Él tiene el pelo corto, yo un poco largo, dicen que nos parecemos, pero cada vez noto mayor distancia en el supuesto parecido. Él conduce un auto deportivo, yo salto del bus 49 a la línea naranja, y de ahí a la azul del tren. Él tiene varias cuentas bancarias, yo tengo una alcancía sólo de ‘pennies’. Él vive en un apartamento estrato 6, yo no sé si el próximo mes seguiré en la misma habitación en la que dormí anoche. Él lee los principales diarios, yo sólo escribo mis más idas ideas. Él sabe matemáticas, yo filosofía. Él escucha a Fito Páez, yo a Ricardo Arjona. Él comprende ciclos de potencia de vapor, yo los ciclos del transporte público en Chicago. Él viste de camisa y pantalón, yo de camiseta y jeans. Él madruga, a mí Dios me ayuda. Él toma whiskey, yo creatina con dextrosa. El vive en el tercer mundo, yo en el primero, sin embargo él es alguien allá, y yo nadie aquí. El conduce por la Vía 40, la 46 y la 84, yo camino por la Western, la Ashland y la Milwaukee.
Encontrando tantas diferencias no entiendo en qué nos parecemos, sin embargo creo que en algo debe ser, si lo dice tanta gente. Espero volverlo a ver algún día, es un buen tipo, aunque lo culpe un poco de todo, sé que volveremos hablar, no por ahora, pero volveremos a hablar.
JPDR (Chicago, 2008)
* Ensayo Original: "HE AND ME"
Twitter: @juanpdiazr
Saturday, August 18, 2012
Wednesday, August 8, 2012
HOMENAJE A LA SABANA
Caminaba por una calle cualquiera en una tarde oscura, de ésas que son comunes en la capital. Nubes negras opacaban el día obstruyendo la luz y el calor del sol. Entonces entré a un pequeño restaurante y me atendió una mujer con un acento fuerte y ‘golpeadito’. Estuve seguro de que era una mujer sabanera. Me ofreció varias alternativas, pero esta vez no dudé en pedirle carne de res (jamás pido carne de res en Bogotá).
Sin riesgo a equivocarme puedo afirmar que la mejor comida de Colombia se prepara en la bella sabana de Sucre y Córdoba. Me llegó una sopa muy distinta a la de pasta, arroz, o el tal ‘cuchuco’; un plato de frutas, una yuca que antes no probé en esta tibia ciudad, y la mejor carne que me hayan servido en la capital. – Esta vaca no era de por aquí – me dije.
Además me trajo un postrecito sabanero de esos que son una especie de quesillo bañado en miel. Por un momento me trasladé hasta el río Sinú, charlé con un vendedor de caimitos enormes y destapé un bollo envuelto en hoja de bijao. Pasado el “déjà vu” volví a la mesa de mantel azul dónde ahora reposaban cuatro platos vacíos, una cuchara, un tenedor grande, un tenedor pequeño, una cucharita y un vaso.
Y es que grato es el recuerdo que tengo de los viajes en los que atravesé aquellas tierras, de donde son originarios el sombrero ‘vueltiao’ -hoy símbolo nacional- las hamacas, los Festivales de la Ganadería, del Burro, y del porro, y claro, el mote de queso con ñame.
En el año 2002, una noche de diciembre en Montería, en un lugar que se llamaba ‘Kápital’ vi a una mujer de facciones perfectas, que llevaba puesta una blusa blanca con un dibujo rojo tallado en piedrecillas brillantes. Su rostro permanecería indeleble en mi memoria. A la mañana siguiente partí rumbo al sur. Luego de ese viaje supe que aquella región haría parte de mi historia.
Juan Pablo Díaz
(Escrito en Bogotá, 2009)
Twitter: @juanpdiazr
Sin riesgo a equivocarme puedo afirmar que la mejor comida de Colombia se prepara en la bella sabana de Sucre y Córdoba. Me llegó una sopa muy distinta a la de pasta, arroz, o el tal ‘cuchuco’; un plato de frutas, una yuca que antes no probé en esta tibia ciudad, y la mejor carne que me hayan servido en la capital. – Esta vaca no era de por aquí – me dije.
Además me trajo un postrecito sabanero de esos que son una especie de quesillo bañado en miel. Por un momento me trasladé hasta el río Sinú, charlé con un vendedor de caimitos enormes y destapé un bollo envuelto en hoja de bijao. Pasado el “déjà vu” volví a la mesa de mantel azul dónde ahora reposaban cuatro platos vacíos, una cuchara, un tenedor grande, un tenedor pequeño, una cucharita y un vaso.
Y es que grato es el recuerdo que tengo de los viajes en los que atravesé aquellas tierras, de donde son originarios el sombrero ‘vueltiao’ -hoy símbolo nacional- las hamacas, los Festivales de la Ganadería, del Burro, y del porro, y claro, el mote de queso con ñame.
