña. Para evadir el siguiente retén, el pirata conoce una ruta de calles empinadas, pendientes difícilmente superables si la gravedad no estuviera a favor del peso del vehículo. Ya el viaje se tiñe color de aventura. Aún falta un retén más, pero coincide con la ruta de un bus urbano que los guardias venezolanos jamás detienen, y que se convierte en una especie de puerta a través de la que un ciudadano colombiano despapelado se torna invisible e invulnerable. Ya del otro lado la ruta continúa con el pirata.

En el Terminal de Transporte de San Cristóbal se puede cenar un plato de ‘cochino’ (cerdo) con yuca, antes de descubrir que ningún bus con destino a Caracas embarcará a un colombiano sin papeles. Nadie se aventura a pasar sobre las múltiples ‘alcabalas’ (puestos de control policial), fijas y móviles, que vigilan esa ruta con un colombiano sin visa de pasajero. Pero hay un destino más simple: Barquisimeto.

Sólo habrá que superar 3 alcabalas en esa ruta. En la primera alcabala, un colombiano podría, por ejemplo, hacerse pasar por conductor del bus, un simple cambio de camisas lo exonerará de enseñar papeles. Para el policía cuesta más un posible ilegal que la verificación de una licencia de conducción. En la segunda alcabala, un colombiano podría contar con la suerte de que los policías no pidieran documentos y se limitasen, pasadas las 4 de la mañana, a revisar los compartimientos del vehículo. En la última alcabala, un trío de policías, podrían preferir reparirse 100 bolívares que la molestia de verificar los documentos de unos pasajeros que, pasadas las 6 de la mañana, procuran dormir en sus asientos soportando el inclemente frío al interior del bus. A las 9 de la mañana un colombiano está casi del otro lado, ya en Barquisimeto el resto del recorrido para llegar hasta Caracas es más simple.

En el terminal de Barquisimeto algún pirata recorrerá sin verificación de legalidad transnacional, con un vehículo de alto cilindraje y cinco pasajeros cualesquiera abordo, la ruta que a una velocidad de 150km/h, conduce en 4 horas a la capital venezolana. En un parpadeo, y con un agotamiento extremo, pasadas las 3 de la tarde, un colombiano despapelado, habrá logrado la proeza de pisar la capital venezolana sin una visa difícil de obtener para llegar a un lugar donde, sin una explicación racional, cientos de colombianos más habrán procurado ese mismo día la misma hazaña. Algunos habrán tenido éxito, otros no.

Una cifra aproximada de 600 bolívares (unos 130 mil pesos colombianos) se habrá quedado en el camino. Algunos ‘bolos’ habrán sido cambiados por transporte, otros por comida, y otros más habrán sido el equivalente a la cédula venezolana.

Juan Pablo Díaz
Bogotá, 2011.
Twitter: @JuanPDiazR

Wednesday, May 4, 2011

¡VISÇA JUNIOR!

Las calles de Barcelona se engalanan con catalanes vestidos con camisetas rayadas de rojo y blanco, no se trata de la casaca del Atlético de Madrid, ni de Estudiantes de la Plata, mucho menos de las Chivas de Guadalajara, se trata del Atlético Júnior de Barranquilla. La duda no asalta a los despistados, porque perfectamente visible en el pecho de los hinchas culé-quilleros se advierte una muñeca de colosal cabeza con el pulgar levantado.

Los bares de Catalunya se preparan con un sobre inventario de cerveza, mayormente de Águila, y Águila Light para quienes no toman cerveza. Si a algún ‘traidor’ se le ve vestido con la camiseta de los Jaguares de Chiapas se le mira con desprecio, se le rechaza socialmente, peor aún si es la ‘10’ de Jackson Martínez. Empiezan a rodar las apuestas, mayormente a favor del cuadro currambero, el que ponga 10 euros por Junior recibiría 15, el que ponga 10 euros por Jaguares recibiría 30.