En el año 2002, una noche de diciembre en Montería, en un lugar que se llamaba ‘Kápital’ vi a una mujer de facciones perfectas, que llevaba puesta una blusa blanca con un dibujo rojo tallado en piedrecillas brillantes. Su rostro permanecería indeleble en mi memoria. A la mañana siguiente partí rumbo al sur. Luego de ese viaje supe que aquella región haría parte de mi historia.
Juan Pablo Díaz
(Escrito en Bogotá, 2009)
Twitter: @juanpdiazr
Sunday, August 5, 2012
I’VE GOT
A bunch of letters I received between 1994 and 1998. My story, written in 1996. A two hundred pages book in hard blue covers I wrote in 1997. A few collars I bought in Clair’s, with pendants that would change their color, which I never put on. A pair of brown high heel shoes, which I keep in honor to nostalgia. 32 bottles of the same perfume. A few pennies that bring me good luck. A blue nail clipper with a little sun flower. A few notebooks that I filled out between 1986 and 1989. A poster I received the day of my birthday in year 2000, with a note written in Timoteo’s style, which I can hardly open. A picture I stole in High School from the billboard. A piece of a news paper of 1990 with me on it raising a trophy. An honor distinction I achieved in 1986, when I was still a tolerable demon. Three diplomas. An incurable lesion. Five scars on my face. Three calluses from fractures. A head-gear I used in 1993 in order to accelerate my orthodoxy treatment. A parchment which assures I’m a professional climber of trees of mangos, plums and some other tropical fruits. A few scraps with images of Mike Tyson knocking down his opponents. A big purple comb. Some event id’s from the ones I went to. Cassettes in a format I can’t reproduce. A bunch of wallets and perfumes in their original boxes, as they gave them to me. Scraps of canvas with the word “Mayara” on them, which were printed in 2001. An agenda with the ‘arjes’ of Thales of Miletus and Anaximenes, the theories of knowledge of Socrates and Plato, the list of the representatives of the Scholastic, and the debate between the rationalists and the empirics. A ten peso bill with the image of Antonio Nariño. A writing that says because I was born under the sign of Leo I’m a courageous man with an audacious thinking. A letter I received in April of 2003. A worn out trophy, the same one I was raising in the news paper picture. Seven identical jerseys, striped red and white, with the emblem of a famous Colombian beer.
I’m down, a little upset, somewhat nostalgic, very confused. Behind I leave a few things I never meant lo leave, I ignore if beyond I’ll find what I’m hoping for.
Juan P Díaz
(Barranquilla, 2007)
Twitter: @juanpdiazr
I’m down, a little upset, somewhat nostalgic, very confused. Behind I leave a few things I never meant lo leave, I ignore if beyond I’ll find what I’m hoping for.
Juan P Díaz
(Barranquilla, 2007)
Twitter: @juanpdiazr
Friday, August 3, 2012
EL PROTAGONISTA DE NOVELA
Estudié en un colegio de sólo varones, donde la costumbre era que los profesores se dirigieran a los estudiantes por el apellido, e igual ocurría entre compañeros. A mi casa llamaban con frecuencia: por favor con Díaz – aquí todos somos Díaz – el que está en décimo grado, el que va al estadio todos los domingos, el que parece que llevara siempre un casco de motociclista – ¿Juan Pablo? – Sí, ése.
Algunos profesores me llamaban por mi segundo apellido, Rondón, que era menos común y más sonoro. En mi época de colegio tuve los mejores amigos de mi corta historia. Uno de ellos sería, algunos años después, uno de los seleccionados por Barranquilla para el reality-show boom del momento: Protagonistas de Novela.
Seis años antes de Protagonistas De Novela:
Juan, Una señora me ofreció participar en un casting para un comercial– ¿Y quién era esa señora? – Dizque de una agencia de modelos – Bueno, ve – No tengo ganas de ir – ¿Por qué? – No sé, nunca he ido a un casting, no sé cómo sea eso – Vamos, yo te acompaño.
Fuimos y ambos participamos del dichoso casting. Él quedó para el comercial, yo no. De la misma forma lo acompañé al menos a 3 castings más. Todas las veces él quedó, todas las veces a mí me dieron las gracias por haber participado. – ¡Hey, Lo hiciste genial! – Me decía siempre, pero el que quedaba era él. Recuerdo incluso haberlo acompañado alguna vez a una grabación en Santa Marta.
Pasaron los años. Partidos de fútbol en canchas de parque, literatura de Anthony De Melo, canciones de los Enanitos Verdes, Carnavales, un viaje a Coveñas, un viaje a Santa Marta, un par de viajes a Cartagena, más partidos de fútbol, amigos, comparsas, pruebas de fuerza en las barras del parque de la Electrificadora, abdominales, juego de tiros libres sin barrera en la cancha de la Universidad... Cada vez que tuvo un nuevo casting, evento o sesión de fotos, buscó ropa en mi clóset, y cada prenda que extrajo jamás regresó, entre ellas mi camiseta de Maradona, que la vi por última vez el día que por alguna extraña razón se la llevó.
Nunca me avisó antes de internarse en una casa en Buenos Aires donde grabarían el programa. Por supuesto nunca dejé de ver a mi amigo, a mi gran amigo. Voté un montón de veces en el internet cuando estuvo acusado en el banquillo. Recuerdo que su peor jugada fue en alguna fase del concurso haber votado en contra de una barranquillera. En Barranquilla muchos televidentes no se lo perdonaron. Me vi todos los capítulos hasta el día que lo sacaron. Nunca más volví a sintonizar el programa luego de su salida.
El día que salió, sus familiares y amigos más cercanos lo esperaban en Barranquilla con una camiseta negra con su nombre en el pecho en letras blancas. Excepto yo, que tenía una camiseta roja. La broma me costó el odio desmesurado y perpetuo de una de sus tías.
Hoy, que pasaron nueve años más, entiendo que los amigos que se hacen a temprana edad duran para siempre, así se vayan, así sólo aparezcan de vez en cuando, el afecto y la confianza se sostienen en el tiempo. Había un cuento de Anthony De Melo que a ambos nos gustaba, y el cual incluí en alguno de mis escritos remotos:
Sr., mi amigo salió hace más de una hora para el campo de batalla y aún no regresa, solicito permiso para ir a buscarlo – Permiso denegado –replicó el oficial– No permitiré que arriesgue usted su vida por un hombre que probablemente ha muerto. El soldado haciendo caso omiso de la prohibición salió a buscarlo y regresó mortalmente herido transportando el cadáver de su amigo. – ¡Ya le dije yo que había muerto! Ahora no he perdido a uno, sino a dos de mis hombres; dígame, ¿merecía la pena ir allá para traer un cadáver? – Claro que sí, Sr., cuando llegué todavía estaba vivo y pudo decirme “Jack, estaba seguro de que vendrías”.
Juan Pablo Díaz R.
(Bogotá, 2012)
Twitter: @JuanPDiazR
Algunos profesores me llamaban por mi segundo apellido, Rondón, que era menos común y más sonoro. En mi época de colegio tuve los mejores amigos de mi corta historia. Uno de ellos sería, algunos años después, uno de los seleccionados por Barranquilla para el reality-show boom del momento: Protagonistas de Novela.
Seis años antes de Protagonistas De Novela:
Juan, Una señora me ofreció participar en un casting para un comercial– ¿Y quién era esa señora? – Dizque de una agencia de modelos – Bueno, ve – No tengo ganas de ir – ¿Por qué? – No sé, nunca he ido a un casting, no sé cómo sea eso – Vamos, yo te acompaño.
Fuimos y ambos participamos del dichoso casting. Él quedó para el comercial, yo no. De la misma forma lo acompañé al menos a 3 castings más. Todas las veces él quedó, todas las veces a mí me dieron las gracias por haber participado. – ¡Hey, Lo hiciste genial! – Me decía siempre, pero el que quedaba era él. Recuerdo incluso haberlo acompañado alguna vez a una grabación en Santa Marta.
Pasaron los años. Partidos de fútbol en canchas de parque, literatura de Anthony De Melo, canciones de los Enanitos Verdes, Carnavales, un viaje a Coveñas, un viaje a Santa Marta, un par de viajes a Cartagena, más partidos de fútbol, amigos, comparsas, pruebas de fuerza en las barras del parque de la Electrificadora, abdominales, juego de tiros libres sin barrera en la cancha de la Universidad... Cada vez que tuvo un nuevo casting, evento o sesión de fotos, buscó ropa en mi clóset, y cada prenda que extrajo jamás regresó, entre ellas mi camiseta de Maradona, que la vi por última vez el día que por alguna extraña razón se la llevó.
Nunca me avisó antes de internarse en una casa en Buenos Aires donde grabarían el programa. Por supuesto nunca dejé de ver a mi amigo, a mi gran amigo. Voté un montón de veces en el internet cuando estuvo acusado en el banquillo. Recuerdo que su peor jugada fue en alguna fase del concurso haber votado en contra de una barranquillera. En Barranquilla muchos televidentes no se lo perdonaron. Me vi todos los capítulos hasta el día que lo sacaron. Nunca más volví a sintonizar el programa luego de su salida.
El día que salió, sus familiares y amigos más cercanos lo esperaban en Barranquilla con una camiseta negra con su nombre en el pecho en letras blancas. Excepto yo, que tenía una camiseta roja. La broma me costó el odio desmesurado y perpetuo de una de sus tías.