En perfecto catalán los hinchas culés-tiburones sugieren que la cantante Rosario inicie un romance con el zaguero cartagenero Harold Macías. La camiseta más repetida es la del vallecaucano Giovanni Hernández, a quien los catalanes consideran uno de sus grandes ídolos. En las calles se ven guindadas de poste a poste por vendedores de andén las camisetas de Carlos Bacca, César Fawcett y sorpresivamente la de Brayner García, a quien apodan el “Busquets” criollo; por el biotipo, claro está.

Arranca el partido en el majestuoso Metropolitano Roberto Meléndez de Barranquilla, mítico escenario en el que todo catalán sueña con algún día estar apoyando al equipo de sus amores. De repente Giovanni Hernández lanza un pase profundo para Carlos Bacca, entra en velocidad por izquierda de afuera hacia adentro cuando un defensor mexicano lo derriba cerca al área. La gente se enardece en los bares de Catalunya, y aseguran que la falta fue dentro del área. Se prepara Giovanni Hernández para ejecutar con derecha, remata sobre la barrera y el guardameta mexicano la desvía al córner.

El partido transcurre lentamente, los mexicanos se defienden, el cuadro tiburón, representante de Barranquilla en el torneo continental más importante de América, ataca desordenadamente y no logra la anotación que le asegure el paso a los cuartos de final. El tiempo se agota.

Los hinchas culé-quilleros empiezan a insultar a Quintabani, le dicen “burro”, y adjuntan adjetivos que en su lengua no son suficientemente claros. El sufrimiento es evidente. A varios se les ve comiéndose las uñas. Algunos consagrados hinchas aprovechan para controvertir sobre momentos históricos del cuadro barranquillero, alguno cuenta sobre el paso del seudónimo ‘miuras’ a ‘tiburones’, otro reflexiona sobre la época dorada en la que no fue posible avanzar de primera ronda en la Libertadores. Un hincha cuenta en catalán episodios de la Libertadores del ‘94, al tiempo que enseña la espalda de su camiseta, con el número ‘13’ y debajo el apellido ‘Grau’.

El Periódico de Catalunya, La Vanguardia y ADN Barcelona actualizan minuto a minuto lo acontecido en el cotejo realizado en Colombia a través de sus cuentas de Twitter. El HT JuniorVsJaguares se convierte en Trending Topic en toda la península ibérica, principalmente en Catalunya, por supuesto. Periodistas especializados discuten en las diferentes emisoras, en algunos casos en español, en otros en Catalán. Norberto Peluffo y Juan José Peláez participan de dos programas radiales que pujan por el mayor raiting.

Sobre el final del partido el técnico Óscar Héctor Quintabani decide sacar a Giovanni Hernández para la ovación, e incluir al barranquillero José ‘Ringo’ Amaya. Se levanta Catalunya entera para ovacionar al crack colombiano al tiempo que corean el apodo del jugador que luego de una mala temporada salta al terreno de juego para mantener el marcador que clasifica a los tiburones: “¡Riiiiingooo! ¡Riiiiingooo! ¡Riiiiingooo!...”.

El partido termina a cero goles, el Junior clasifica a cuartos de final, los catalanes se abrazan, a algunos se les salen las lágrimas, otros se quitan la camiseta y la agitan mientras saltan desaforados. Empiezan a mandar cadenas por Black Berry burlándose de los eliminados Jaguares y desafiándolos a seguir intentándolo. Rápidamente cambian su foto de perfil por una del escudo de Junior, de ellos mismos con la casaca juniorista, o incluso ponen una fotografía del otrora ídolo samario Carlos ‘El Pibe’ Valderrama.

En medio del desorden gritan en coro con las jarras de cerveza levantadas: ¡Visça Junior¡ ¡Visça Junior¡ ¡Visça Junior!

Juan Pablo Díaz R.
Twitter: @JuanPDíazR