Hoy, que pasaron nueve años más, entiendo que los amigos que se hacen a temprana edad duran para siempre, así se vayan, así sólo aparezcan de vez en cuando, el afecto y la confianza se sostienen en el tiempo. Había un cuento de Anthony De Melo que a ambos nos gustaba, y el cual incluí en alguno de mis escritos remotos:
Sr., mi amigo salió hace más de una hora para el campo de batalla y aún no regresa, solicito permiso para ir a buscarlo – Permiso denegado –replicó el oficial– No permitiré que arriesgue usted su vida por un hombre que probablemente ha muerto. El soldado haciendo caso omiso de la prohibición salió a buscarlo y regresó mortalmente herido transportando el cadáver de su amigo. – ¡Ya le dije yo que había muerto! Ahora no he perdido a uno, sino a dos de mis hombres; dígame, ¿merecía la pena ir allá para traer un cadáver? – Claro que sí, Sr., cuando llegué todavía estaba vivo y pudo decirme “Jack, estaba seguro de que vendrías”.
Juan Pablo Díaz R.
(Bogotá, 2012)
Twitter: @JuanPDiazR
Tuesday, July 31, 2012
MEDIA MARATÓN DE BOGOTÁ 2012
En 1986, empezó mi historia un día en el que Diego Maradona empalmó con el borde interno de su botín zurdo, sobre el límite de las 6 yardas, un balón que terminó al fondo de la red del pórtico italiano. Desde entonces amo el fútbol, y no me cabe duda de que lo amaré por siempre. No soy hábil para correr, como lo era el Diego, de hecho soy lento, muy lento. Sin embargo, he corrido por cuatro años consecutivos la versión recreativa de la Media Maratón de Bogotá: los 10km.
La razón por la que corro en Bogotá cada año es porque considero que el evento de la Media Maratón -dicen aquí que la competencia más importante de Latinoamérica- es lo más parecido a la Batalla de Flores barranquillera. Es un evento que moviliza miles de personas entre corredores, patrocinadores y espectadores, y en el que se ve una euforia generalizada que no he visto superada en algún otro momento del año en esta tibia capital.
En esta competencia 2012, llegué a la esquina de la Avenida 68 con Calle 53; no sabía en ese momento lo lejos que estaba del punto de partida. Llegué más tarde que nunca, pasadas las 11:00am, cuando ya la categoría de los viejitos, en la que siempre corro, había partido. Me confundí por las instrucciones de un papel publicitario, ya que es común que año tras año se modifiquen los puntos de encuentro y recorridos. Corrí a fondo hasta que 2km adelante, por fin llegué al punto de partida. Completamente exhausto sin haber aún empezado el recorrido inicié con un hombre de cerca de 60 años y una mujer de cerca de 45. Les seguí el paso a los dos hasta completar el primer kilómetro, que increíblemente no hacía parte de los 10.
Ahora por fin empieza la carrera, el hombre de 60 años galopa ante mi mirada ya borrosa y su figura se desvanece en el horizonte. Aún le sigo el paso a la mujer de cerca de 45 años. Es difícil no abstraerse cuando ya los ánimos flaquean, las rodillas pesan y el recorrido apenas empieza.
Faltan 7km: pese a que lucía como un barril, por lo romo, y a que mi cabello parecía un casco, con ese aspecto caricaturesco ingresé a la escuela de taekwondo. Me destaqué. Desarrollé la capacidad de levantar cualquiera de mis piernas por encima del nivel de mi cabeza. Aprendí a vencer el miedo cuando tuviera que enfrentarlo. Llegué hasta cinturón verde. Lamento mucho no haber continuado.
Me le adelanto a la mujer con la que partí de la meta. No la veo. No recuerdo que me haya superado. Hay un hombre en muletas procurando vencer el recorrido.
Faltan 6km: la conocí exactamente el 26 de junio de 1993. Estaba vestida de blanco y naranja. Yo tenía unos jeans y una camiseta roja, blanca y negra. Ella tenía el cabello negro y los ojos muy oscuros. Desde entonces me seducen los ojos oscuros. Después de aquel día nunca me atreví a buscarla. Todavía soy un poco así.
Alcanzo a unas viejitas que llevan una camiseta de Carrefour color azul. Con esfuerzo logro superarlas y seguir corriendo con una diferencia cercana a los 7 minutos entre kilómetro y kilómetro, según señala mi cronómetro. Seguramente más del doble del tiempo del más flojo de los kenianos.
Faltan 5km: por accidente terminé en el grupo que practicaría hockey durante todo el año. Nunca había jugado hockey. Tenía unos patines Roller Derby que sin embargo dominaba. Conocí a varios de un grado inferior con quienes compartíamos el horario de deportes. Hice un par de amigos. Jugábamos fútbol en un costado de la cancha del colegio casi todas las semanas y sólo a veces practicábamos el hockey. Me quedé en aquella disciplina por varios años, sin practicarla o aprenderla.
Me duelen las rodillas. Trato de correr a mayor zancada y elevando los muslos. Alivia las rodillas, pero siento que me agoto más.
Faltan 4km: inicié la pretemporada con el equipo de los Softmores, desde el cual esperaba ascender al de los Juniors, o quizá al Varsity. La posición que me dieron fue la de volante ‘8’, la cual no conocía bien. Marqué un gol de tiro libre en el segundo partido. Antes del tercer partido volvió la peor enemiga que he tenido en vida, mi rotura fibrilar de cuádriceps. Me negué a decirle al entrenador lo que pasaba, intenté jugar sólo con mi otra pierna pero la lesión se agudizó. Estuve 6 semanas incapacitado y sólo pude volver a jugar los últimos diez minutos del partido final de la temporada.
Siento que se me ampollan los meñiques. La rodilla derecha me duele demasiado. En el último año no he corrido más que para huir despavorido de los carros que me aceleran cuando cruzo una calle en Bogotá.
Faltan 3km: llegó el último de mis días en la escuela de South-West al sur de Minneapolis. Logré hacer más de 12 ‘dips’, Mr. Flandrick me dijo que lo lograría cuando aún no lograba la primera. Emilio y Ericel me organizaron un partido de despedida. La pelota rodó sobre la más densa nieve, a una temperatura inferior a los -15ºC. Le dejé al ‘Diablo’ el retrato que dibujé a lápiz para la clase de arte, en el que obtuve la más alta calificación. Mrs. Smith me despidió con algo de nostalgia en su expresión.
Alcanzo a un viejito de no menos de 75 años a quien todos en las aceras le aplauden al paso. No entiendo por qué no me aplauden a mí, si es claro que hago un mayor esfuerzo.
Faltan 2km: el día que decidí partir del hogar de mis padres me mudé a una casa que en el patio tenía una mezcla de médano, piedras y maleza. Compré una podadora. Las calles no tenían pavimento, y tras las lluvias se volvían un lodazal. No había alcantarillado, sólo pozos sépticos. Comía lisa todos los días, sin excepción; la docena costaba $2000. El día que me fui dejé en aquel patio el más bello jardín.
La pierna derecha me falla y tengo que detenerme. Levanto la pierna sobre un bolardo en la acera e intento recuperarla para seguir. Pierdo cerca de 3 minutos. Logro continuar.
Falta 1km: un día tomé un autobús del Greyhound desde Chicago hasta Nueva York. Estuve decidido a abandonar aquella metrópoli mágica en la que me sentí caer derrotado. Esa ruta, por esa vía, duraba 24 horas. Ya antes la había recorrido dos veces, pero esta vez me subí sin un solo dólar. Una señora que se bajó en Toledo dejó un billete de $20 en mi chaqueta. Tuvo que ser ella, no pudo ser más nadie. No sé por qué lo hizo, nunca le dije que no llevara dinero.
Vuelvo a encontrarme con el admirable viejito, y en un acto de gallardía extrema acelero el paso. Creo que logro sacarle 5 metros antes de la meta.
Juan Pablo Díaz
(Bogotá, 2012)
Twitter: @juanpdiazr
La razón por la que corro en Bogotá cada año es porque considero que el evento de la Media Maratón -dicen aquí que la competencia más importante de Latinoamérica- es lo más parecido a la Batalla de Flores barranquillera. Es un evento que moviliza miles de personas entre corredores, patrocinadores y espectadores, y en el que se ve una euforia generalizada que no he visto superada en algún otro momento del año en esta tibia capital.
En esta competencia 2012, llegué a la esquina de la Avenida 68 con Calle 53; no sabía en ese momento lo lejos que estaba del punto de partida. Llegué más tarde que nunca, pasadas las 11:00am, cuando ya la categoría de los viejitos, en la que siempre corro, había partido. Me confundí por las instrucciones de un papel publicitario, ya que es común que año tras año se modifiquen los puntos de encuentro y recorridos. Corrí a fondo hasta que 2km adelante, por fin llegué al punto de partida. Completamente exhausto sin haber aún empezado el recorrido inicié con un hombre de cerca de 60 años y una mujer de cerca de 45. Les seguí el paso a los dos hasta completar el primer kilómetro, que increíblemente no hacía parte de los 10.
Ahora por fin empieza la carrera, el hombre de 60 años galopa ante mi mirada ya borrosa y su figura se desvanece en el horizonte. Aún le sigo el paso a la mujer de cerca de 45 años. Es difícil no abstraerse cuando ya los ánimos flaquean, las rodillas pesan y el recorrido apenas empieza.
Faltan 7km: pese a que lucía como un barril, por lo romo, y a que mi cabello parecía un casco, con ese aspecto caricaturesco ingresé a la escuela de taekwondo. Me destaqué. Desarrollé la capacidad de levantar cualquiera de mis piernas por encima del nivel de mi cabeza. Aprendí a vencer el miedo cuando tuviera que enfrentarlo. Llegué hasta cinturón verde. Lamento mucho no haber continuado.
Me le adelanto a la mujer con la que partí de la meta. No la veo. No recuerdo que me haya superado. Hay un hombre en muletas procurando vencer el recorrido.
Faltan 6km: la conocí exactamente el 26 de junio de 1993. Estaba vestida de blanco y naranja. Yo tenía unos jeans y una camiseta roja, blanca y negra. Ella tenía el cabello negro y los ojos muy oscuros. Desde entonces me seducen los ojos oscuros. Después de aquel día nunca me atreví a buscarla. Todavía soy un poco así.
Alcanzo a unas viejitas que llevan una camiseta de Carrefour color azul. Con esfuerzo logro superarlas y seguir corriendo con una diferencia cercana a los 7 minutos entre kilómetro y kilómetro, según señala mi cronómetro. Seguramente más del doble del tiempo del más flojo de los kenianos.
Faltan 5km: por accidente terminé en el grupo que practicaría hockey durante todo el año. Nunca había jugado hockey. Tenía unos patines Roller Derby que sin embargo dominaba. Conocí a varios de un grado inferior con quienes compartíamos el horario de deportes. Hice un par de amigos. Jugábamos fútbol en un costado de la cancha del colegio casi todas las semanas y sólo a veces practicábamos el hockey. Me quedé en aquella disciplina por varios años, sin practicarla o aprenderla.
Me duelen las rodillas. Trato de correr a mayor zancada y elevando los muslos. Alivia las rodillas, pero siento que me agoto más.
Faltan 4km: inicié la pretemporada con el equipo de los Softmores, desde el cual esperaba ascender al de los Juniors, o quizá al Varsity. La posición que me dieron fue la de volante ‘8’, la cual no conocía bien. Marqué un gol de tiro libre en el segundo partido. Antes del tercer partido volvió la peor enemiga que he tenido en vida, mi rotura fibrilar de cuádriceps. Me negué a decirle al entrenador lo que pasaba, intenté jugar sólo con mi otra pierna pero la lesión se agudizó. Estuve 6 semanas incapacitado y sólo pude volver a jugar los últimos diez minutos del partido final de la temporada.
Siento que se me ampollan los meñiques. La rodilla derecha me duele demasiado. En el último año no he corrido más que para huir despavorido de los carros que me aceleran cuando cruzo una calle en Bogotá.
Faltan 3km: llegó el último de mis días en la escuela de South-West al sur de Minneapolis. Logré hacer más de 12 ‘dips’, Mr. Flandrick me dijo que lo lograría cuando aún no lograba la primera. Emilio y Ericel me organizaron un partido de despedida. La pelota rodó sobre la más densa nieve, a una temperatura inferior a los -15ºC. Le dejé al ‘Diablo’ el retrato que dibujé a lápiz para la clase de arte, en el que obtuve la más alta calificación. Mrs. Smith me despidió con algo de nostalgia en su expresión.
Alcanzo a un viejito de no menos de 75 años a quien todos en las aceras le aplauden al paso. No entiendo por qué no me aplauden a mí, si es claro que hago un mayor esfuerzo.
Faltan 2km: el día que decidí partir del hogar de mis padres me mudé a una casa que en el patio tenía una mezcla de médano, piedras y maleza. Compré una podadora. Las calles no tenían pavimento, y tras las lluvias se volvían un lodazal. No había alcantarillado, sólo pozos sépticos. Comía lisa todos los días, sin excepción; la docena costaba $2000. El día que me fui dejé en aquel patio el más bello jardín.
La pierna derecha me falla y tengo que detenerme. Levanto la pierna sobre un bolardo en la acera e intento recuperarla para seguir. Pierdo cerca de 3 minutos. Logro continuar.
Falta 1km: un día tomé un autobús del Greyhound desde Chicago hasta Nueva York. Estuve decidido a abandonar aquella metrópoli mágica en la que me sentí caer derrotado. Esa ruta, por esa vía, duraba 24 horas. Ya antes la había recorrido dos veces, pero esta vez me subí sin un solo dólar. Una señora que se bajó en Toledo dejó un billete de $20 en mi chaqueta. Tuvo que ser ella, no pudo ser más nadie. No sé por qué lo hizo, nunca le dije que no llevara dinero.
Vuelvo a encontrarme con el admirable viejito, y en un acto de gallardía extrema acelero el paso. Creo que logro sacarle 5 metros antes de la meta.
Juan Pablo Díaz
(Bogotá, 2012)
Twitter: @juanpdiazr
Saturday, June 30, 2012
CRECIENDO EN BOGOTÁ
Mi infancia me dio más de una herramienta para mi supervivencia años más tarde como adulto, y es que crecer en la tórrida Barranquilla es conocer, entre otras cosas, lo que es cerrar una cuadra con cuatro piedras y un balón de trapo, correr al escuchar la bocina del carrito del raspao, o hacer guerra de bolsitas de agua y maicena. Mi infancia, en principio solitario porque fui el mayor de tres varones, estuvo llena de momentos amenos fuera de las paredes del recinto que mis padres me dieron por hogar. Una tirada en picada sobre una patineta, trepadas en árboles de mamón, caimito, níspero y hasta los más complicados, el de hicaco y el de ciruela. Fracturé mi muñeca izquierda, mi clavícula derecha, alguna vez me quedó expuesta la tibia, me tomaron puntos de sutura cinco veces sólo en el rostro, y raspé tantas veces mis rodillas que aún hoy tengo una especie de callosidad en cada una.
Bogotá ha sido parte de mi vida de adulto, ciudad que aprendí a conocer al derecho y al revés, desde el Tunal hasta Toberín, desde Chapinero hasta Bosa, desde Carvajal hasta Álamos; inclusive toda provincia circundante, Sibaté, Madrid, Mosquera, Cota, Chía, Sopó. Entre más conozco esta ciudad menos me explico cómo puede hacer un niño para crecer en las entrañas de esta mole de concreto: tibia, oscura, saturada de personas y vehículos, y plagada de hollín.
Uno de cada 5 colombianos habita en esta urbe, que mueve un tercio de la economía nacional, en un mercado en el que vence, a veces, el mejor, y otras, el más barato, pero donde todos sobreviven. La capital no produce grandes personajes, ni deportistas, ni artistas, ni intelectuales, aducen algunos que debido al poco oxígeno disuelto en el aire a esta baja presión atmosférica. Pero, de nuevo, ¿Cómo hace un niño para tener infancia en esta colosal metrópoli?
Dejar a un niño creciendo en esta densa atmósfera es condenarlo a perderse de todo, a que su mundo sea lo que le muestre Nickelodeon, a que nunca se entere de lo que es recorrer el barrio en vacaciones con los demás niños, jugando a la ‘yeva’ congelada o al ‘escondite americano’, hasta la media noche. Impensable en una ciudad donde el único lugar medio seguro es el interior de la casa. Es que el Maloka y el Salitre Mágico reemplacen el agua del mar, la arena de la cancha, o el paseo en carreta por el parque. Un niño que crece en la capital será muy joven a los 8 para ingresar al estadio El Campín, mientras que su análogo en otra latitud podría ser ya un veterano de la grada con la casaca de su equipo.
Un niño que crece en la capital no comerá ‘piñitas’, comerá ‘mojicones’, y no sabrá lo que es un ‘boli’ de corozo o un raspao de tamarindo con leche condensada, sino quizá, frutica picada y algodón de azúcar. Un niño que crece en la capital cuando llegue a adulto tratará de ‘usted’ incluso a sus más cercanos amigos, con lo que se verán extrañados el resto de hispanos del planeta si alguna vez se va al exterior. El pobre niño capitalino, de adulto, dirá que llegó de “primeras” (de primero), que escribe con un “esfero”, que “le toca que suba”, que fue “qué día” (el otro día), y una cantidad insólita de incorrecciones que en el resto del mundo hispano nadie comprenderá. El pobre niño que crece en el capital hallará una dificultad tremenda para aprender un segundo idioma.
Bogotá es una experiencia para adultos, que conocimos el afuera mientras crecíamos, y nos ofrece un espacio fabuloso para volver a descargar adrenalina cada vez que un carro nos acelere para vernos correr despavoridos a la acera, para recordar el ‘que se arme la pila’ en cada estación de TransMilenio, o para recibir lecciones de urbanidad que tan gentilmente nos ofrecen con elegantes frases como “yo le hago el favor”, “yo no dormí con usted anoche”, “no me lo está preguntando pero”, y otras perlillas más.
Juan Pablo Díaz R.
Bogotá, 2012
@juanpdiazr
Bogotá ha sido parte de mi vida de adulto, ciudad que aprendí a conocer al derecho y al revés, desde el Tunal hasta Toberín, desde Chapinero hasta Bosa, desde Carvajal hasta Álamos; inclusive toda provincia circundante, Sibaté, Madrid, Mosquera, Cota, Chía, Sopó. Entre más conozco esta ciudad menos me explico cómo puede hacer un niño para crecer en las entrañas de esta mole de concreto: tibia, oscura, saturada de personas y vehículos, y plagada de hollín.
Uno de cada 5 colombianos habita en esta urbe, que mueve un tercio de la economía nacional, en un mercado en el que vence, a veces, el mejor, y otras, el más barato, pero donde todos sobreviven. La capital no produce grandes personajes, ni deportistas, ni artistas, ni intelectuales, aducen algunos que debido al poco oxígeno disuelto en el aire a esta baja presión atmosférica. Pero, de nuevo, ¿Cómo hace un niño para tener infancia en esta colosal metrópoli?
Dejar a un niño creciendo en esta densa atmósfera es condenarlo a perderse de todo, a que su mundo sea lo que le muestre Nickelodeon, a que nunca se entere de lo que es recorrer el barrio en vacaciones con los demás niños, jugando a la ‘yeva’ congelada o al ‘escondite americano’, hasta la media noche. Impensable en una ciudad donde el único lugar medio seguro es el interior de la casa. Es que el Maloka y el Salitre Mágico reemplacen el agua del mar, la arena de la cancha, o el paseo en carreta por el parque. Un niño que crece en la capital será muy joven a los 8 para ingresar al estadio El Campín, mientras que su análogo en otra latitud podría ser ya un veterano de la grada con la casaca de su equipo.
Un niño que crece en la capital no comerá ‘piñitas’, comerá ‘mojicones’, y no sabrá lo que es un ‘boli’ de corozo o un raspao de tamarindo con leche condensada, sino quizá, frutica picada y algodón de azúcar. Un niño que crece en la capital cuando llegue a adulto tratará de ‘usted’ incluso a sus más cercanos amigos, con lo que se verán extrañados el resto de hispanos del planeta si alguna vez se va al exterior. El pobre niño capitalino, de adulto, dirá que llegó de “primeras” (de primero), que escribe con un “esfero”, que “le toca que suba”, que fue “qué día” (el otro día), y una cantidad insólita de incorrecciones que en el resto del mundo hispano nadie comprenderá. El pobre niño que crece en el capital hallará una dificultad tremenda para aprender un segundo idioma.
Bogotá es una experiencia para adultos, que conocimos el afuera mientras crecíamos, y nos ofrece un espacio fabuloso para volver a descargar adrenalina cada vez que un carro nos acelere para vernos correr despavoridos a la acera, para recordar el ‘que se arme la pila’ en cada estación de TransMilenio, o para recibir lecciones de urbanidad que tan gentilmente nos ofrecen con elegantes frases como “yo le hago el favor”, “yo no dormí con usted anoche”, “no me lo está preguntando pero”, y otras perlillas más.
Juan Pablo Díaz R.
Bogotá, 2012
@juanpdiazr
Friday, June 15, 2012
EN EL CIELO
-Un café, sin azúcar ni Instacrem por favor – le digo a la azafata -. Hace 15 minutos despegó el avión, será una hora de vuelo, otra vez. Sólo logro dormir los primeros minutos , luego del café procuro conocer al personaje aleatorio que el destino me puso al lado. La última vez fue un ex técnico de fútbol y logramos una interesante tertulia; esta vez un sujeto de calva brillante, inmerso en un sueño profundo, no advirtió la llegada del servicio de “agua, jugo, o café” que ofrecen las aerolíneas en los vuelos nacionales. Aunque jamás apago los celulares no puedo usarlos, en el cielo ninguno sirve, así que no tengo minutos ni internet para distraerme durante los 45 minutos que faltan.
De mi copa de icopor sólo queda el olor a café, con el cual me conformo mientras pasa la azafata con una bolsa recogiendo desperdicios. Tengo 40 minutos sin BlackBerry, celular, compañero de viaje, o café. Retiro la bolsa de papel en el bolsillo del espaldar del asiento de adelante. Con cuidado la desarmo hasta obtener una escueta hoja. Llevo un plumero en el maletín de mano. Llevo también algunos meses sin escribir.
Mi maletín revela algunos detalles de su dueño. Ropa comprada con dólares que convertidos a pesos se desvanecerían en media prenda en un almacén del Andino. Camisas enrolladas, en ningún caso dobladas. No hay cepillo de dientes ni desodorante. No hay perfume. No hay chancletas. Sólo hay de más unas cuantas pastillas, de las cuales soy esclavo.
Pasa la auxiliar de vuelo con la bolsa y se lleva mi baso de icopor y con él mi fuente de olor a café. Aún el calvete no se inmuta, parece que la lustrada prolongación de su frente presionara la pausa de sus movimientos. Vuelvo a la pieza de papel que me fabriqué.
A pesar de que desde hace tiempo cambié la tinta por un teclado aún conservo trazos estilizados en mi caligrafía. Las tildes se me arrastran un poco hacia la siguiente letra. En un juicio me hallarían culpable si el análisis grafológico fuera determinante. O me hallarían inocente.
Ahora mandan a enderezar los espaldares y a levantar las mesas. El tiempo se me pasó más rápido de lo que pensé. No me salió mucho, pero no tenía nada que escribir.
Juan Pablo Díaz R.
Cielo colombiano (mayo de 2012)
Twitter: @juanpdiazr
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